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Czar Gutiérrez

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“Cuando escuché mi ‘onmih’ (‘himno’ al revés) déjame decirte que se me pararon los pelitos. Era justamente eso lo que esperaba, pero más. Había acordes que me resultaban familiares y otros muy extraños. Eso produce lo que Freud denomina ‘unheimlich’, lo siniestro. Por eso la instalación sonora se reproducirá en un ambiente dramático, oscuro como un dark room para que la experiencia sensorial sea completa”, dice la artista (Chimbote, 1954), cuyas incursiones en el espacio urbano habitualmente dejan un reguero de espectadores boquiabiertos sobre la acera. Pasó cuando salió a bordo de un viril Chevrolet Camaro y un Jeep militar travestidos de color rosa Barbie.

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Lo llamativo es que, esta vez, ella fue la primera sorprendida con el experimento: descargó una matriz del Himno Nacional en una computadora y procedió a invertir tanto la melodía como las siete estrofas. Este procedimiento —el ‘backmasking’, nacido en los albores de la música concreta y resuelto en los célebres e improbables mensajes satánicos del rock— terminó transformando a nuestra canción emblema en un galimatías idéntico a su nuevo nombre: “Úrep Led Lanoican Onmih”. Es preciso admitir que este retroenmascaramiento, caldo de cultivo de controversias relacionadas con supuestos mensajes subliminales del inframundo, operó de manera no menos siniestra con nuestro entrañable ‘somos libres’.

Loa de los dioses

En efecto, nuestra banda sonora nacional, sometida a un desgarrador retroceso, deviene en un perturbador bloque de sonido que satura la sala miraflorina donde suena: “Resultó incomprendido y desamparado. Como el infierno de Dante, se escucha pero no se entiende. No es coyuntural, se trata de una crisis existencial que ya tiene 200 años. Yo respeto nuestro Himno y lo que he compuesto no es sino mío. En mi declaratoria digo que mi ‘Onmih’ oficial es para loa de los dioses, héroes, personalidades, celebraciones de triunfo y dicha. Uso la ironía, la inversión. Doy a entender que todo desde hace 200 años está de cabeza. Lo concebí el 2004, pero es un sentimiento desde que tengo uso de razón”.

Remontándonos más, al día que la señorita Rosa Merino la entonó con su voz de soprano frente al general San Martín, connotados próceres, Bernardo Alcedo, José de la Torre Ugarte y una multitud de patriotismo henchido (Teatro Segura, 23 de septiembre de 1821), debemos admitir que a nuestro soundtrack insignia le ha pasado de todo: en 1840 un autor anónimo le sumó una estrofa, en 1869 fue restaurada y arreglada, en una partitura para bandas militares la adulteraron, en 1901 la reformaron por agresiva hacia España, luego le mantuvieron el coro, después la declararon intangible con una estrofa apócrifa antes de que restituyan la quinta estrofa que en la versión actual sería la sexta de siete.

Nos han dicho que hay que cantarla con los brazos tensos y con la mano derecha aplastando el corazón. Con ‘en su cima los Andes sostengan’ y sin el ‘largo tiempo’. Tenemos himnos nacionales en shipibo, en quechua y en heavy metal. Todo indica que las reversiones de nuestra enseña cantada han ido quitándole el aura sacramental con el que acaso la concibieron. ¿Podemos decir que en esa ‘tradición’ se inscribe tu disidencia? “En absoluto”, dice la artista. “Lo mío no es música, es composición. Composición desarticulada, fracturada si prefieres… es un profundo sentimiento existencial, casi primigenio”.

Sombras nada más

Coherentemente, esa conmoción existencial se despliega con espléndida pulcritud en manos de Noriega-Bozovich: en torno al objeto artístico intervenido, el Usb con el Onmih retráctil, ha dispuesto una serie de aparejos cuya carga simbólica ella misma explica: “Es una caja completa la que contiene mi obra: mi declaratoria, las partituras, los textos de Gustavo Buntinx, Ramón Mujica, la fusta que da cuenta de cómo desde San Martín pasando por Bolívar y los demás gobernantes no han podido dirigir o conducir nuestro país. Ni amarlo, claro está. Siendo claros, la caja es el objeto de deseo coleccionable, fetiche. Y no puedo dejar de mencionar el fetichismo en mi obra. Lo siento”.

Hablando de lo cual, al travestir de rosa esos dos símbolos fálicos automotrices dijiste: “Todo es muy bonito, pero a la vez perverso”. ¿Ese postulado aplica para esta acción? “Por supuesto que aplica. Suelo poner el dedo en la llaga, pero de manera irónica, con sutileza o, si gustas, refinamiento. Y como bien sabes, la ironía se aplica para dos verdades que son opuestas y que a la vez se contradicen”. Y mientras la siniestra melodía se arrastra por el espacio de exhibición cubierto de sombras, una última pregunta: ¿Y cuándo crees que se jodió el Perú? “¿Se jodió? ¿Alguna vez no lo estuvimos?”.


Más información

Fechas: Miércoles 2 y sábado 5 de junio

Lugar: Paradero Habana de Micromuseo.

Dirección: Calle Bonilla 107, Miraflores


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