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“Misoginia”, la columna de Marco Aurelio Denegri

“El misógino odia a la mujer, siente aversión hacia ella o rehúye su trato”, escribe el polígrafo en su espacio dominical El ojo de Lima

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Marco Aurelio Denegri, polígrafo. (Foto: El Comercio)

El Comercio

La misoginia es el odio a la mujer; myso, en griego, es odiar, y gyné, mujer. El misógino odia a la mujer, siente aversión hacia ella o rehúye su trato.

Pandora, vale decir, la que tiene todos los dones, es la Eva de la mitología griega, mujer llena de encantos y belleza, pero también falsa, aduladora y astuta; Pandora se roba del Cielo una caja que contenía todos los males y además la Esperanza. Cuando fue abierta, se esparcieron por toda la Tierra las desgracias y calamidades, y únicamente quedó la Esperanza.

Hesíodo, en su Teogonía, el siglo noveno antes de Cristo, deplora que haya mujeres, pues solamente originan problemas; pero habiéndolas, como las hay, dice Hesíodo que no nos queda más remedio que considerarlas un mal necesario.

Amén de la misoginia hesiódica, hay manifestaciones de misoginia en Eurípides y Aristófanes, en Juvenal y Antífanes, y en filósofos como Platón y Aristóteles. Y en los autores romanos, la misoginia es así mismo discernible; por ejemplo, en Petronio, Ovidio, Marcial, Catulo, Propercio, Luciano y Tibulo.

Pero en ninguno de estos casos la misoginia alcanzó la intensidad y virulencia que tuvo en la patrística. Bástenos recordar el exabrupto de San Crisóstomo. Decía: “De todas las bestias salvajes, la más dañina es la mujer.” Y según San Buenaventura: “Múlier, id est, caro.” Frase en latín que fue dicha en el siglo XIII y que traducida es como sigue: “La mujer, es decir, la carne.” La carne, en la doctrina católica, es enemiga del alma e inclina a la sensualidad y la lujuria, y la mujer es encarnación de la lujuria; es la Tentadora, la que pierde a los hombres y los enloquece.

—¿Tribal o tribual?—

Entre nosotros, lo sólito es tribal, pero lo castizo y propio es tribual.

A principios del siglo XX, y no en España, sino en América, se comenzó a decir tribal, esto es, relativo o perteneciente a la tribu. Tribal se difundió y la Academia terminó por incorporar esta barbaridad en su Diccionario.

En latín, el adjetivo correspondiente es tribuarius. En consecuencia, en español debió decirse tribuario; no se dijo, porque según parece quería mantenerse el derivado en -al; muy bien, pero entonces debió decirse tribual, habida cuenta de adjetivarse así todos los demás nombres pertenecientes a la declinación latina en -u: actual, casual, espiritual, manual, ritual, sensual, visual.

Debió decirse, pues, tribual, pero no tribal, que es una “extravagante anomalía”, según expresión certera y enfática de don Ramón Menéndez Pidal.“


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