Poetas en motocicletas
Poetas en motocicletas
Jaime Bedoya

Jefe de contenidos calificados

jbedoya@comercio.com.pe

Aprende a vivir, es la sentencia silenciosa que transmite una motocicleta en reposo. Su estampa inquieta la dormida voluntad de marcha, cuestionando la falsa promesa del equilibrio asistido. En tiempos en que se responsabiliza a la máquina de violencia y barbaridad, alcaldes (digamos Pueblo Libre) prohíben cascos y sospechan a priori, abordemos tres gentiles travesías en moto para conocer al vehículo que solo se mantiene en pie cuando está en movimiento. El resto es como en el vals: más miedo que la muerte da la parálisis de la inmovilidad.

LA MONJA, EL POETA, LA MOTO
Un poeta peruano parado en el patio del convento.  Espera a su amigo, a punto de ser profesor, en Montevideo. El poeta, huancaíno de nacimiento, llegó en moto, que aguarda afuera e impaciente la chispa que encienda la tarde. El sonido de la campana corta la modorra y libera primero un rumor, luego una estampida de hábitos y finalmente la mirada de una joven piel capulí vestida de monja que con la boca entreabierta parece preguntarle al peruano si será él quien la sacará de ahí.

El poeta rondó el convento durante días. Dada la oportunidad subió a la niña a la grupa de su máquina para gritarle en el camino a ninguna parte versos sincronizados con el pulso explosivo de los carburadores. El poeta era Juan Parra del Riego. La ex monja la uruguaya Blanca Luz Brum, mujer que jamás debió haber entrado a un convento. Él tenía 27 años, ella 16.

Parra del Riego había salido del Perú en espíritu literario modernista, con el precoz honor de haber ganado los Juegos Florales de Barranco a los 18 años. Influenciado por Whitman, el espíritu vitalista de los tiempos y la figura de máquinas y motores como últimas fronteras de la belleza, entrega su poesía al tema futurista. Recurre por ello al trímetro y el anapéstico, herramientas del ritmo explosivo: que el lenguaje suene como suena un motor, y que el acento de la vida se imponga a la contemplación del mundo. Así escribe el “Polirritmo dinámico a la motocicleta” (1924):

Zumban los pedales, palpita la llanta
Y en la traquetería febril del motor
Yo siento que hay algo
Que es como mi ardiente garganta,
Como mi explosionante secreto interior (…)
Escuchando, inclinado,
Al oído,
Al motor, cual si fuera el nervioso corazón de un amigo
Que se quema en un terco secreto de amor!

El poeta, según trágico estereotipo afín a la Thimolina Leonard, enferma de tuberculosis y muere temprano, dejando a la ex monja como viuda, con un hijo de seis días y los pechos llenos de leche. Ella decide viajar a Lima a que los Parra del Riego conozcan a su nieto. (El poeta tiene monumento en Montevideo pero no en Lima.)

Años después la viuda recala en México donde se casa con el muralista David Siqueiros, que vive entrando y saliendo de cárceles por su compromiso político. Con él llegaría hasta Buenos Aires buscando asilo ante las acusaciones de la participación de Siqueiros en el asesinato de León Trotski. El cónsul chileno, un joven y libidinoso poeta llamado Ricardo Reyes que luego tomaría por nombre de guerra y gloria Pablo Neruda, los asiste y se enamora también de la ex monja, protagonizando un curioso incidente con otro exiliado presente, Federico García Lorca, que es designado por el futuro Nobel chileno como campana mientras intenta desvestir a la Sra. uruguaya. Doña Luz se casaría varias veces más. Siendo sus últimas simpatías las más contradictorias. Termina sus días residiendo en la isla de Juan Fernández, la de Robinson Crusoe, como simpatizante del dictador Augusto Pinochet. Fue enterrada en Viña del Mar a los 80 años.

El amor pasa. Las motos y la poesía quedan. Brum, monja imposible, fue la primera que oyó al vuelo cómo el peruano le recitaba contra el viento:

Mi revólver tiene doce tiros

¡Y mi motocicleta es alegre como el sol!

UNA AVISPA EN ROMA
La promesa de la guerra es pensar en todo lo que podrá hacerse cuando esta acabe. Soñaban los italianos viendo descender sobre la península a los paracaidistas británicos con sus espléndidas motonetas plegables. Lo que podría hacerse con una de esas y una carretera mediterránea.

Esto se logra después del 46 cuando el ingeniero Enrico Piaggio encarga una moto en tiempos de paz. El resultado es una máquina inspirada en el tren de aterrizaje de un avión, con el motor sobre la rueda trasera. Parece una avispa, dice, y se queda como tal en italiano, Vespa. Primero Audrey Hepburn y Gregory Peck la hacen modesto pero imponente carruaje en “Vacaciones en Roma” (1953). Luego los mods ingleses la adoptan como vehículo oficial de sus almas (ver Quadrophenia), en contraparte con los rockers que prefieren la más rectilínea Lambretta, favorita del repartidor de películas de cine en Lima, años 50–60.

