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La relatividad cultural del pudor, por Marco Aurelio Denegri

En su columna "El ojo de Lima", el polígrafo Marco Aurelio Denegri escribe “Las valoraciones son, pues, relativas al fondo cultural del que surgen.”

Marco Aurelio Denegri

(Foto: El Comercio)

(Foto: El Comercio)

Difusión

El relativismo cultural, brevemente expuesto, es como sigue: 

Los juicios están basados en la experiencia, y la experiencia la interpreta cada individuo, como bien dice Herskovits, de acuerdo con su propia endoculturación, vale decir, aquel proceso de condicionamiento, consciente o inconsciente, que tiene lugar dentro de los límites sancionados por un determinado conjunto de usos y costumbres de una determinada cultura, y que permite la consiguiente adaptación social del individuo. 

Las valoraciones son, pues, relativas al fondo cultural del que surgen. 

Considérese, por ejemplo, entre otros muchos casos, el del pudor, la relatividad cultural del pudor. 

El pudor no es innato, se enseña; y es un sentimiento exclusivamente humano, porque como dice Wundt, de todos los animales el hombre es el único que trata de ocultar una parte de su cuerpo, aun cuando descubra las restantes. 

Entre nosotros, el pudor se localiza en los órganos genitales; en otras culturas tiene localizaciones distintas. Las mujeres maoríes, por ejemplo, ante la presencia de un extraño se levantan el traje y se tapan la cara, mostrando así lo que una mujer occidental cree propio ocultar. Es que las occidentales localizan el pudor a la inversa, y con tal fuerza y pertinacia, que muchas veces harían cualquier cosa por no quebrantar el tabú que les veda revelar sus genitales. Refiere a este propósito el Padre Feijoo que un verdugo le contaba que cuando iba a atormentar a las mujeres, el momento terrible para ellas no era el del dolor físico, sino el del trámite previo y obligado de desnudarlas, hasta el punto que casi todas confesaban el delito en ese trance, y no en el de apretarles las cuerdas, pues, vencido el pudor, resistían el sufrimiento corporal, aunque los huesos se les quebrasen; mucho más, desde luego, que los hombres. Y esto, como apunta el doctor Marañón, no sólo en las vírgenes pudibundas, sino también en las prostitutas, que aparentemente habían dilapidado hacía tiempo todo su recato. 

El pudor de las chinas no residía en los genitales ni en la cara, sino en los pies. Los pies eran, en efecto, el centro de localización del pudor femenino. La mujer no los mostraba jamás, salvo en la intimidad del tálamo conyugal. Entre las representaciones eróticas del período Sung, y entre las posteriores a éste, es imposible hallar una en la que se puedan ver desnudos los pies de la mujer, que por lo demás publica sin reparo la desnudez del resto de su cuerpo. 

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