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Ricardo Arjona: el hombre que es verbo, no sustantivo

Ricardo Arjona ha confirmado su vuelta al Perú con la gira Circo Soledad: buena nueva para unos, amenaza para otros. Comprender su fenómeno puede ser más engorroso que sus canciones

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El cantante guatemalteco Ricardo Arjona asume desde hace años una postura progresista e intelectual que sus detractores cuestionan. (Foto: EFE)

El cantante guatemalteco Ricardo Arjona asume desde hace años una postura progresista e intelectual que sus detractores cuestionan. (Foto: EFE)

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El más difundido tutorial que se puede hallar en Internet para componer canciones como Ricardo Arjona explica que si uno quiere “convertirse en poeta” como él, debe seguir cinco pasos: 1) elegir cuatro palabras cualesquiera que rimen entre sí; 2) acudir a un diccionario de antónimos y escoger uno para cada palabra. Si no existiese –continúa el presentador–, bastaría con buscar algo que equivalga a lo opuesto. Y si tampoco se encontrase esto, no interesa, “pues igual funciona”; 3) (este punto es clave pues condensa, como  veremos más adelante, la esencia arjoniana) hacer una frase con cada par de palabras. Estas deben ser metáforas, alegorías, “comparaciones
burdas” u oxímoron, sin importar que carezcan de sentido; 4) repetir el ejercicio por cuatro, seis u ocho veces; 5) agregarle a lo anterior una “pretenciosa melodía con guitarra acústica, pianito y batería”, y leer lo escrito “como si se estuviese pujando todo el tiempo”.

Lo que sigue es sorprendente: el ‘alumno’ del tutorial se manda con una canción que suena muy –pero muy– como las del paradigma: “Con discreción rimbombante / como un pequeño elefante/ retrocedo hacia adelante / cual rebelde comandante. / Me manifiesto en secreto/ enteramente incompleto / pues con desdén te respeto / como un abuelo a su nieto, etc.”. Consta que muchas de las dos millones de personas que han visto el video han realizado el ejercicio,  convirtiéndose automática y risueñamente en émulos del trovador guatemalteco.

Ahora bien, más complejo que su lírica resulta el fenómeno que encarna desde hace tres décadas. Se trata de uno de los intérpretes más exitosos de la canción hispana, y a la vez de los más polémicos. Sin embargo, salvo el episodio de su separación de la ex miss Puerto Rico Leslie Torres hace más de 15 años –cuando ambos se acusaron
de agresividad y toxicomanía–, a diferencia de quienes suelen recurrir a majaderías, simples golpes de efectismo o la hiperventilación de una vida privada en perpetua crispación, Ricardo Arjona resulta controversial precisamente por su arte. Quienes lo detestan podrían formar países en conflicto permanente con aquellos habitados por quienes lo veneran.

—También es mi primera vez—

Édgar Ricardo Arjona Morales nació en la localidad de Jocotenango, en el suroeste de Guatemala, hace 54 años. Mide casi dos metros y habla con una voz ronca que mezcla acentos centroamericanos, argentinos y mexicanos. Fue basquetbolista –de hecho, con 78 puntos en un solo partido mantuvo por mucho tiempo el récord nacional de anotaciones con la selección nacional–, pero terminó estudiando Comunicaciones. A los 21 grabó “Déjame decir que te amo”, un disco que, asegura, lo avergüenza (lo que hace suponer que conoce ese sentimiento). Como no le fue bien en ventas, abandonó el canto por la enseñanza en una escuela primaria, aunque solo por un tiempo: la música, como la sangre, como el amor, llama.

En 1988, partió a Buenos Aires para representar a su país en el festival
de la OTI, y se quedó un tiempo en la ciudad, sobreviviendo y tocando en sus calles y en algunos bares. De ahí pasó a México, tratando de hacerse un lugar en el mercado más competitivo del continente. Fue arduo, pero persistió. Grabó un par de discos que no gozaron entonces de estimación (como “Jesús verbo, no sustantivo”), y en 1990 compuso el tema “La mujer que no soñé jamás”, interpretado por Eduardo Capetillo como parte del soundtrack de la telenovela  Alcanzar una estrella”. Como no pensaban pagarle, le ofrecieron un papel menor en el programa, lo que Arjona aceptó por el reconocimiento.

