Renato Ramírez protagoniza "Febro, el poeta".
Renato Ramírez protagoniza "Febro, el poeta".
Juan Diego Rodriguez Bazalar

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El detestable zumbido de una mosca, que se amplifica en los oídos del público que usa audífonos, da comienzo a “Febro, el poeta”. Así se sitúa a la audiencia en un lugar nauseabundo y repelente para cualquier visita: allí vive el viejo Febro, el protagonista de la obra que fue parte del .

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La propuesta llegó desde Arequipa –de la mano del director Miguel Barreda y el intérprete Renato Ramírez–, y se convirtió en una de las sorpresas del evento al que, por cuestiones presupuestales, le costaba invitar a artistas de otras latitudes del Perú. En ese sentido, la pandemia y la consecuente necesidad de aprovechar la tecnología, le cayeron bien a la democratización de las obras del FAE.

“Febro, el poeta” se montó el año pasado gracias a las gestiones de Ramírez, quien se acercó a Barreda para proponerle montar el texto del artista arequipeño Marcelo Martínez Gómez. Ramírez ha confesado que tenía claro que quería protagonizarlo y su olfato no lo traicionó. Es imposible retroceder al 2017, el año del estreno, para ver al actor Reynaldo Delgado afrontar el reto, pero esta versión conmueve, aterra y deja abiertas muchísimas interrogantes. ¿Estamos frente a un loco que vive en el subsuelo, ante un odiador de las costumbres poco elevadas, o ante un genio que se esfuerza por evitar a una “sociedad de mamíferos de alma invertebrada”?

Febro conversa consigo mismo y con el público, que a veces es interpretado por una cámara que tiembla y viaja de un lado a otro –los baches en los movimientos hacen evidente la necesidad de un ‘dolly’–, a veces muerta de miedo, otras de curiosidad. Febro delira, le duele desde la médula “hasta la suela del zapato”. Febro es un anacoreta cuya fe por la poesía y el mundo de las ideas lo lleva a renegar de los hombres, de las religiones, de la Coca Cola, y a encontrar cobijo en una caverna. Febro no se baña y por eso “huele a santidad”. Ramírez se convierte en ese hombre que come moscas con un texto corporal lleno de acciones pausadas –que a veces atina a romper con acentos violentos–, con la boca arrimada hacia uno de los costados que agrega confusión y vejez a sus palabras, y, cuando camina, lo hace con las rodillas flexionadas y de costado, otras con la espalda encorvada, dando cuenta que el vate está perdiendo su humanidad.

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Son casi 60 minutos en los que este poeta caduco cuenta todas sus penas. No las recuerda con claridad, pero se le vienen a la mente imágenes de un orfanato; de una familia adinerada que cayó en la miseria y, cuando la recobró, tuvo que demostrar que le interesaba la salud del mundo; de un infecundo paso por la universidad; de sus ganas de hacer música hasta comprender que Beethoven se quedó sordo para evitar las estupideces del mundo; y otros maltratos que le hicieron perder la razón y la esperanza.

El aporte de la directora de arte Susana Bouroncle es fundamental para “Febro, el poeta”. En el teatro virtual ya se veían experimentaciones escenográficas que se alejaban del realismo que ofrece las casas –pienso en “Muerde” de Alfonso Dibós–, pero Bouroncle da un paso más. Construido en un cuarto común y corriente, el hogar del harapiento Febro está lleno de recuerdos difusos en forma de cajas, trapos, llantas, papeles, metales, cables, tachos, que se distribuyen a los costados de una de una caverna que, gracias a un punto de fuga, parece interminable. En ese paraje y en plena penumbra es donde se sucede esta sorprendente obra, cuyo único inconveniente –y no se trata un caso único en puestas en escena similares– son los golpes al micrófono que usa Ramírez. Pero ya dependerá del público si es que desea superar esa ruptura de la convención y disfrutar la obra arequipeña.

DATOS

Autor: Marcelo Martínez Gómez

Director: Miguel Barreda

Protagonista: Renato Ramírez

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