Típica escena de una escuela de baile en Lima, antes de la pandemia del Covid-19. Foto: Omar Lucas para El Comercio.
Típica escena de una escuela de baile en Lima, antes de la pandemia del Covid-19. Foto: Omar Lucas para El Comercio.
Ricardo Hinojosa Lizárraga

Allí donde vientos y percusión confluyen rítmicamente; allí donde el cálido sabor del trópico se apodera de nuestros cuerpos; allí donde cientos de pies demuestran sus destrezas, aliados de hombros y cintura, es que suena una salsa en todo su esplendor. Aunque estos son días sin vida nocturna, es fácil recordar tiempos cercanos, una discoteca, una orquesta tocando, las parejas y su entusiasta coreografía. El baile es la cereza del postre. Pero la historia de la salsa en el Perú se cuenta desde antes que se enciendan los equipos y se conecten los parlantes y no se trata solo de danza y celebración. También es posible interpretar su llegada al país y su evolución, paralelamente a los hechos que marcaron nuestra historia. Dos profesores de la Universidad Católica, José Carlos Rojas (sociólogo) y Jesús Cosamalón (historiador), aficionados y amigos desde que fueron alumno/profesor años atrás, fueron dándole forma de libro, casi sin querer, a las conversaciones relajadas e informales que tenían sobre música en cada almuerzo. Datos rebuscados y divertidas anécdotas sazonaban la mesa.

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En la universidad ya había un curso electivo llamado Música y Sociedad. Tras haber hecho una estancia de investigación en Puerto Rico, Cosamalón le sugirió a Rojas que podían ir un paso más allá de sus tertulias soneras y convertirlas en una clase en la que serían profesor y asistente: Salsa y Sociedad, para Estudios Generales Letras. Si bien al principio esperaban la participación de algunos entusiastas amantes de la salsa, la convocatoria superó sus expectativas y les mostró un primer fenómeno digno de análisis: vieron el nuevo perfil social de una universidad que, para muchos, tiene una imagen alejada de lo popular. “Entonces, vimos una oportunidad –nos cuenta Jesús Cosamalón-. Organizamos el mes de la salsa desde el 2016, que luego se convirtió en la semana de la salsa que solo este año no ocurrió, porque incluía conciertos en vivo y las condiciones actuales no lo permiten. Paralelamente, la universidad apoyó el proyecto de la Orquesta Salsa PUCP, la única orquesta salsera de una universidad peruana. A consecuencia de todo eso, el Instituto de Etnomusicología de la misma universidad nos encargó, como parte de una secuencia de libros sobe música popular, este libro de investigación”. “El curso propició un ambiente donde la salsa se comenzó a posicionar. Ya le habíamos dado vueltas a la posibilidad de hacer una investigación, pero cuando el Instituto hizo la propuesta formal, nos incentivó a la acción”, acota José Carlos Rojas.

Como resultado de su trabajo, prolongado durante al menos 6 meses del 2019, se ha originado un proyecto más orgánico: no solo está el libro, hay también un curso de tesis, investigaciones en el área de etnomusicología vinculadas a la salsa, una orquesta relacionada a todo esto. “Nunca lo concebimos así, si no que se fue articulando en el camino”, dicen ambos. Sus ojos bailan de satisfacción.

Jesús Cosamalón, historiador peruano y coautor del libro “¡Qué cosa tan linda!”. Foto: José Rojas para El Comercio.
Jesús Cosamalón, historiador peruano y coautor del libro “¡Qué cosa tan linda!”. Foto: José Rojas para El Comercio.

¡Qué cosa tan bella!

La idea no es solo disfrutar la parte más conocida, la lúdica, para divertirse, bailar, pasar un buen rato que, como mucha música popular, también nos da la salsa, sino intentar comprender a la sociedad que está detrás de un prisma que se puede utilizar también para el fútbol o para la comida. Entendiendo la salsa, se entiende mejor a quienes la disfrutan”, nos dice Jesús Cosamalón. Para el académico, los estudios para analizar fenómenos populares como música o fútbol, son tardíos en el Perú. Eso, a su criterio, es consecuencia de la demora de las universidades en expandirse a los sectores medios y populares. “Pero no queremos que esto se convierta en folklore o curiosidad, sino en algo que permita entender el funcionamiento y la transformación social. Que se convierta en conocimiento”, agrega. Rojas, por su parte, destaca que la salsa “siempre ha estado presente en el Perú en todas las fiestas, desde el colegio” y, aunque no todos los alumnos son salseros, terminan siendo atraídos, interesados en el ritmo por las historias que están alrededor. “Quienes tenemos más de 40, hasta hace unos años veíamos una dinámica alrededor de la salsa que ahora no se ve mucho. Eso también es parte de un proceso”. La idea es que la salsa sea contagiosa rítmica y académicamente.

En este punto, Jesús Cosamalón hace una salvedad: “'¡Qué cosa tan linda!, Una introducción al estudio de la salsa en el Perú' no es un libro sobre la salsa en sí misma, sino que aborda los orígenes de la llegada de la música tropical cubana caribeña al Perú, desde principios del siglo XX y, a partir de ahí, señala hitos importantes".

