Gabriel Chamé, payaso.
Gabriel Chamé, payaso.

El desdén por las comedias, tildadas de producciones menores, es conocida y antigua. Gran problema para los payasos, para los clowns, cuyo trabajo es igual de complicado que las dramaturgias más tradicionales. El drama siempre tendrá mejor reputación y quienes vean en la risa otras formas invitar a la reflexión, tendrán que esforzarse más para ser tomados en cuenta por la parte más seria de la academia.

El payaso Gabriel Chamé era consciente de eso así que se le ocurrió tomar un clásico y llevarlo hacia lo que él manejaba. Así fue como nació “Otelo, termina mal”, puesta en escena que ha tenido cientos de funciones alrededor del mundo –el año pasado se montó en Lima– y que él dirige. La energía, el caos y la historia se convierten en un imperdible de los festivales de artes escénicas más conservadores. La risa siempre encuentra formas de colarse.

Después de algunos meses de esa función de “Otelo”, Chamé regresa a la ciudad. Esta vez no en el papel de director, sino de creador, de conocedor del arte del clown, por lo que este lunes dará un taller intensivo y mañana una charla gratuita junto al colectivo Jarabe de Clown. Aprovechamos su paso por Lima para conversar con él.

El nombre del taller es El placer trágico del clown. ¿A qué te refieres?

Eso tiene que ver con un concepto que es muy útil a la hora de hacer un espectáculo, pero también para que las personas entiendan el trabajo del payaso, del clown, como queramos llamarlo. Está muy relacionado a que la comicidad no es netamente paródica, que no solo es burlarnos, reírnos de una imitación, sino que el personaje de payaso se encuentra en una situación compleja, problemática, trágica, y que es por eso que nos hace reír. Si uno observa a los grandes clásicos del cine mudo, Charles Chaplin o Buster Keaton, son muy cómicos, pero están en problemas muy graves. Ellos no están por encima de los problemas, sino que el problema los influye y humanamente los perturba haciéndolos cometer errores y que sean cómicos. Cuando hablo del placer trágico es una manera de decir que hay que trabajar lo trágico y no la tragedia, que no es lo mismo –lo trágico es lo humano, los problemas de cada día, mientras que la tragedia tiene que ver más con el designio de los dioses, con la desgracia del destino–. Hablo de sentir placer sobre aspectos terribles, de estar puramente en la mierda y que eso sea cómico.

¿Es eso a lo que Jacques Lecoq llama fracaso?

No, el fracaso es cuando algo no funciona. Otra cosa es la problemática trágica de un payaso. Pisar una cáscara de plátano no es un fracaso, es trágico. La gente te mira, es horrible, tienes vergüenza, te diste un golpe. Un fracaso es hacer un chiste y que no funcione. Eso también es otro tema porque uno sabe que el hecho cómico no va a funcionar solo porque uno así lo quiera. El hecho de practicar lo que no funciona, el fracaso cómico, entrena mucho para entender cómo funciona lo cómico.

Como lo has dicho antes, el clown se ha infiltrado en varias partes de nuestras vidas. ¿A qué crees que se deba? ¿Qué características se lo permiten?

Yo viví el cambio. Hace 42 años que me dedico a esta profesión, pero en el 84 descubrí el clown que venía directamente de Francia, de la escuela de Jacques Lecoq. En ese momento éramos pocos los que lo hacíamos. En el 87 empecé a dar clases y una de las cosas que más me sorprendió fue que, además de profesionales, había mucha gente amateur y muchos que estaban interesados en el clown porque les hacía bien. Hay algo que pasó en estos 30 años que hizo que mucha gente con trabajos normales, al terminar sus jornadas, fueran a clases de clown. Y eso empezó a abrirle camino a este arte y que se relacione con los hospitales, con lo terapéutico, con lo político. El clown solía ser un arte de muy pocos, de una élite de payasos que no transmitían el conocimiento porque creían que para serlo había ser una especie de elegido. Se tenía el don o no. Además, no habían mujeres. El caso es que estos cursos generaron que todos puedan sentirse payasos y que tengan las consecuencias de un payaso en el escenario, frente a un público que no son más que los compañeros de escena. A través de los cursos, se empezaron a desarrollar los famosos varietés, esas pequeñas presentaciones de gente que tal vez no era profesional. El clown infectó a la sociedad de una forma sorprendente porque nadie lo esperaba. Por mi parte, nunca me dediqué a la parte social, aunque aporté con clases. Siempre me dediqué a lo artístico.

