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Aretha Franklin: esa poderosa luz negra [IN MEMORIAM]

Icónica, transgresora y dueña de un registro vocal de incomparable perfección, la dama del soul consolida su leyenda desde una dimensión astral

Aretha Franklin

Aretha Franklin (Foto: Reuters)

Respeto. De aire a aire, en esa órbita espacial que va de Ella Fitzgerald a Billie Holiday, de Nina Simone a Nat King Cole, todos los mundos circundantes se inclinan ante el nuevo astro que se aleja. Con su fulgor intacto, con el acero de su voz. Aretha Franklin, ícono feminista altivo y empoderado, puntal del movimiento por los derechos civiles e inquebrantable en un campo de batalla desigual: ser mujer y ser negra. Por eso, ahora en la hora de su muerte –en el silencio nupcial que su conversión astral invoca–, todo el respeto del mundo.

A ese prodigio de 15 años que le pide a Dios un carro para cruzar el Jordán cantando 'spirituals' que van de lo modal a lo pentatónico bajo el pulso de Rosetta Tharpe y Mahalia Jackson, sacerdotisas góspel. Heterodoxa desde el saque, bebe de los manantiales del soul. Y si los Panteras Negras enfrentan la segregación racial a sangre y fuego, ella prefiere envolver su protesta en terciopelo. Así ocurre ese himno llamado "Respect". Hormonado en el sello Atlantic, no es una canción de amor, sino una exigencia puntual cuya pegada ennoblece el verdadero significado del 'hit': golpe.

ESPÍRITU IMPERIAL
Con semejante fortaleza moral sustentando un registro vocal asombroso, el terso oleaje de su garganta viajará con absoluta naturalidad del góspel al soul moderno. Del rhythm and blues a la música dance, el jazz lounge, el rock y los destilados pop. Entonces la hija de pianista y sacerdote se elevaría hacia un meteórico estrellato de, esto sí, larga duración: 60 años. Desde esa iglesia, desde que Ottis Reding la vio o desde que firma por Columbia a los 18 años hasta el 2017, cuando el cáncer la empezó a morder.

A ella, que empezó a marcar la cancha desde sus portadas ("Aretha Arrives", "Lady Soul", "Aretha Now"), clásicos de los años sesenta y setenta que son lecciones objetivas de cómo un artista puede encarnar y definir su tiempo. En la garganta de Aretha Franklin todos los géneros encontraron un hogar cálido, amable y bien ventilado. Una verdadera máquina imperial que somete, eclipsa y sanciona una era. Que lo diga su escalofriante "Precious Lord" en el funeral de Martin Luther King.

Hacia los ochenta no tuvo problemas en desplazarse hacia el funk de Luther Vandross o subirse a la new wave para, con frialdad glacial, apoderarse de las marquesinas de MTV, cuando pasaba música. Memorables duetos con Eurythmics, incursiones al hip-hop con Gang Starr o súbitos abordajes del dance ("A Deeper Love", 1994) para perpetuar su imagen de diva moderna cómodamente instalada en la cima del chart. Capaz de refrescarse con Lauryn Hill y Adele. En el camino, episodios de violencia doméstica, escarceos con el alcohol, trastornos alimenticios, miedos a volar, problemas con los managers y fuego graneado contra Roberta Flack, Barbara Streisand y Whitney Houston.

Tanto que instaura la duda entre la inconmensurable versatilidad o si más bien todo responde a un talento capaz de fabricar el arte a su medida. En cualquier caso, el cielo acaba de ganar un astro que prolonga su estela como una larga luna de sangre. O, según la NASA, como el asteroide 249516 que acaba de bautizar "Aretha" y orbita más allá de Marte. Perfecto encaje astral para una estancia terrestre que siempre le fue leve.

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