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"El saludo con apretón de manos", por Marco Aurelio Denegri

El polígrafo escribe sobre el origen de esta costumbre y por que hoy, aislado del tipo de vida que lo motivó, es un gesto incomprensible

Marco Aurelio Denegri

Marco Aurelio Denegri escribe la columna "El ojo de Lima". (Foto: El Comercio)

Marco Aurelio Denegri. (Foto: El Comercio)

Saludar es dirigir a una persona, al encontrarla o al despedirse de ella, palabras corteses, interesándose por su salud, o por su familia, o por sus actividades laborales.

Darse la mano es una manera de saludar. ¿Por qué nos damos la mano al saludar?

Si nos imaginamos el conjunto de la vida primitiva, veremos que una de las características generales es la falta de seguridad personal. La aproximación de dos personas es siempre peligrosa, porque todo el mundo va armado. Es preciso, pues, como dice Ortega y Gasset, asegurar el acercamiento mediante normas y ceremonias que demuestren que se han dejado las armas y que la mano no va a tomar súbitamente una que se lleva escondida.

Para ese fin, lo mejor es que cada hombre agarre la mano del otro, la mano de matar, que es normalmente la derecha. He aquí el origen y el porqué del saludo con apretón de manos. Saludo que hoy, aislado de aquel tipo de vida, es incomprensible, es un residuo o parte o porción que queda de una totalidad o conjunto.

El residuo es el survival de los ingleses, la supervivencia, el resto, lo supérstite, ése es el survival, ése es el residuo, cosa transeúnte y errante, sin ningún norte, pues el medio en que está no es el suyo.

El saludar dando la mano se tuvo por irrecomendable en la década de 1940, en Lima y La Paz, porque las autoridades sanitarias sostenían que dicha práctica era la vía perfecta de transmisión de enfermedades. Sin embargo, como apunta Carlos Dunkelberg, la fuerza de la costumbre se impuso y la transmisión continúa.

Lin Yutang se ha pronunciado en contra de la costumbre que tienen los occidentales de estrecharse las manos, costumbre que a él le parece ridícula y antihigiénica. Lo dice en el octavo capítulo de su libro La Importancia de Vivir.

—Genio y figura—

Parece una clara expresión de determinismo biológico la antigua sentencia según la cual somos genio y figura hasta la sepultura.

Aparentemente lo somos, pero realmente no, porque en el genio y en la figura entra a tallar igualmente la cultura, de manera que no todo es naturaleza, sino también artificialeza.

Cuando digo naturaleza me refiero a lo innato, o sea a lo que nos es connatural, consubstancial e inherente. Lo innato es lo que nace con uno, lo que nace con la misma persona.

Ahora bien: cuando digo artificialeza, digo cultura, me refiero a lo no-natural, a lo artificial, a lo facticio o que ha sido hecho por mano o arte del hombre o producido por el ingenio humano. Somos una combinación de naturaleza y artificialeza. Naturaleza y artificialeza van por eso de consuno.

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