Por Ángel Navarro Quevedo

Bad Bunny llegó al Perú por primera vez sin que nadie —fuera de la tribu trapera— lo notara demasiado. Era marzo de 2017 y el chico de cejas partidas, uñas pintadas y voz nasal todavía no era el fenómeno global que hoy bate récords en Spotify, revienta estadios y cobra cifras que hacen temblar las cuentas bancarias. Tenía algunos temas virales, un look provocador y una gira modesta que lo llevó por discotecas y locales limeños.

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