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"Silencio", por Marco Aureli Denegri

En su columna de esta semana, Marco Aurelio Denegri reflexiona sobre la importancia de callar, la sabiduría del silencio

Silencio, por Marco Aureli Denegri

Silencio, por Marco Aureli Denegri

“Dícese que el silencio constituía la forma iniciática de la orden pitagórica.”Cuenta Federico More en una de sus crónicas que in illo témpore hubo una mujer bellísima y muda de la que se prendó un varón muy pudiente que al poco tiempo se casó con ella. Se había propuesto hacer lo indecible para que su consorte hablara. Juntos recorrieron el mundo consultando a los mejores especialistas y averiguaron que en la China había uno extraordinario. Fueron a verlo y sometieron a su consideración el caso de que se trata. Y he aquí que en una sola sesión el facultativo logró que la muda hablara. Fatal ocurrencia, porque desde ese momento la desgracia se abatió sobre el matrimonio. En efecto, la mujer no cesaba de hablar y el pobre marido no solamente se cansaba de oírla, sino que terminaba hartándose. Y fue tanto su hartazgo que deseó fervientemente que su consorte enmudeciera otra vez y para siempre. “Cuando se conoce esta historia –dice More– se comprende aquello de que el silencio es oro y la palabra es plata.”

Dícese que el silencio constituía la forma iniciática de la orden pitagórica, y era un año y aun tres años, de acuerdo con algunos autores, el lapso que debía permanecer silente el iniciado. Sócrates se refiere frecuentemente al silencio y Plutarco lo considera el mejor medio para alcanzar la sabiduría, muy superior, desde luego, al hablar, que según Carlyle no es, como suelen decir los franceses, el arte de ocultar el pensamiento, porque el hablante lo que en realidad hace es “sofocar por completo y suspender el pensamiento, de suerte que ya no hay nada que ocultar”.

“¡El silencio –exclama Carlyle–, el gran imperio del silencio, mayor que las estrellas, más profundo que los reinos de la muerte!”

En el Gran Serrallo de Constantinopla (1459-1909) reinaba el silencio. Era un silencio que con intensidad variable se mantenía en las distintas cortes y llegaba a ser sepulcral en la tercera. El hecho lo han comentado casi todos los viajeros que visitaron el fabuloso palacio constantinopolitano.

Digamos por contera de este artículo que el silencio reinaba en la Lima seiscentista, porque la villa de entonces desconocía naturalmente las estridencias acompañantes del progreso. Para los creyentes en la virtud del silencio, Lima tenía, pues, por lo pequeña, un atractivo hoy ausente. Caracterizaba en lo antiguo a mi ciudad, como dice Raúl Porras, “su admirable silencio, Cómo sería de suave, pausado, de acogedor ese silencio, cuando el padre Cobo dice, maravillado, que en la estación de verano, cuando el río iba crecido, el ruido de su corriente atravesaba la ciudad y ‘en el silencio de la noche se percibe en toda ella el murmullo de sus aguas’ ”.

(R.P., Pequeña Antología de Lima, 377.)

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