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Jaz Coleman, el oráculo del rock

El notable artista inglés, considerado como el nuevo Mahler, llega para reinventar el rock experimental peruano. Luego se da tiempo para ensayar una reverencia ante el dios Pachacámac

Jaz Coleman

Jaz Coleman está próximo a cumplir 59 años el 26 de febrero. (Foto: Manuel Melgar/USI)

Seis plataformas y una planta trapezoidal sostienen el Templo del Sol. Con el frontis principal orientado hacia el mar y desde lo más alto del valle, el dios Pachacámac gobierna el universo. No tiene piel ni huesos. Lee el futuro. No se trata de una santidad precisamente benévola. Los sacerdotes ingresan a su templo de espaldas: un leve temblor en su mirada genera cataclismos. Por eso nadie puede mirarlo a los ojos. Ni siquiera Jaz Coleman (Londres, 1960), generador de otro tipo de movimientos sobre las capas tectónicas de la Tierra y que ahora, enfrentado a Pachacámac, se inclina reverente y ensaya una oración.

"Tanto tiempo he esperado para llegar aquí, a mi tierra favorita. Aquí estoy para la pachamama y para todas sus plantas milagrosas, como la ayahuasca", había dicho cuatro meses antes abriendo el poderoso debut de Killing Joke en Lima. Entonces se presentó separando los brazos como un Cristo con las fauces abiertas. Y ahora lo tenemos besando su tierra favorita. Su pachamama. Él, que trabajó su arte con esmalte negro sobre labios rojos. Él, que hizo florecer un sonido entre la agonía del punk y la ascensión del gothic, se inclina reverente en la catedral de este dios fiero. Cataclísmico. Vinculado a la noche y a las profundidades de la tierra.

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Aire puro

"La última vez que estuve en el Perú me quedé perdidamente enamorado de las Líneas de Nasca. Tanto que pernocté durante dos semanas exactamente sobre el dibujo de la araña porque allí hay una convergencia entre las líneas del sol y la constelación de Orión. Me traían la comida en taxi y solo debía concentrarme. Empecé a tocar los tambores y las sensaciones llegaron en manada. De pronto, mis ojos se fueron cerrando y entré en trance. Una entidad superior me acogió. No había ninguna sustancia de por medio. Era solamente energía. Esa energía pura que solo la he sentido en el Perú".

De luto estricto bajo la infinita cantidad de grados centígrados del verano limeño, Coleman habla sin grabadora bajo uno de los descansos del santuario de Pachacámac. Hasta aquí lo ha traído El Comercio para que insufle sus pulmones con el mismo aire de los peregrinos que durante mil años llegaron desde los cuatro puntos cardinales, reverentes ante este dios de mirada letal.

Hasta 1470, cuando la soldadesca invasora llegó para saquear lo que hombres y mujeres 'destos reynos' habían edificado con su sangre. Y aunque es la primera vez que está aquí, el célebre vocalista se siente en casa. Es quien más sabe de estas cosas. Porque, además, es gnóstico y alquimista.

Y es devoto de la Madonna Negra, virgen que no adscribe a la doctrina cristiana tradicional. Un termo de té con leche oficia como botiquín de primeros auxilios para un sujeto de piel bronceada –su madre es hindú– especialmente dotado en el arte de crear atmósferas musicales gravitando en lo atonal. Por eso Killing Joke, ese 'sonido de la Tierra vomitando', es una regurgitación que no podía salir sino de un especialista en abrir umbrales de luz. Ese es Coleman, feliz de llegar a las tierras del indómito inca y colocar estratégicas bombas de profundidad en la línea de flotación de su rock más experimental.

Sed de arena

Reverente entre hornacinas, Coleman se fotografía con los Liquidarlo Celuloide, cuarteto 'noise' que hasta ahora no puede creer que sea precisamente él quien haya venido desde Nueva Zelanda para encerrarse en una cabina y producirles el nuevo disco. "Es terrible trabajar con Jaz. Es como un estruendo que enloquece a todos en el estudio. Pero la recompensa llega al final, como cuando te torturan con un cuchillo de terciopelo". Más o menos así resume la experiencia el colectivo, más que feliz de emprender la prometida gira europea abriendo a Killing Joke.

Y entre su irreductible adicción por el cebiche y todo lo que remita al prehispánico peruano, Coleman pasa sus días limeños desenchufado de Internet y del teléfono. Dicen que cuando ocurrió la luna de sangre salió a aullar por Miraflores. Y con el aura de ser el nuevo Mahler –instauró un estilo implacable, el pospunk industrial que sangra en las fronteras del metal– hará un par de presentaciones en Lima. Pero por el momento prefiere perderse en el desierto de Lurín. Perfectamente hipnótico y radiante, entre la arena y lo sagrado.

DATO

Documental de Killing Joke y charla con Coleman
Se realizará el viernes 15, a las 8 p.m. , en El Galpón Espacio. Dirección: Manuel Cipriano Dulanto 949, Pueblo Libre.
Entrada: S/30

Concierto solo piano
​El próximo sábado 16, a las 9 p.m., se realizará este evento en El Paradero.
Dirección: calle León Velarde 982, Lince.
Preventa: S/25.


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