Por Ángel Navarro Quevedo

Shakira no solo llenó el Estadio Nacional, lo hizo vibrar. Su regreso a Lima después de catorce años no fue un simple reencuentro, sino una reafirmación de su vigencia en la música y en la memoria colectiva de sus fans. La barranquillera entendió que su espectáculo debía ser más que un repaso de éxitos y, con una producción impecable, recorrió todas sus facetas: la rockera de guitarra en mano, la diva pop de coreografías perfectas y la loba que, entre aullidos, exorciza su pasado reciente.

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