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Crítica de teatro: "Frankie & Johnny"

Una mirada al montaje protagonizado por Sergio Galliani y Alexandra Graña en el Teatro Británico

Crítica de teatro: Frankie & Johnny

Crítica de teatro: Frankie & Johnny

ALBERTO SERVAT

El universo dramático de Terrence McNally se ha caracterizado a lo largo del tiempo por la presentación de una serie de viñetas que parecen calcadas de la vida diaria. En sus obras más personales los protagonistas han sido ciudadanos de la calle, seres anónimos en su mayor parte. Pero incluso en los musicales que le ha tocado participar ha tratado de inyectar esa vena de cotidianidad a la que es tan proclive. “Frankie & Johnny en el claro de luna”, que podemos ver en el teatro Británico de Miraflores bajo la dirección de Vanessa Vizcarra, pertenece al primer grupo. Es más, es la obra que dio a conocer a McNally como uno de los dramaturgos más importantes de su tiempo.

Estrenada en junio de 1987 en el circuito off Broadway, “Frankie and Johnny in the Claire de Lune” se convirtió de inmediato en una obra de culto, permaneciendo en cartelera una buena temporada. Su llegada a Broadway habría de demorar mucho más, hasta el 2002. Y en el camino fue representada alrededor del mundo e incluso se hizo una película.

“Frankie & Johnny” fue concebida  como el encuentro de dos almas solitarias en medio de la jungla de asfalto. Una de las cosas que hizo de esta una obra diferente fue tomar como protagonistas a dos perdedores. Perdedores en el sentido en el que una sociedad de consumo está acostumbrada a tachar a dos personas de escaso atractivo físico, pasadas de edad y dedicadas a oficios poco estimulantes. Frankie es mesera, Johnny es parrillero. Ambos trabajan en un restaurante de poca monta en Manhattan. Uno de los aciertos del montaje original fue la elección de dos actores que difícilmente podían ser catalogados como estrellas del glamour o algo parecido: Kathy Bates y F. Murray Abraham (luego reemplazado por Kenneth Welsh). Una decisión muy oportuna porque estamos frente a dos personajes poco ilusionados con sus vidas.

Por un lado, Johnny es cínico, burlón, un tanto irresponsable. Del otro, Frankie es pesimista y poco habituada a ilusionarse. Pero ambos comparten un pasado doloroso y una visión del futuro nada estimulante. Su encuentro enciende una llama muy particular que, sobre todo Frankie, no esperaba. En este punto la obra propone en un primer momento un autodescubrimiento por parte de los personajes. Es allí que Frankie se siente incómoda con su cuerpo y de inmediato intenta cortar la relación. Pero su ‘choque y fuga’ se frustra porque Johnny cree haber encontrado en ella a su alma gemela. A partir de entonces, él tiene necesidad de conquistarla. En medio de esta confrontación con un mundo real surge un destello de belleza: el “Claro de luna”, de Debussy.

La adaptación para el cine de la obra no le hizo ningún favor al original. Dirigida por Garry Marshall, “Frankie and Johnny” (1991) se inscribe más bien en el terreno de la comedia romántica. Grave error dejar de lado el tema sexual, que es frontal en el texto original y necesario para entender la comunicación entre los personajes. Y también inadecuada la elección de dos actores como Al Pacino y, sobre todo, Michelle Pfeiffer para los papeles estelares. A partir de entonces el perfil de los personajes se fue modificando y la elección de actores en montajes posteriores a la película no ha sabido captar la esencia de los Frankie y Johnny ideales.

Vanessa Vizcarra dirige con mano segura el montaje que podemos ver actualmente en el Teatro Británico. Para ello cuenta con el inspirado trabajo de Coco Luyo y Susana Linares, en la realización de la escenografía y la dirección de arte. Un excelente trabajo conjunto que nos permite introducirnos en el departamento de Frankie sin dificultad.

Menos seguridad encontramos en el trabajo conjunto de Sergio Galliani y Alexandra Graña. Ahí es donde Vizcarra no logra introducir el grado de intimidad que la obra propone. Nos quedamos frente a la representación de los diálogos sin encontrar una comunión directa y contundente con el discurso. Tal vez porque los actores no logran despegar, al menos no como pareja. Sergio Galliani es Sergio Galliani a cada instante, lo que no está mal. El problema es que la comunicación con Alexandra Graña se siente distante.

Alexandra Graña merece un párrafo aparte. En principio no es la actriz correcta para este papel. Y no lo es, como tampoco lo fue Michelle Pfeiffer en la película. Frankie no puede ser atractiva. O en todo caso, la actriz debe disimularlo. No es posible en este caso. Pero Alexandra logra una evolución inesperada sobre el escenario. Es como si necesitara calentar para entrar en confianza con el personaje. Y a partir de entonces su inseguridad sobre el escenario juega a su favor porque nutre a Frankie con ella.

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