Lo que hace el cineasta Nanni Moretti en los noventas es llevar a la Vespa en un magnífico vuelo espontáneamente alucinógeno. Sucede en el primer capítulo de “Caro Diario” (1993), inmensa película íntima que comienza con un primer capítulo titulado En la Vespa.

Empieza como “Il Sorpasso” de Dino Rissi: era una Roma desierta de un ferragosto cualquiera. Es la fiesta laica de agosto, verano, éxodo masivo a la playa impuesto desde el Feriae Augusti del emperador en el siglo 18 a.C. Morettti aprovecha el vacío para subido sobre su Vespa contar cómo lo que más le gusta es recorrer su ciudad desierta, el barrio de La Garbatella, mientras todos están en la playa. Lo que puede hacerse en verano en Lima mientras la gente se adocena en Asia. La cámara persigue a Moretti en su moto mientras suena “I´m Your Man” de Leonard Cohen.

El motociclista se encuentra con un peatón cualquiera y hace una declaración nostálgica: “¿Sabes lo que estaba pensando? Una cosa muy triste: creo en las personas, pero no creo en la mayoría de la gente”.

El otro lo ignora. Moretti dice que nunca ha visitado el lugar donde murió Pasolini, el balneario de Ostia, y se dirige hacia allá sobre la pequeña motoneta bajo los acordes del “Köln Concert” de Keith Jarret. Motor y música se funden en este monumento sonoro a la improvisación jazzística de minutos eternos y suspendidos, alternando el pianísimo con el blues. Una pedestre travesía motora se transforma en un sutil safari interior. Todo a bordo de la misma máquina sobre a la que a esta misma ahora se despachan pollos a la brasa.

LAWRENCE Y EL HIJO DEL TRUENO
Thomas Edward Lawrence no tenía 40 años y estaba harto de ser Lawrence de Arabia. Un héroe de pacotilla, utilizado y explotado, por lo que había renunciado al grado de teniente coronel del Ejército británico y a las condecoraciones reales con la misma velocidad que los ministros de Humala las recogen en Palacio. Se enlista en la Royal Air Force con el nombre falso de A. C. Ross. Quería huir de su propia gloria y leyenda. Volverse un inútil y un inservible, siendo fiel a palabras ya honradas por tanto ilustre local.

Es descubierto por la prensa y duplica el enmascaramiento volviéndose a registrar como soldado raso, ahora bajo el apelativo de Shaw. Quería disolverse en el anonimato de la vida de cuartel, dedicado al servicio jerárquico y la expiación personal. No hay libertad ni alegría, solo servicio. Su único refugio, su moto. Una Brough Superior de 998 c.c. que le había regalado Bernard Shaw y que por entonces era considerada el Rolls Royce de las motos. La llamaba Boanerges, que en arameo quiere decir Hijo del Trueno. Este soldado raso era arqueólogo e historiador,además de genio militar y atormentado súbdito de Inglaterra.

Hacia sus últimos días, la Brough Superior arrancaba a la segunda patada, que era el esfuerzo que el ya cansado cuerpo de Lawrence, o Ross, o Shaw, requería para alcanzar las siete atmósferas de su compresión inicial. Luego se embarcaba en larguísimos paseos en solitario donde los insectos se clavaban en el rostro como balas, no existía el casco aún, a lo largo de las pistas más rectas y despejadas de Inglaterra. El borboteo de su tubo de escape se extendía como un cordón umbilical detrás suyo, pero no se conectaba a nada.

De estos años de cuartel se publicaría póstumamente en “El troquel” . Un manual de desaparición personal donde la luz llega solo cuando se refiere a sus paseos en moto. En el capítulo En el Camino narra en un texto breve y hermoso una de sus travesías en las que se embarca en una carrera semiimaginaria, aire tierra, entre su Brough y un Bristol Fighter, avión biplano similar al de Snoopy, que lo sigue como una sombra desde lo alto. Una moto con un toque de sangre sobre ella es el mejor de los animales cabalgables, escribía este motero.

Lawrence tiene 46 años, algo sordo y con mala vista, cuando en un confuso incidente al intentar evitar atropellar a unos ciclistas se vuelca en su moto e impacta de cabeza. Seis días le duró la agonía. El neurólogo que lo atendió, sir Hugh William Bell, hizo de este caso la piedra de toque desde la cual desarrolló el uso del casco integral para motociclistas, hoy prohibido en algunas comarcas limeñas por cuestiones de seguridad, sic.

Lawrence de Arabia, último héroe del Reino Unido, primer mártir de la carretera. Explíquenselo al alcalde, al asfalto, a la policía.

(La siguiente entrega, a cargo de Dante Trujillo, será el sábado 25 de junio)

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