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Mario Bellatin: "De Lima guardo recuerdos y lazos familiares que preferiría dejar en el olvido"

El fundamental escritor nos confiesa sus razones para no asistir a la Feria Internacional del Libro de Lima. Paradójicamente, México, su patria adoptiva, es el país invitado de honor

Mario Bellatin

Bellatin ha reducido radicalmente su participación en ferias, alejándose del ruido del mercado editorial (Foto: Christian Ugarte)

Bellatin ha reducido radicalmente su participación en ferias, alejándose del ruido del mercado editorial (Foto: Christian Ugarte)

Será el gran ausente en la fiesta. El escritor peruano-mexicano Mario Bellatin, cuya presencia resultaría obvia ahora que México es el país invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Lima, no formará parte de la delegación del país azteca, aun cuando tiene muchas novedades literarias por compartir (como es el caso de su última novela "Carta sobre los ciegos para uso de los que ven")y un público deseoso de verlo. La Secretaría de Cultura de México señaló un problema de salud como causa de su alejamiento.

"Imagino que se referían a salud en el sentido amplio", comenta el escritor cuando le comentamos la respuesta oficial. "Quizá les parece extraña una conducta no habitual en casi ningún escritor: la renuencia a aceptar dejar abandonado, aunque sea por pocos días, mi lugar de trabajo". En verdad, Bellatin declinó asistir a la feria limeña como lo ha hecho en un sinnúmero de eventos anteriores. "Que cada autor haga lo que le parezca, por supuesto, pero mi elección original fue vivir de alguna manera aislado de la gente escribiendo la mayor parte del tiempo posible", explica el autor de "Salón de belleza".

— Sueles decir que has hecho la promesa de no ir a Lima nunca más. ¿Por qué?
Pues ni a Lima ni a ninguna otra parte que implique afectar mi rutina de trabajo. En especial a esa ciudad, porque guardo una serie de recuerdos y lazos familiares que preferiría dejar en el olvido. Hacer como si no existiesen o como si nunca hubiesen sucedido ciertos episodios de triste recuerdo.

— ¿Qué podrías decir de autores mexicanos mayores que vienen a la feria, como Margo Glantz o Juan Villoro?

Margo Glantz es una autora universal, que traspasó con su obra y su sapiencia cualquier apreciación de orden sesgado. Muy pocos autores logran eso. Para ejemplificarlo en mujeres, en el Perú Blanca Varela sería una de ellas. Por otra parte, el propio Juan Villoro se sentiría incómodo con una descripción semejante. Me parece que no es alguien "mayor" todavía, tiene una obra que continúa haciéndose y que cada tanto nos muestra un giro capaz de asombrarnos.

—Fuera de los nombres más populares, ¿qué autores mexicanos crees que los peruanos deberíamos descubrir?
Depende del lector a quien vaya dirigido, pero leer a Francisco Tario, a Josefina Vicens, hacer una lectura a fondo de Salvador Elizondo o Amparo Dávila nos puede causar más de una sorpresa. De entre los jóvenes siempre estoy atento a Luis Felipe Fabre, a Valeria Luiselli, a Verónica Gerber, autores que pueden quebrar lo monótono como suelen convertirse las literaturas de diversas partes del mundo cuando hallan una suerte de 'modo' de hacer las cosas.

Título: “Carta sobre los ciegos para uso de los que ven”.
Autor: Mario Bellatin
Editorial: Alfaguara
Páginas: 96

