Existe esperanza para quienes creían que la música criolla tenía fecha de defunción por la ausencia de nuevos intérpretes. En tiempos en los que el corazón se pone más bicolor que nunca, conozca las propuestas de D’6, Ambiente Criollo y Marco Romero, artistas peruanos que creen en el género tradicional y que con amor y esfuerzo le hace dura competencia a los años, al reggaetón e incluso al Halloween. Probablemente no los dejará de seguir.

Voces únicas

Fue difícil convencer a la mamá de Jonathan Sanes (27) que la agrupación en la que cantaba su hijo no hacía presentaciones acompañada de instrumentos musicales o pistas grabadas. De hecho, su reacción no ha sido la única. Cuando uno escucha por primera vez a D’6 pasa por dos procesos. Primero, el de descartar la duda. ¿Todo lo hacen con la voz? Es decir, además de cantar, ¿reproducen el sonido del cajón, la guitarra, la quijada de burro? Luego viene la segunda fase, el disfrutar con sorpresa y emoción el talento de estos cinco muchachos. Sucede que no solo lo hacen, sino que asombrosamente bien. Sin precedente conocido, D’6 es el único grupo a capella del Perú. El que ha tenido la visión, además, de hacer música criolla y fusionarla al beatbox, el arte de generar sonidos con la boca. (…)

La bella jarana

El ambiente criollo nacional ha estado copado tradicionalmente por músicos hombres. Pero en Ambiente Criollo, el conjunto, la cosa es distinta. La agrupación de ese nombre se fundó hace seis años y se consolidó en torno a una premisa que han defendido a rajatabla: ser un grupo de ese género integrado solo por chicas. “Recuerdo que una vez tuvimos un cantante al que tuvimos que dejar ir. Le dijimos o te pones peluca o te vas”, bromea Ana Solórzano, la  cajonera del conjunto. A la fecha son el único conjunto de “solo chicas” que ejecutan lo mejor del criollismo y eso ha tenido impactos positivos y negativos con los que han sabido lidiar. (…)

De pura cepa

Marco Romero creció en un ambiente jaranero, al ritmo de valses y guitarras. Pero él tenía el pelo largo, escuchaba rock y se perfilaba como un baterista con éxito. Un día, en un almuerzo familiar que se dio cuando tenía 18 años, no llegó uno de los cajoneros de la banda que habían contratado y él lo reemplazó. “De pronto, mientras tocaba, empecé a cantar. Entoné temas que ni yo sabía que conocía tanto. A través de los años, estos se habían impregnado en mi piel y ADN”, recuerda el cantante. Entonces dejó su trabajo en un banco (hecho que lo enemistó muchos años con su padre), se sumergió en la bohemia de las peñas y entabló amistades entrañables con Marco Cavagnaro, su mentor; Óscar Avilés, Cecilia Barraza, entre otros. Terminó apostándolo todo por una vida dedicada a la música criolla. (…)

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