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"Llanto de alegría", por Marco Aurelio Denegri

En su columna de esta semana, el polígrafo explica por qué se produce el llanto en momentos de alegría

"Llanto de alegría", por Marco Aurelio Denegri

Normalmente, la alegría hace sonreír o reír, pero no hace llorar. Sin embargo, es un hecho que el llanto de alegría existe. Una muchacha que acaba de ser proclamada reina de belleza y que, por consecuencia, rebosa de alegría, al mismo tiempo llora, llora de alegría.

El llanto es acompañante del dolor, pero en el caso recién dicho, no hay dolor, sino alegría, felicidad, y a pesar de ello, se produce el llanto, la efusión de lágrimas; sólo que éstas, por ser de alegría, resultan muy singulares.

Así explica este asunto el ilustre psicoanalista italiano Emilio Servadio:

Si a un niño de cinco años le damos una alegría intensa e imprevista, entonces el niño no llorará. ¿Y cuál es la razón? Ah, la razón es que el adulto sabe y el niño no sabe que cualquier alegría es efímera y que, de un modo u otro, la muerte, alias “La Gran Niveladora”, pondrá fin a los amores más profundos, a las mayores satisfacciones y a los más caros afectos humanos.

Y entonces lloramos, no de felicidad, sino anticipando, esta vez sin saberlo, el ocaso y extinción de la dicha que nos embarga.

La reina que llora de alegría es, según Servadio, la humanidad que puede ser momentáneamente feliz, pero que conoce los límites fatales de la propia condición felicitaria.

Por eso, el llanto de alegría no existe; siempre se llora de dolor.

Dice el filósofo Alfred Stern, en su libro Filosofía de la Risa y del Llanto, publicado en Buenos Aires, en una excelente traducción de Julio Cortázar, que nosotros sentimos alegría cuando un valor positivo se ha realizado en nuestra vida; realización que ha sido posible porque hemos vencido los obstáculos y dificultades que se interponían entre la aspiración y el fin.

Cuando alcanzamos la victoria, somos más propensos a recordar lo difícil que ha sido alcanzarla. Por eso nos reímos, porque mediante la risa tratamos de devaluar, de empequeñecer, todos los obstáculos, dificultades, impedimentos, escollos y fatigas que hemos soportado y superado, hasta alcanzar el fin que nos habíamos propuesto.

Pero cuando nos damos cuenta de la precariedad del valor conseguido, cuando advertimos que ese valor es inestable e inseguro y está amenazado y puede ser fugaz y no está consolidado; cuando reparamos en todo esto, entonces lloramos de alegría.

La risa y el llanto, como bien dice Stern, no son constitutivos de la alegría, sino consecutivos. Hay personas que se alegran sin reír ni llorar, y tal vez sean ellas las que mejor se alegran, porque independizan la alegría de los medios o instrumentos que la posibilitaron.

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