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"Los tres mordientes", por Marco Aurelio Denegri

En su columna de esta semana, Marco Aurelio Denegri escribe sobre la capacidad humana de estar alerta y concentrado

Los tres mordientes, por Marco Aurelio Denegri

Los tres mordientes, por Marco Aurelio Denegri

En tintorería, las substancias fijadoras de los colores en las telas se llaman mordientes.

Don Santiago Ramón y Cajal decía que los tres mordientes de la acción eficaz son el interés, la emoción y la atención obstinada, es decir, no la simple atención, sino la atención perseverante y tenaz.

Estos  mordientes son también los del estudio y aprendizaje. Mediante aquéllos pueden éstos desenvolverse adecuadamente y ser realmente productivos. Los tres mordientes me permitirán concentrarme, reflexionar profundamente y percatarme debidamente de las cosas, o lo que es lo mismo, me permitirán ser consciente y en consecuencia podré sentir, pensar, querer y obrar sabiendo verdaderamente lo que estoy haciendo.

Sin embargo, la concentración y el estar uno alerta no son estados normales o habituales del cerebro, no son solencias cerebrales, sino insolencias, y sea esto dicho usando el vocablo insolencia en su antiguo sentido de infrecuente, inhabitual, raro, desacostumbrado.

La concentración y el estado de alerta son ocurrencias cerebrales raras. El cerebro tiende más bien a la dispersión y busca siempre estímulos para entretenerse, distraerse y complacerse, pero no para concentrarse ni percatarse.

La concentración y la percatación no son solencias cerebrales, sino rarezas cerebrales. Y hoy lo son más por la extraordinaria multiplicación de estímulos que rige en las sociedades presuntamente civilizadas. Proliferan incontenibles la mar de estímulos y las más de las personas ya no sabrían vivir sin ellos.

Llego, pues, a la inevitable conclusión que hoy es mucho más difícil estudiar y aprender, porque actualmente la gente se concentra y se percata menos que antes. Hoy no somos más humanos, sino menos, porque la videocracia no humaniza, sino animaliza. Esto lo ha demostrado cumplidamente Sartori y sería inútil insistir en ello. Diré, finalmente, que Ahlborn y Uculmana, en las páginas 64 y 65 de su libro Los Pilares del Éxito, se ocupan de lo que yo denomino insolencias cerebrales, aunque sin aquilatarlas debidamente.

–Grau–

“En el monumento que Grau tiene en Lima –dice Federico More–, el Almirante aparece con botas, que es como si a Cáceres –el Grau de Tierra– le hubieran puesto gorra de marinero.”

El monumento de que se trata, en su versión original, no tenía ninguna representación de Grau. Lo que hizo el escultor Victori Macho fue alegorizar el heroico sacrificio de Grau en el Combate de Angamos, pero el Gobierno del Perú consideró que el pueblo no iba a entender esa alegoría y le exigió a Victorio Macho que representase a Grau. El escultor español lo representó, pero mal de su grado, y naturalmente la representación no fue un acierto.

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