Resumen

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Lo conoció en enero de 1979, en un chifa de Lima. Era la primera vez que probaba la comida peruana. En la mesa estaban también Fernando de Szyszlo y Jorge Edwards. Me pide imaginar qué gran momento fue. Desde entonces, para el historiador mexicano Enrique Krauze, Vargas Llosa fue una presencia entrañable y ejemplar. La llamada y la conversación necesaria en momentos de tristeza, desolación o duda. “Escuchar a Mario, su risa y su consejo inteligente, te permitía volver inmediatamente a la mesa de trabajo, con renovados ánimos”, recuerda.

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