La primera imagen se remonta a los años 20. Entre las más destacadas, la llegada de la orquesta de Eliseo Grenet alborotó a una Lima que ya había recibido algunos discos de música tropical. Era 1929. La Sonora Matancera marcaba el ritmo desde el Caribe y cada capital latinoamericana gestaba a sus propios embajadores del sabor. Pero las primeras imágenes distan mucho de las grandes fiestas salseras que muchos extrañamos en estos días. Teatros como el Forero, locales como La Cabaña o medios como Radio Victoria o Radio Nacional albergaban las presentaciones de las orquestas o conjuntos en un ambiente sobrio: señores enternados y señoras en elegantes vestidos, sentados calmadamente frente a un escenario, apenas chasqueando los dedos o moviendo tímidamente un pie como respuesta al incentivo rítmico que hace borbotear la sangre, inevitable. Aún no había fiestas en los barrios. Esa circunstancia, por supuesto, iría cambiando con el paso del tiempo. Un nuevo “Manuel de Carreño” se escribió en las pistas de baile. Felizmente.

Portada del libro de José Carlos Rojas y Jesús Cosamalón. Foto: Fondo editorial de la PUCP.
Portada del libro de José Carlos Rojas y Jesús Cosamalón. Foto: Fondo editorial de la PUCP.

Para leer, para entender y para bailar

Es necesario subrayar que no existe ningún trabajo académico previo sobre un tema similar”, indica Cosamalón. “Hay muy buenos blogs de periodistas melómanos, testimonios brillantes muy importantes en las redes, notas que son materiales para la historia. Libros no hay. Hay voces como la de Eloy Jáuregui, con trabajos que son imprescindibles para conocer la experiencia de la salsa desde dentro de los barrios”.

El profesor afirma que la idea, desde el principio, no era tanto angustiarse contando toda la historia, sino mencionando hitos. “Por eso, este libro es una especie de manual introductorio para que aquellos que vengan después puedan confirmar algunas cosas que sospechábamos. Tampoco le tenemos miedo a que alguien, más adelante, con información más detallada, cuestione o reforme las cosas que señalamos con evidencia empírica”, indica el estudioso.

José Carlos Rojas cuenta que el proceso de “¡Qué cosa tan linda!” implicó una exhaustiva búsqueda de material antiguo, épocas de las cuales no quedan ya testigos vivos. “Fue un trabajo muy paciente. No hay nada escrito, no hay un trabajo histórico medianamente sólido que nos haya servido como base. Hicimos entrevistas a músicos, melómanos, gente muy ligada a la salsa. Increíblemente, hay más información de lo antiguo. Conforme te acercas a los 60 ya hay muchos vacíos”, nos cuenta.

Lo que más les impresionó a los académicos –que son, evidentemente, también melómanos-, fue la música tropical hecha con guitarra eléctrica, en un estilo cercano a la cumbia. “Hubo todo un movimiento de grupos pequeños, de barrio, como Son Caney, que se hizo conocida en Piñonate –barrio limítrofe entre San Martín de Porres y el Rímac-”, cuenta Rojas. “Agrupaciones similares iban al corazón de lo popular. Los más tradicionales estaban en los grandes locales o en los eventos un poco más importantes, pero estos grupos estaban en el corazón de los barrios populares: tocaban en los cumpleaños de vecinos, reuniones de hermandad o celebraciones de la virgen”, agrega.

También es necesario entender otra cosa: la escena musical no está compuesta solo de músicos o bailarines, sino también por dueños de locales. En Piñonate destacó el caso de un local conocido como El Habana, ubicado en una zona peligrosa, pero el riesgo de ir no mellaba su acogida. En este sentido, ambos autores destacan lugares como el Rímac, La Victoria o El Callao, en los que la confluencia de migrantes de orígenes distintos terminó enriqueciendo el panorama musical de sus calles. “Por eso, estos movimientos no suelen nacer en los barrios de clase alta, sino entre los distritos más populares. Chacalón, por ejemplo, nació en La Victoria y se hizo famoso por la cumbia o la chicha, pero también tocó música cubana. Hizo son y fue aplaudido por el público. Elsa, la hoy famosa cumbia de Los Destellos, fue grabada originalmente como guaracha”, comenta Casamalón. Por eso le interesó tanto el tema: él reconoce el valor simbólico de esos ritmos en los 60 y 70, cuando se juntan por las luchas sociales y los derechos civiles, con temas vigentes como la marginalidad y la pobreza. “Una de las cosas que queda clara es que los 70, en el Perú, también fueron tiempos de cambios, gobierno militar, reformas, ruptura de la vieja sociedad oligárquica que había impuesto su visión y su criterio cultural blanco costeña. Esta ruptura del orden oligárquico tradicional se expresa bastante bien en la diversidad y en la explosión de lo popular en los 70”, agrega el académico. Para él, la salsa en particular permite escuchar la voz de personas o grupos sociales que en otros espacios no tenían voz. “La música en general es como un termómetro de los cambios sociales, de los momentos que va pasando el país. Entonces, la música ha acompañado, antes incluso de la salsa, a varios movimientos”, comenta José Carlos Rojas. Destacan que, en tiempos contemporáneos, los peruanos hayan sentido más cerca su patria cantando Contigo Perú en un estadio ruso, antes que el himno nacional. En Chile, los jóvenes protestaron con El baile de los que sobran de Los Prisioneros. Los tiempos y la música cambian.

El objetivo final de ambos estudiosos es que “¡Qué cosa tan linda!” sea un libro de consulta, motive investigación, nuevos trabajos que profundicen más lo ya hecho y que permitan, además, un diálogo horizontal entre diversos actores de la escena musical. Sabor, saoco y sandunga no les va a faltar.

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