En sentido horario Felipe Pinglo, la casa donde vivió en Barrios Altos y músicos criollos en el bar Queirolo. (Fotos: Archivo de El Comercio)
En sentido horario Felipe Pinglo, la casa donde vivió en Barrios Altos y músicos criollos en el bar Queirolo. (Fotos: Archivo de El Comercio)
Valentín Ahón

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Hincha del Alianza Lima y querido por sus amigos, (18/12/1899 - 13/5/1936) supera la definición de leyenda. Forma parte de la historia nacional por sus versos y melodías. Sin embargo, Pinglo no las tuvo todas consigo. Algunos dicen que no era bien visto por los gobernantes de turno. Sus temas eran una protesta de los más necesitados y sólo basta escuchar “El Canillita”, “La Obrerita” y “La Oración del Labriego”. Aceptando todo lo que la tradición oral ha transmitido y los testimonios que criollos de verdad comparten en las noches de jarana.

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Pinglo nació el 18 de julio de 1899 en los Barrios Altos. Zona que albergó a personajes famosos. Pero ajenos a la aristocracia. Gente que vivió en una cierta marginalidad, familiarizada con la jarana de tres días y la tradición. Días en que los huertos poblaban lo que ahora es una vía de tránsito infernal.

Felipe quedó huérfano de madre a los pocos días de nacido. Cuentan que su padre - maestro de escuela - no pudo superar la muerte de su esposa. Por esa razón decidió mudarse a Barranca para trabajar en un colegio del lugar. Y olvidar. Sucede que durante esos años llegar a la localidad norteña era cosa seria. Fue una especie de autoexilio. El maestro quedó en manos de sus tías y su infancia transcurrió como la de cualquier niño de la época.

Cuando llegó la adolescencia - era buen alumno en el colegio - decidió irse a vivir con unos músicos. Con ellos creyó proteger su virilidad porque escuchó que criarse entre mujeres convertía a los hombres en afeminados. Una vez instalado en su nuevo hogar, se dedicó a tocar con más fuerza su rondín. Los experimentados músicos se sorprendían cuando Felipe, luego de los ensayos, repetía a la perfección todos las notas con su rondín.

En esos años la vitrola había relegado a los músicos a un segundo plano. La jarana, en la que todavía no aparecía el cajón, cedió ante los gruesos discos y ritmos foráneos. Los conjuntos que no estaban trabajando en radios y que vivían exclusivamente de su trabajo, tocaban en los centros de vida nocturna. Léase burdeles y los ambientes donde caballeros pudientes -que no deseaban ser sorprendidos - encontraban a sus amantes.

Convertido en jugador del Atlético Lusitania, la institución futbolera más representativa de los Barrios Altos, Pinglo fue un incondicional del Alianza Lima en las décadas del 20 y 30. Tocaba mal la guitarra, era zurdo y no cantaba bien. Los bien antiguos recuerdan que cuando la jarana estaba a punto, Felipe quería cantar sus letras con evidente sentido social. Lo que generaba un cierto rechazo. Sin embargo, no se dio por vencido. Vinieron páginas inmortales como “El Plebeyo”, “El Huerto de mi Amada”, “Jacobo el Leñador”, “Rosa Luz”, “Tu nombre y el mío” y “Claro de luna”. Su obra fue respetada porque revolucionó la temática y lírica del valse. Como todo personaje público, la historia en relación a su vida suele tener nuevos matices de cuando en vez. Pero las versiones coinciden en que su obra cambió nuestra historia musical”.

La cambiante historia

Cinco Esquinas, Mercedarias y Barbones. Barrios Altos nada menos. Fue el gran escenario que a la vez inspiró a Pinglo. El barrio, la sastrería, los viejos solares, los callejones, las casas de techos altos, los parrales y la pureza de una ciudad que despertaba. Por esas calles caminó Felipe Pinglo. Pero en un momento tuvo que abandonar su sitio.

Vivió sólo 37 años y las crónicas cuentan que fue por una penosa enfermedad. Unos dicen que fue tuberculosis. Y otros aseguran que fue sífilis. Al parecer el mal se lo contagió una prostituta que era novia de un temible y celoso matarife. Cuando Felipe tenía catorce o quince años la mujer, que vivía prácticamente encerrada, lo veía desde su ventana. Atraída por el sonido de su rondín. Entablaron amistad y por esas cosas de la vida intimaron. Un tema delicado por tratarse de una figura que ha ganado dimensión a través de los años. Lo cierto es que Felipe, luego de haberse casado, se fue del barrio y estuvo por La Victoria y El Callao.

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Haciendo, por agradecimiento a sus anfitriones, temas que no despertaron interés. Tuvo amantes es cierto. Quería saber si realmente se había mejorado. El hombre trató de curarse por todos los medios y no contagiar el mal a su esposa. Descartó el doloroso tratamiento que los médicos de la época realizaban. Y eligió las hierbas de los chinos. De esta manera podría explicarse su cojera y la decisión de abandonar muy joven la práctica del fútbol . Cuando creyó estar curado regresó a su barrio. Pero las cosas habían cambiado. Felipe ya no tenía el hogar porque el amor conyugal había terminado.

La vida de Felipe Pinglo ha sido reconstruida a cuentagotas. A partir de la tradición oral de sus contemporáneos. Lo inamovible es su temprana afición por la música y la guitarra; su rechazo al alcohol y al cigarrillo; su nostalgia. A pesar que la mayoria de sus valses llevaron nombres femeninos, sus amigos dicen que era tímido con las mujeres. Pocos saben como enamoró y se casó con Hermelinda.

Jose Maria Arguedas dijo que “Felipe Pinglo les enseñó a los limeños a querer su música”. Y no falta a la verdad. Todavía sus amigos le organizan veladas y serenatas en un día como hoy. Porque allí se respira y se quiere a Pinglo. En el viejo centro de Lima.

Aclaración: (Este texto de Valentín Ahon ha sido editado para la versión digital. Fue publicado originalmente el 18 de julio de 1998 en la edición impresa de El Comercio)

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