La novela de Adolph posee llamativas virtudes, muy aparte de su carácter pionero
La novela de Adolph posee llamativas virtudes, muy aparte de su carácter pionero
José Carlos Yrigoyen

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Sardónico. Quizá no exista un mejor vocablo para describir el universo que José B. Adolph (Stuttgart, 1933-Lima, 2008) construyó a través de sus numerosos cuentos y novelas. Un universo de desconcertantes imaginarios en que percibimos, como omnímoda música de fondo, cierta risita cáustica regodeándose en las desventuras de los personajes que lo pueblan. Seres de una fe inquebrantable que la realidad y sus leyes –cambiantes y traicioneras– acaban por desbaratar con fiereza. Solo queda, entonces, el escepticismo o la desesperanza. Adolph, en su vida y en su obra, eligió la primera opción, aunque tiñéndola de un humor mordaz y de una inteligencia bullente que le permitía capear ese agazapado dolor nihilista siempre dispuesto a emboscarlo. Ese es el oneroso precio de la lucidez.

A los 5 años huyó con su familia del espanto nazi. En un inicio se instaló en Lima. Después recorrió Estados Unidos y Europa por casi tres décadas. Regresó al Perú en 1966 para dedicarse a escribir relatos fantásticos y de ciencia ficción. Lo hizo precisamente en un país de poquísimos lectores y donde los géneros que practicaba eran considerados pasatiempo de adolescentes o excéntricos. Pero Adolph fue un escritor con personalidad al que le resbalaban la indiferencia o el menosprecio. Entre finales de los sesenta y mediados de los setenta publicó seis colecciones de cuentos que le otorgaron madurez y un moderno punto de partida a la literatura de anticipación peruana. Esos títulos contribuyeron a desechar ese arraigado prejuicio de que esta se reducía a la peripecia intergaláctica y sus tópicos. Es verdad que en las historias de Adolph son detectables los elementos predominantes de las ediciones “pulp”; no obstante, junto a ellos conviven temas mayores, tales como las paradojas que el adelanto tecnológico impone a la humanidad, la reflexión filosófica acerca del sinsentido de la existencia, el apunte metafísico o el contrafáctico cuestionador del devenir político y social. La gravedad de dichos asuntos nunca abre camino a una mirada trágica. Más bien se antepone una ironía burlona que hace menos angustiante nuestro descartable paso por una inmensidad sobrecogedora e inescrutable.

De todos los libros que Adolph escribió bajo ese prisma, el más ambicioso y arriesgado es “Mañana, las ratas”, novela finalizada en 1977, pero recién publicada en 1984. Ese mismo año, en Estados Unidos, vio la luz “Neuromante”, de William Gibson, que según algunos especialistas inaugura el cyberpunk, subgénero donde las sociedades son gobernadas por grandes entidades corporativas que han sustituido a las naciones y las condiciones de vida se debaten entre el alto nivel tecnológico, la convulsión social y amplios sectores económicamente precarizados. Adolph compone su novela con ingredientes sorprendentemente similares. “Mañana, las ratas” se sitúa en la Lima del año 2034. Los estados nación han desaparecido y en su lugar rige un Directorio Supremo que ha dividido el planeta en zonas de influencia. La capital ha sido devastada: veinte millones de monstruosos parias –llamados las ratas– sobreviven en las ruinosas áreas urbanas, mientras que la élite, conformada por un millón de privilegiados, habita las afueras. Las ratas se han enrolado en dispersos ejércitos a las órdenes de una secta fundamentalista cristiana encabezada por el siniestro Cardenal Negro, que amenaza con desestabilizar el orden imperante y destruir su herética liberación sexual y moral. Antonio Tréveris y la bella Linda King, funcionarios del directorio, deben negociar con los fanáticos religiosos y evitar la caída de la ciudad en manos de esas hordas primitivas.

La novela de Adolph posee llamativas virtudes, muy aparte de su carácter pionero. Una de ellas es su turbadora recreación de esa Lima convertida en un infierno medieval. Estamos ante una urbe que ha descendido hasta la categoría de inframundo, de atmósfera enrarecida y ponzoñosa, en la que incluso los cuerpos se degradan al extremo de deformarse y lisiarse dentro de casuchas inmundas y edificios derruidos. Con semejante pericia consigue erigir el aséptico espacio de las élites, normado por la práctica abolición de los sentimientos y la conversión del coito en un ejercicio relajante e higiénico de índole empresarial. Adolph logra que, en esa representación mecanizada de las relaciones humanas, tan triste como farsesca, resuene el desolador vacío emocional que Orwell imprimió en su “1984”. Aunque tal vez lo más interesante sea la visión transhistórica de su distopía, que se sostiene en la radicalización de un sistema colonial y de castas profundamente integrado a la mentalidad limeña que ningún desarrollo científico, por muy impresionante que sea, puede erradicar.

“Mañana, las ratas” es una buena novela que, sin embargo, ha envejecido en varios de sus pasajes. Hay ingenuidades que el tiempo se ha encargado de remarcar. E inverosimilitudes: pienso en el enamoramiento exprés de Tréveris con Linda King, por ejemplo. Pero también encontramos más de una estremecedora coincidencia con el mundo que vivimos hoy. Adolph habría estado feliz de tener a Trump como personaje. No tengo duda de eso.

LA FICHA

Título: “Mañana, las ratas”.

Autor: José B. Adolph.

Editorial: Minotauro/Planeta.

Año: 2020. Páginas: 226.

Calificación: ★★★1/2.

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