“Se siente mucho cuando escribes forzado por el mercado”
José Miguel Silva

Es imposible disfrutar una antología que esté exenta de la marca indeleble de su responsable. Este es el caso de “Diez por diez: Antología de microrrelatos peruanos” (Altazor, 2016), selección realizada por el escritor, poeta y periodista cultural Miguel Ángel Vallejo Sameshima (Lima, 1983).

Con once libros en su haber sin siquiera haber tocado la base cuatro y con un criterio muy particular para comprender la industria editorial en Perú, este narrador asumió el encargo de seleccionar relatos breves entre los más breves, sin hacer distinción de apellidos y teniendo como norte la calidad.

Así que si usted llega a tener en sus manos “Diez por diez: Antología de microrrelatos peruanos”, podrá conmoverse con creaciones de los siguientes autores:  Ricardo Sumalavia, Alejandro Susti, Félix Terrones, Willy del Pozo, José Donayre, Ricardo Ayllón, Óscar Gallegos e Ítalo Morales.

Conversamos con Miguel Ángel Vallejo Sameshima sobre esta antología, sobre su gusto por la escritura y también sobre la industria editorial, algo con lo que se relaciona muy de cerca hace ya algunos años.

-¿Cómo fue el proceso de armado de esta antología?

Esta antología se llama “Diez por diez” y contiene microrrelatos breves entre los muy breves. Ninguno con más de 160 palabras. La temática era absolutamente abierta. Sin embargo, lo que se ha repetido de una manera casi canónica, porque es lo que más se encuentra en el microrrelato peruano y latinoamericano, es el género fantástico. Los que no son relatos fantásticos, pues son insólitos. Y otra vieja técnica del microrrelato es lo metatextual. Es decir,  muchos microrrelatos que hacen referencias a personajes históricos, bíblicos, de cuentos de hadas, o a conceptos filosóficos en algunos casos.

-¿Cuál fue el criterio de selección de los autores?

Fue básicamente la calidad. Por azar salieron 10 hombres. Muy probablemente el próximo año salga una edición que incluya mujeres o quizás una de solo mujeres. Esta vez aparecen Alejandro Susti, que es un maestro en cuestiones de microrrelato, José Donayre y el mismo Ricardo Sumalavia. Todos especialistas en el género. Hay también otros autores que vienen desarrollándose en el campo, como Oscar Gallegos, quien tiene además una tesis sobre el microrrelato como estructura y forma estética. También en esta antología aparecen Willy del Pozo, Ricardo Ayllón, Félix Terrones, Ítalo Morales y Rodrigo Maruy, que es el más joven del grupo. Tiene 21 años.

-¿Cuál debe ser la característica principal de un buen microrrelato?

Debe tener todo lo que contiene un buen texto literario pues no por ser más breve está exento de ciertas características. Debe tener capacidad de conmover, efecto sorpresa y estar muy bien escrito. Por supuesto que –y esto es algo que menciona David Roas—la concisión es lo más importante y para ello debe apoyarse en otros referentes fáciles de entender (lo metatextual), debe prescindir de grandes descripciones de espacios. Pero fuera de eso, el microrrelato tiene que sorprender. Y no necesariamente debe ser fantástico. Pienso el caso de Christian Solano, que tiene casi el 90% de sus microrrelatos absolutamente realistas. Ahí hay un poder de conmover a través de la historia.

-¿Cuál es tu gran maestro del microrrelato si hablamos de autores extranjeros?

Me quedo con Jorge Luis Borges. Claro, todos recuerdan sus grandes relatos fantásticos, pero están textos como “Episodios del enemigo”, que es un microrrelato de 130 palabras, y que tiene una parábola filosófica y se siente el halo de esa prosa tan ‘borgiana’.

-Entre la prensa cultural, la narrativa y la poesía, ¿cuál te otorga más felicidad?

