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"Estoy cansada, y creo que cuando uno está cansado no debe dirigir nada"

Desde hoy, Alicia Morales deja la dirección del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Luego de más de dos décadas en la institución, abraza nuevas oportunidades.

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Alicia Morales le deja la posta a Marco Muhletaler, quien asume la dirección del CCPUCP. (Foto: El Comercio)

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Al peluquero le dijo: "Que parezca una decisión y no un descuido". Alicia Morales ha empezado su nueva vida revelando sus canas. Quien durante más de dos décadas fue uno de los pilares del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Perú (CCPUCP), y desde hace dos años y medio su directora, se quitó el tinte para enfrentar una vida más reposada y retomar proyectos postergados. Superado el vía crucis del cáncer, Morales encara a uno de los cucos de la vida adulta: el retiro. Atrás quedan las maratónicas jornadas de trabajo y las veladas compartidas con figuras de la talla de Werner Herzog y Luc Dardenne como organizadora del Festival de Cine de Lima. Ahora, ella le planta cara a la vida calma.

—¿Nuevo peinado, nueva vida?

Todo. Me he hecho un chequeo médico de la cabeza a los pies. He ido a un dentista. Decidí que me dejaba el pelo como era y que asumía todas mis condiciones de edad.

—¿Qué edad tienes?

Ah, eso, esteee…

—¿No se asume tanto?

No, porque escrito me altera un poco. Lo asumo para mí y creo que lo muestro, pero verlo en números… es una edad a la que nunca pensé llegar.

—Pero es una bendición entonces.

Bueno, mientras esté bien. Hace 10 años estuve muy enferma, y hace un par de años decidí retirarme, pero se retiró Edgar [Saba, ex director del CCPUCP] y me pidieron que me quedara un poco más. Ya cumplí.

—Dijiste en su momento que podías ser una directora bisagra.

Exactamente, pero eso no quiere decir que durante los dos años y medio que estuve no le metí alma, corazón y vida, aunque tenía clarísimo que estábamos cerrando una etapa fundacional, y sinceramente creo que debe estar liderado por gente más joven… Yo soy un poco gitana. Cuando una cosa ya está, quiero empezar de cero otra. Tengo una fantasía, y espero que no puede como tal, de hacer algo desde el comienzo nuevamente, más chiquito, fuera de Lima: generar espacios culturales que funcionen con una asociación local y que podamos establecer una sincronía de programación. Hay espacios como Piura, que es un sitio lindo, pero donde no hay mucha actividad cultural, o de repente algún lugar en la selva.

—Uno de tus sueños pendientes es también trabajar con tus hijos.

Sería la única razón por la que me volvería a subir a un escenario. Lo último que hice fue "Cristales rotos", en el 97, una historia de los judíos cuando fueron atacados en lo que se llamó "la noche de los cristales rotos", sobre esta familia judía en la que esta mujer está tan impactada por eso que tiene una parálisis histérica. Y ahí el tema del perdón existe como una manera de rehabilitarse y de recuperar la capacidad de caminar.

—Pareciera una metáfora de lo que también necesitamos como sociedad.

Me agarras en el espíritu más negativo. En este momento que ha vivido nuestro país, es muy difícil creer en algo. Cuando todo el mundo dice que hay esperanza, yo pago por ver.

—Y sin embargo, tienes esperanza en lo cultural. ¿O de lo cultural parte tu esperanza?

Yo creo que la cultura no es una cosa abstracta, sino algo íntimamente vinculado a las personas, y ese vínculo las lleva a tener un sentido de valía personal, de posición frente a lo que pasa a su alrededor, un sentido de ciudadanía, y una capacidad de discernimiento y libertad de decisión que es fundamental. Pero para esto la cultura tiene que ser parte de la cotidianidad. Si la cultura no te enriquece personalmente, pues no sirve para nada.

—¿Cómo sientes que te ha transformado?

