Travis Barker, Mark Hoppus y Tom DeLonge son tres señores alrededor de la cincuentena que interactúan haciéndose chistes sexuales, eructando y dialogando a la misma velocidad vertiginosa a la que van sus melodías. Ese podría ser el inicio de un mal chiste, pero no lo es. No choca, no incomoda. Por el contrario, acerca y hace que el público que corea y poguea se sienta arropado, abrazado por una convención que dicta, casi por consenso, que toca ponerse las Vans, dejar de pensar en las responsabilidad ―al menos unas horas― y recordar cuando querían ser rockstars sin miramientos ni temores. Un público que no sólo bebía cerveza al ritmo de un adolescente, sino que redescubría esa escala de valores de inicios del siglo XXI. Y aunque es difícil no dejarse atrapar por ese lugar común de la nostalgia, es inevitable echar mano de ella cuando se trata de hablar de la música que atravesó a una generación que ya creció. Esos tres señores son Blink-182.

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