La pequeña Mona, niña sensible y curiosa de 10 años, hacía sus tareas de matemáticas cuando, repentinamente, todo se fue al negro. Ya en el hospital volvió a distinguir formas y colores, pero los médicos no podían dar respuesta a lo que había sufrido, solo atinaron a vaticinar que perdería la vista definitivamente. Antes de que ello ocurra, su abuelo Henri se propone enseñarle “toda la belleza del mundo”: llevarla, cada miércoles, por los tres mayores museos de París, el Louvre, el Museo de Orsay y el Centro Pompidou, y a lo largo de 52 semanas admirar con ella una obra maestra, sea de Botticelli, Leonardo, Rembrandt, Vermeer, los impresionistas o los modernos como Picasso o Frida Kahlo.

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