La cultura para mí es parte de mi quehacer cotidiano, no lo deslindo, no es mi trabajo y mi vida, está absolutamente imbricada, y yo me he ido reinventando. Empecé como actriz, lo hice durante muchísimos años, y durante ese período también fui productora, y me di cuenta de mis capacidades de gestión, que son mi fuerte. Primero estuve absolutamente dedicada al teatro, pero de ahí me he ido abriendo y está el cine, y están la plástica y la música, y todas las otras cosas sin las cuales yo no podría vivir... Cuando yo dije que iba a ser actriz, en mi familia ardió Troya. Obviamente, te puedes imaginar hace 45 años lo que eso podía significar en una familia tradicional, clase media, de abogados.
—¿Cómo fue ese anuncio tuyo? ¿O fue una herida lenta?
Fue algo que hice y después lo comuniqué: "Voy a hacer dos años de Letras", "estoy en el TUC [Teatro de la Universidad Católica]", "debuto tal día con ‘Los cachorros’" de Vargas Llosa. Magínate tú, 'Pichulita' Cuéllar y toda esa historia. Había distemper en la familia. Pero al final mi mamá recortaba las cosas que salían en el periódico de mi trabajo y, bueno, mis hijos la tuvieron fácil.
—¿Se sintió orgullosa tu mamá de ti?
Creo que sí. Ella era una persona muy estricta, nunca decía nada, pero el hecho de que recortara el periódico era ya un síntoma de que le parecía que lo que yo hacía valía la pena. Los estudios de Letras me los pagaron, pero después yo trabajé desde los 19 años. Fui profesora de inglés en secundaria. Yo tenía 19 años y los alumnos 16, en el colegio Holy Trinity, que era mixto, pero después hice mi práctica docente en la nocturna del José Sabogal, del Rímac. Ahí dije: "Esto no me gusta, no voy a tener paciencia nunca".
—¿Te silbaban en clase?
Mil veces. Y me invitaron a la discoteca y todas esas cosas, ¡por supuesto! Les decía: "Ya pues, no te pases". Siempre he sido respondona.
—Frente a tiempos de Me Too, ¿qué grado de fortaleza crees que necesitaste para imponerte en un mundo masculino?
Bastante. Incluso en espacios donde racionalmente abrazan el hecho de la igualdad.
—Como el campo cultural. Exactamente. Porque yo siempre he sido Alicia sin apellido. Acá en el centro, por ejemplo, cuando agradecían era "a Edgar Saba y a Alicia", pero Alicia no tenía apellido, Alicia era una suerte de apéndice, la directora adjunta, ¿te das cuenta?
—¿Un menosprecio, digamos?
No deseado, pero es una manera de ser. No es que este y esta son iguales.
—Él tiene apellido y ella no.
Quizá porque mi manera de relacionarme con los demás implica una cercanía, pero siempre me llamó la atención eso, incluso cuando me nombraban en espacios públicos, yo nunca tenía apellido, hasta que fui solo directora y entonces, claro, ahí tenía que tener apellido. Es la estructura paternal. Y hace unos años, si decías que tu trabajo era el de actriz, te preguntaban: "¿Eso es un trabajo?".
—¿Es este un momento liberador?
Veo la recatafila de libros que tengo y que no he leído, y en las dos semanas que acabo de tener de vacaciones ya leí no sé cuántos, y digo: "Dios mío, qué maravilla poder sentarme y hacer esto". Es un placer insólito sentarme en la terraza de mi casa mirando el mar de Barranco con un café y leer y oír música. Me parece maravilloso.
—Te has referido antes, hablando de teatro, a lo fundamental versus los "caramelitos de consumo". ¿Qué hace a una obra de teatro fundamental?
Cuando sales de esa obra y, de repente, a los dos días, comienzas a pensar: "¿Y esto qué cosa era?". O cuando la ves y te quedas sin palabras, no sabes lo que te pasó, te cayó un mazazo. Ese es el teatro fundamental, el teatro que sientes que te cambia, y no para que salgas a cambiar el mundo, sino que te cambia personal e interiormente, de una manera privada.
—¿Dirías que tu mayor miedo fue cuando te dieron el diagnóstico de cáncer?
Curiosamente, no. Yo tuve un problema anterior que fue peor, tuve un tumor benigno en un sitio que no lo encontraban, perdí la capacidad de caminar, perdí el pelo, todos los nutrientes de mi cuerpo, y me tuvieron que operar y sacarlo. Eso fue peor que el cáncer. Cuando el médico te llama a tu casa todos los días, dices: "Acá hay algo serio". Finalmente se resolvió el problema, pero eso fue muy, muy aterrador. Ahora estoy muy bien.
—¿Y cuál es tu más grande añoranza para la vida calma que se viene?
Creo que, en este momento, abrazo con alegría la vida calma, porque siento que ya cumplí una etapa. Estoy cansada. Y creo que cuando uno está cansado no debe dirigir nada. Cuando uno está cansado puede asesorar, opinar, colaborar, pero este trabajo demanda una energía muy grande, y yo ya cumplí, eso ya lo hice. Ahora quiero la vida serena, hacer otras cosas, a otro ritmo. Quiero tener la posibilidad de tomarme el tiempo y ver el mar, y salir y ver que hay luz en la calle, porque cuando yo salía de aquí siempre era de noche. Quiero poder sentarme en mi terraza y mirar ese mar con calma. Quiero poder bajar a la playa y caminar por ahí todos los días, y leer. Mucha gente tiene miedo a retirarse, y yo curiosamente no tengo ese miedo. Siento que estoy en una siguiente etapa y la miro con ganas.
—¿Es irse de la fiesta cuando está en su mejor momento?
Es irse de la fiesta con el mejor sabor. Y no cuando todo se comenzó a caer y tú ya estás con la resaca.

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