Mario Bellatin

LO NUEVO DE BELLATIN
— En las mesas de novedades de las librerías mexicanas pude encontrar tu “Carta sobre los ciegos para uso de los que ven”. Una historia sobre dos hermanos ingresados en una institución psiquiátrica que asisten a un taller de escritura. ¿La ficción nos salva de la locura o es una manifestación de esta?
Pues la historia parte de un absurdo. Tratar de enseñar a escribir a alguien que escribe las 24 horas del día. Siento que es una reflexión acerca de la escritura como camino de salvación último para ciertas personas. Las historias son reales, ambientadas en lugares que no coinciden con la realidad. Dos verdades extremas –las clases a dos hermanos ciegos y mudos dictadas en un manicomio donde una jauría de perros salvajes se come de vez en cuando a uno que otro paciente–. Viví esa experiencia no en un manicomio. Y, aparte, la institución mental está situada en Uruguay, que parece haberse convertido en mi nueva sociedad fetiche –antes fue Cuba–, pues en ambos lugares siento que lo cotidiano es bastante parecido a la realidad sin nunca, obvio, llegar a serlo.

— En el libro, el taller de escritura es impartido por un maestro incompetente, mientras bestias que merodean al anochecer acechan. ¿Es una parodia de lo que tú mismo sientes en tu experiencia como tallerista?
Nunca he dado talleres. Siento que lo grupal es un gran enemigo de la creación de una palabra propia, elemento que considero indispensable para hacer un buen libro. La parodia aparece quizá cuando se trata de enseñar algo inútil en esas circunstancias.

— ¿Es la coyuntura política actual la muestra más palpable de que la locura se ha convertido en una opción para sobrevivir, para escapar de la terrible normalidad?
Siento que este es un libro de una violencia terrible, desatada, casi atroz. He tratado de otorgarle un tono metafórico, una construcción que de alguna manera nos lleve a pensar en una parábola de la existencia, pero siento o, más bien, deseo que sea un alegato o una suerte de explicación al horror cotidiano en el que todos nos vemos sumidos.

UN ESCRITOR MENOS OSCURO
— Aunque no sé si creerte, cuentas en tus libros "El gran vidrio" y "El libro uruguayo de los muertos" que arrojaste hace años la prótesis de tu brazo entre los cadáveres flotantes del río Ganges, en un viaje a la India. ¿Cómo fue ese ritual personal? ¿Cómo fue ese proceso de liberación?
No, no me creas, por favor. Al momento de leer mis textos como documentos de la realidad me daré cuenta de que la empresa emprendida 45 años atrás ha sido un verdadero desastre. Pues no creo que para nadie sea poca la liberación de un yugo, en este caso representado por una prótesis mioeléctrica, que desarrolló ciertas pulsiones asesinas contra mi persona.

—Te lo pregunto porque la imagen que tiene el lector de ti está íntimamente ligada a esa prótesis. ¿Constituyó un conflicto vivir con ella?
Por supuesto que sí. Aunque en algunos momentos la utilicé como una marca de distinción. Me llegué no solo a acostumbrar a ella sino a desarrollar una dependencia bastante enfermiza. Quizá sea uno de los motivos por los que no quiero volver a Lima.

—Luego jugaste con artistas que construyeron para ti prótesis caprichosas y conceptuales. Actualmente, según leo en “El Universal”, te has alejado de aquella colección “a medida que has perdido la seriedad”. ¿Qué significa eso?
No lo sé. Quizá quisieron referirse a la serenidad. Pero tampoco hace demasiada lógica. Las prótesis hechas por artistas –en este momento está en imprenta un libro en Canadá que da cuenta del proceso– fue una suerte de tránsito entre las prótesis ortopédicas y el estado natural de las cosas. Es decir, volver a ser plenamente el hombre de un solo brazo.

— ¿Debemos imaginar un Bellatin hoy menos sombrío que antes?
No. Nunca imaginen nada. Jamás pensé que antes era sombrío. Igual desde hace un tiempo pienso que me estoy volviendo tal. Sobre todo apreciando, en general, el tipo de escritura que se lleva a cabo en estos tiempos: aprecio el irremediable hundimiento de la industria editorial, la aparición de tiburones desesperados por todas partes. Tanto editores como agentes abusivas. En mi vida, al menos, escribir se vuelve más un vía crucis. Un ejercicio que me hace ver las fauces del monstruo en toda su extensión.

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