Creo que todo es un poco lo mismo. Escribir narrativa realista o fantástica, breve o tal vez una novela, incluso hacer periodismo, es finalmente contar historias. Claro que hay convenciones que constituyen un género.  Para que un relato fantástico sea verosímil tiene que construirse bien el quiebre entre lo que asumimos como real y lo que no. Y para que tenga la capacidad de conmover debe decir algo de la vida tanto como lo hace un relato realista. Asimismo, en el periodismo, hay que contar historias con la verdad. Y cuando intentas ‘volar’ un poco con detalles especulativos e imaginarios, pues eso debe quedar completamente claro en tu nota. Me parece que todo esto es un tema de convenciones discursivas para el mismo propósito: contar historias.

-Tienes 33 años y 11 libros publicados. No es poca cosa. Es interesante promedio.

Cuando era joven criticaba a los autores prolíficos. Siempre me preguntaba cómo así Benedetti había escrito 80 libros, por supuesto que todos no son buenos. Hoy tengo que moverme para que no me caiga el escupitajo que lancé al cielo.

-¿Cuál de todos esos libros ya publicados te gustaría poder mejorar?

Creo que todos son perfectibles. De hecho, a veces evito la tentación de releerlos porque encuentro cosas que pueden cambiarse. El proyecto que quizás pudo haber salido mejor fue el guion del libro de cómics “Ribeyrito, historias sin plumas” [Altazor, 2014], que fue el primero que hice (de su tipo). Espero poder trabajar historias más complejas en un futuro.

-En el proceso de escribir un libro, enviarlo a una editorial y que luego aparezca en la prensa. ¿Dónde está el error que impide que se difundan las publicaciones al público?

Lo que pasa es que hay un primer proceso que es producir el libro y creo que uno debe ser muy honesto y escribir lo que realmente le nace. Se siente mucho cuando escribes algo forzado por el mercado. En segundo lugar viene la corrección editorial. Para uno la historia siempre está redonda pero es el editor quien debe decir ‘esto está bien logrado o no’. Las sugerencias y correciones toman su tiempo. Luego viene la forma de llegar al ‘gran público’, que en el Perú no sé que tan grande sea.  Ahí vemos la distribución, trascender librerías y llegar a ferias y, por supuesto, el proceso de prensa. Yo no creo que la prensa  venda libros pero sí ayuda a consolidar tanto el nombre de una editorial como el de un escritor. Es todo un trabajo coordinado. No creo mucho en eso del escritor que construye su imagen. Mira, cuando uno se convierte en un producto estás falseándote igual que como lo harías con un texto.

-Pero a veces es evidente que, por ejemplo en las ferias de libro, te cruzas con un autor argentino que se ‘marketea’ mucho mejor que el peruano, sin que necesariamente su obra sea superior…

Es que hay un discurso más elaborado para defender el libro, pero creo que ya está cambiando un poco eso, la vieja idea de ‘mi obra hablará por mí’. Creo que ya nadie cree en eso. Mucho menos ahora que es mucho más sencillo tener difusión que en el pasado, no solo en el sentido de que hay más medios, sino que puedes tú mismo hacer tu video de YouTube. Hay más ferias. Así sean en colegios puedes terminar hablando ante 100 niños. Me parece que hay varios autores que están construyendo bien su imagen. No daré nombres pero siento que se están construyendo discursos y eso no es necesariamente la vieja y tradicional argolla que existe acá y en otras partes.

-Finalmente, ¿hasta dónde apunta la editorial Altazor?

Tenemos ya casi 700 títulos. Este año apuntamos a la colección Anatema de novelas góticas. También buscamos retomar la línea de libros para niños. Si bien Altazor siempre ha publicado de todo, hay una especie de viraje con cierto énfasis al género fantástico a través de antologías, todo esto sin descuidar los otros títulos, evidentemente. 

AL DETALLE
Libro: “Diez por diez: Antología de microrrelatos peruanos”
Editorial: Altazor
Precio: S/20
Lugares de venta: Librerías Communitas, Zeta, entre otras.