Entonces, ¿el clown se volvió popular porque nos permite conocernos más, en otras dimensiones?

Hay diferentes factores. Sí, el mundo del payaso permite que disfrutes, algo que a las personas que trabajan ocho horas al día les puede significar una enorme libertad, placer. Eso por un lado. También hay algo especial en encontrar tu clown. A la gente le encanta descubrir algo de sí mismo, un alter ego. Y, finalmente, tiene que ver con que los cursos del clown permitieron que muchos amateurs accedan al arte teatral, para bien o mal. Tengo puntos críticos sobre el tema, pero el caso es que abrió la puerta del mundo artístico a muchos que no necesariamente eran artistas ni estaban comprometidos con una compañía ni se dedicaban a esto.

La crítica va por un tema de calidad…

Sí, básicamente es calidad. De que la gente lo haga superficialmente, que se conforme con muy poco y que se crean payasos haciendo lo que hacen, que a veces es vergonzoso. Pero a mí me parece muy lindo que ellos se sientan mejor, que se sientan bien. Además, creo que es muy auténtico el movimiento social del clown porque nadie lo publicitó, sino que apareció como una plaga. Fue algo natural y no se puede ir en contra de eso. Ahora, si me preguntas si me parece interesante, sí, a nivel social, pero a nivel artístico me parece muy pobre y que a veces va en contra del clown mismo. Mucha gente del teatro critica a este arte porque es muy amateur y porque rebaja un arte tan complejo. Cuando uno ve a un payaso de verdad se da cuenta que es muy difícil hacer lo que él hace. Cuando uno ve a un genio como Chaplin, uno se da cuenta que llegar a ese nivel es muy difícil. Yo apunto a llegarles al talón a esos hombres y trato de seguir en el camino de la belleza artística. Creo que la gente cree más en el placer personal, en sentirme mejor con su vida, y bueno, es respetable.

Por eso es que las propuestas de clown no suelen ser consideradas en los festivales, digamos, más serios.

Claro, es un doble vínculo. Por un lado sucede esto de que la calidad puede ser baja, pero también pasa porque la gente que está metida en la cultural, quizás en su parte más administrativa, odia a los clowns. Los odia y no les permite acceder a ciertos lugares. Al clown, por ejemplo, no se le considera un espectáculo, y muchas veces no se considera nuestro trabajo como una dramaturgia contemporánea y lo que yo hago no es fácil. También hay que tener en cuenta que la cultura siempre tuvo un rechazo por lo cómico, siempre. Lo ves en los Óscar, donde lo premiado es lo dramático.

La risa tiene mala fama…

Porque es popular. Además, es peligrosa porque puede burlarse del sistema social y de aquello de lo que está construido. Pero a mí no me molesta mucho. A medida que pasan los años estoy más contento de estar un poco aislado de todo y poder hacer lo mío.

Aprovechemos para hablar del humor. ¿Por qué se le ponen más reglas a la risa?

Porque cada vez es más peligroso. El sistema en el que vivimos es profundamente moral. Esta es, para bien o para mal, una época muy moral. Hay muchas rupturas, revoluciones sociales que se están desarrollando, así que es complicado si alguien se ríe, se burla o pone en cuestión lo que está pasando. Una revolución hace que su doctrina y su moral sean prioritarias y uno no puede estar en contra de eso. Observa cualquier revolución de la historia y verás cómo eran de estrictas. En Francia, los musulmanes mataron a los de Charlie Hebdo porque se reían de la religión. Aquí en Argentina hay una polémica porque una periodista de radio hizo un chiste sobre la provincia de Jujuy. Ella dijo que era parte de Bolivia y la están queriendo colgar. Y fue un chiste, un chiste que trató de provocar. Hay un problema cultural porque la gente está muy manipulada por los medios y cuando les dicen que algo está mal, creen que está mal. La gente no puede pensar por sí misma.

CHARLA

Espacio Jarabe (calle María Parado de Bellido 118, Miraflores).

Fecha: domingo 23 de febrero

Ingreso libre.

Información: 948 610 381 o a

EL TALLER

Espacio Jarabe (calle María Parado de Bellido 118, Miraflores).

Inicio: 24 de febrero

Precio: 280 dólares

Información: 948 610 381 o a

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