Ricardo Hinojosa Lizárraga

El cielo de esta noche limeña pedía heavy metal. Y lo hacía a gritos. Bajo un cielo opaco, plagado de nubes confundidas entre un verano por terminar y un otoño incipiente, la música se abrió paso desde la cuadra 14 de la avenida Alfonso Ugarte hacia el resto del mundo. Casi a última hora se había cambiado el local del concierto. Pasó de Barranco al centro de Lima con la facilidad con la que cualquier metalero puede pasar del silencio al grito; de la nada, al estruendo.
Pero eso a Dee Snider no le movió ni uno solo de los rubios pelos que componían su melena. Era exactamente la misma mata crespa que lo acompañaba en los videos que veíamos en los años 80. Todo era pelos, color y exageración en la estética. La música siempre fue otra cosa. Y lo sabe bien Dee, que esta misma semana le confesó a El Comercio que él y los Twisted Sister se habían visto sobrepasados por su imagen. Dijo también, de paso, que trabajaba porque en esta, su etapa solista, se priorizara el sonido. Y así fue ayer. Aunque en las boleterías del CC Festiva aseguraban que comenzaría a cantar a las 9.30 p.m., lo cierto es que el artista apareció sobre el escenario a las 9.05 de la noche.

Como si fuera parte de una ceremonia previa a la comunión ante su imagen –cabello amarrado, lentes oscuros, bividí negro, jean celeste desteñido con parches negros y de calaveras- uno a uno se fueron acercando para devorar la hostia. Ahí estaban Pantera, Led Zeppelin, Slayer, M.A.S.A.C.R.E, Iron Maiden, Sepultura, Metallica, Quiet Riot, Judas Priest, Môtorhead, convocados todos al aquelarre nocturno. Todos los polos, todos, con sus gargantas listas para volverse, incluso, guitarras. “Lies Are a Business” fue la canción que abrió el concierto, cuando aún algunos en la puerta apuraban el último trago al ron de sus previos. “Bring me to the gates of hell/ Cause there's a debt to pay (Llévenme a las puertas del infierno/ porque hay una deuda por pagar)”, empezó Dee y Pantera, Led Zeppelin, Slayer, que vestían jean, chaleco negro, casaca negra para acompañar la personalidad de sus respectivos polos, saltaron desde 1984 hasta hoy. Porque aún cuando el tema pertenezca a For the Love of Metal, su último disco, su sola presencia en el escenario trasladó a michos a los años 80.
Tras Tomorrow`s No Concern, su segundo tema, el vocalista nacido en Nueva York en 1955, hizo sentir su presencia: ¡Hola, Lima! ¡i`m Dee “Fuckin`” Snider! ¡Yeah! Un saludo que fue picardía suelta para enganchar al público de inmediato. Luego amagó preguntar si hablábamos inglés además de español y, cuando no recibió respuesta, intentó contar alguna historia ocurrida en su visita a Machu Picchu, el año pasado, que involucraba a su esposa y al ayahuasca que, aunque casi nadie entendió, todos celebraron.

A su lado, Nick Petrino, Nick Bellmore y Charlie Bellmore (los dos últimos, miembros de Kingdom of Sorrow) calibraban batería y guitarras para acompañarlo en la siguiente: “You Can`t Stop Rock and Roll”. Esto era puro Twisted Sister y fue recibido como tal. Los brazos se agitaban más, las letras estaban más aprendidas, los coros eran de todos. Aunque el público no llegaba a las mil personas, parecían muchos más cuando le seguían la pista a Dee. Luego siguieron “American Made”, de For the Love of Metal, y Burn in Hell, del Stay Hungry de 1984. Ambas sirvieron para que el artista muestre la versatilidad de una voz que no ha perdido calidad en 35 años. Iba del poder a la gloria, del alto al grave y del cielo al infierno en breves segundos. Para cuando acabó con “I`m the Hurricane” y “Roll Over You”, también extraídas de su material más reciente, ya se habían armado algunos poguitos en las primeras filas y el público se notaba conectadazo. Aunque quizás en sentido literal, porque en el ambiente se respiraba un oxígeno como de concierto de reggae. Fue entonces cuando ocurrió. Dee empezó a preguntar dónde estaban los fans de Twisted Sister. ¡Aquí! Decía la gente. ¿Y los otros? ¡Crazy sick motherfuckers!, gritó, burlón, con una sonrisa compartida por todos los asistentes. La batería tomó su propio rumbo y empezó con los compases más esperados de la noche: “We're not gonna take it/ No, we ain't gonna take it/ Oh we're not gonna take it anymore.”

La primera versión del público fue tan decente, tranquila y ceñida a la original, que Dee, tras el final de la canción, preguntó si sabíamos la versión en castellano. Aunque algunos se hicieron los locos, era evidente que todos sabíamos a que se refería. Y empezó: “¡Oh, huevos con aceite, oh, huevos con aceite. Huevos con aceite… y limón!, cantó, con claridad. La gente disfrutó, eufórica, del momento, cantando el coro con él. Y terminó esa parte, aparentemente, pero Dee retomó: ¿No quieren más “Huevos con aceite”? preguntó en un español masticado, demostrando un gran sentido del humor. ¡Siiii! Le contestó la gente y la batería volvió a sonar: “¡Oh, huevos con aceite, oh, huevos con aceite. Huevos con aceite… y limón!Luego siguieron Ready to Fall, The Price, Become the Storm y Under the Blade, muy disfrutadas por el público, que acompañó al artista en varios coros. Evidentemente, para esa hora, Dee Snider era dueño y señor no solo del escenario, sino de toda la noche limeña. La avenida Alfonso Ugarte, el óvalo Bolognesi y el paseo Colón se estremecían heroicamente con su voz. La misma luna, antes oculta por una tenebrosa neblina, aparecía ahora en todo su esplendor sobre la ciudad. Entonces, Dee entonó otro de los números fuertes de la noche, acompañado por la melena agitada de Nick Petrino y la pelada brillante de Charlie Bellmore, que lo flanqueaban: “I Wanna Rock”. Incluyendo solos de guitarra y partes corales, la canción se extendió en tiempo y en sensaciones mucho más de lo normal.

El público no solo estaba compuesto por nostálgicos de los 80, sino por padres que habían llevado a sus hijos, con sus correspondientes polos negros o pañuelos de calaveras, y en muchos jóvenes que aprovechaban la oportunidad para ver a una leyenda del rock de los 80. Para ellos, un final espectacular: “Fort he Love of Metal”, el temón que le da nombre al más reciente trabajo discográfico de Dee Snider y que, para él, ha sido su resurrección musical, fue cantado por un público ya entregado, que asistió lleno de energía al momento final: “Highway to Hell”, de ACDC, en una versión explosiva. Así, tras cerca de hora y media de concierto, Snider invocó el poder de la banda australiana para demostrar que, a sus 63 años, tiene aún mucho por darle al heavy metal. Larga vida a Dee.

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