Por fin, en 1993, comenzó su romance con la fortuna como si se tratase de las féminas que pueblan su cancionero: publicó el álbum “Animal nocturno”, cuyos hits “Mujeres” y “Quién diría” ayudaron a vender 500.000 copias en menos de un año, llevándolo adonde quería llegar. Desde ahí, todo fue cuesta arriba en la carrera de Ricardo Arjona. Ha grabado 15 discos en estudio, más directos y recopilatorios; vendido más de 25 millones de copias; y recibido, entre
muchos otros, el premio Billboard por su trayectoria y la Orden del Quetzal de Guatemala (que devolvió cuando al presidente Pérez Molina lo acusaron de corrupción). Tiene tres hijos (la mayor es la bellísima actriz Adria Arjona, quien se ha lucido ya, por ejemplo, en la segunda temporada de “True Detective”) y desde el 2010 está casado con la modelo venezolana Deisy Arvelo. Llena estadio tras estadio: recordemos que en el 2006 colmó 35 fechas consecutivas (¡35!) el una Park de Buenos Aires, y el 2009, cuatro veces la Bombonera, superando a cualquier artista en la historia argentina. Dicho sea de paso, ello provocó una sonada polémica con Fito Páez, quien, con una cuestionable autoridad moral, dijo que si la ciudad le daba tantos shows a Arjona y dos a Charly García, signifi caba que “ciertos valores
estaban ya aniquilados”.

Lo cierto es que la celebridad de Arjona solo crece –cosa improbable en el veleidoso mundo del espectáculo– y parece gozar de buena salud. ¿Qué podrá importarle el desprecio de los doctos y los sofisticados?

—Poeta maldito —

Sin pretender caer –también– en el simplismo de decir que el hombre representa la crisis cultural de Occidente, lo hacerlo destinatario de las burlas con las que los pretenciosos dueños de la verdad escrita lo fustigan (los creadores de memes han sido más que pródigos al respecto), resulta innegable que Arjona tiene inclinación por rimar, con la mayor consonancia posible, una serie de figuras retóricas llamadas ya, al menos popularmente, “arjonismos”; esto es, metáforas
paradójicas con tanto de ironía como de supuesta sustancia lírica:
para usar un término de Marco Aurelio Denegri, sus canciones son poematiformes (parecen, no son poemas). No cabe el espacio para los ejemplos, algunos ya parte –objetivamente hablando– de una hipotética antología de la huachafería y el sinsentido. Una mínima muestra: “De vez en mes te haces artista / dejando un cuadro impresionista / debajo del edredón. / De vez en mes con tu acuarela / pintas jirones de ciruelas / que van a dar hasta el colchón. / De vez en
mes un detergente / se roba el arte intermitente / de tu vientre y su creación” (“De vez en mes”, tema dedicado, como se puede
colegir, a la menstruación).

Sus detractores no soportan que detrás de su postura progre e intelectual reafirme los peores estereotipos de género (en siete de sus canciones la mujer es una seductora… desde la cocina); que tenga tanto éxito pese a la puerilidad de sus letras y la pobreza repetitiva de su música; que banalice la poesía, el arte mayor y el que menos paga (al resto); que haga fútiles temas en verdad importantes como la pobreza, la depresión, la xenofobia o la prostitución; que se presente de izquierda mientras en su página web venda hasta spinners como merchandising.

Nada de esto, claro, va a detener la gira del disco “Circo soledad”, la más grande y millonaria de su carrera. Los peruanos lo esperamos en abril con los brazos abiertos, sea para estrecharlo o para agarrarlo a cachetadas. Hace dos meses recaló en Argentina, donde lo vieron 75 mil fans enamorados.

Fito, chúpate esa mandarina.

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