"Un cuento para el invierno": crítica del montaje de Ísola
"Un cuento para el invierno": crítica del montaje de Ísola

Alberto Ísola nos sorprende. Principalmente, por elegir una pieza de Shakespeare poco conocida en nuestro medio pero que supone un desafío para cualquier director de teatro. Porque “Un cuento para el invierno” es uno de los textos más complejos de su autor, una tragicomedia escrita al final de su carrera –si nos fiamos de los historiadores– y casi un compendio de su obra.

El primer acto tiene un tono señorial y dramático en la línea de sus mejores tragedias: un rey enloquece de celos y no solo destruye su más entrañable amistad, sino que acarrea la muerte de su amada esposa. En el segundo acto se desarrolla un romance pastoril con amores locos, falsas identidades y la aparición de una serie de personajes ingeniosos que, sin querer, llevan la obra a su feliz desenlace. Tal como apunta Harold Bloom en “La invención de lo humano”, uno de los libros claves para entender al Cisne de Avon, esta es una de las más complejas, sofisticadas y reflexivas obras de Shakespeare.

En el montaje, dirigido por Ísola en el Teatro Británico, el desafío toma cuerpo con los aciertos y debilidades propias de un trabajo ambicioso. Los valores de la producción son inmejorables y todos los elementos de la escenografía, el vestuario, la iluminación, la coreografía y la selección musical apuntan a la ilustración de un cuento. De esta manera, el marco para el lucimiento de la obra es tan encantador como apropiado.

La adaptación de la primera parte está muy lograda. Lo que acontece en la corte tiene el ritmo y el tono adecuados para crear tensión y dar paso a la tragedia. Y, claro, el acto les pertenece enteramente a los tres protagonistas: Leontes, el rey de Sicilia; Hermione, su esposa; y Políxenes, el rey de Bohemia. Es interesante ver juntos a Leonardo Torres Vilar y Miguel Iza en un clásico de estas dimensiones. Ambos actores, pertenecientes a la misma generación pero de formaciones distintas, siempre aportan algo propio y, en este caso, avanzan sobre el escenario con confianza. Me hubiera parecido más interesante enfatizar algún detalle homoerótico, como se ha hecho en otros montajes, porque habría dado pie a un aspecto aun más trágico. Pero la propuesta de Ísola funciona. Por su parte, Alejandra Guerra acierta cada instante en la piel de una reina construida con precisión.

El cambio de tono en el segundo acto ocurre con una apuesta escenográfica oportuna. Sin embargo, la diversidad de personajes presenta una mayor dificultad para que la narración mantenga el ritmo. El protagonismo debería pasar directamente a Perdita y Florizel, los jóvenes amantes dispuestos a desafiar las normas establecidas, pero ni Paloma Yerovi ni Franklin Dávalos consiguen seducir a la platea y su opacidad no puede brindar nuevos destellos al montaje. En su lugar, un exaltado Alberick García se apropia del escenario en el papel de Autólico para completar la cadena de encuentros y desencuentros.

En términos de estructura dramática, el desenlace es repetitivo. Para cuando se revela el misterio de la estatua (no quiero entrar en detalles del argumento para no estropear las sorpresas), ya es claro que la obra terminará de una manera. Para entonces el drama ha perdido vitalidad. Ni siquiera Leonardo Torres Vilar, al interpretar al rey envejecido y preso de sus remordimientos, mantiene la convicción inicial. Tal vez todo sea resultado de un segundo acto que no logra el equilibrio en términos de tiempo y ritmo.

Por supuesto, nada de esto descalifica el tremendo esfuerzo de emprender una tarea tan compleja como poner “Un cuento para el invierno” en escena.