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"Fránquenstein: jugando con fuego": nuestra crítica de la obra teatral

Esta semana reseñamos la obra dirigida por Fernando Luque y que se presenta en el Icpna de Miraflores

Sobre el sustrato romántico de la novela "Frankenstein o el moderno Prometeo" de Mary Shelley, escrita en 1818, Barbara Field publicó en 1989 el drama posmoderno "Playing with fire (after Frankenstein)", que Fernando Luque dirige ahora en el teatro del Icpna de Miraflores.

Lo primero que llama la atención de la puesta es la escenografía: un enorme castillo de practicables que encorseta el escenario, por lo que toda la acción se deberá dar dentro de ese contexto volumétrico. Se supone que son ruinas, tiene escaleras y arcos románicos con bajorrelieves que parecen íconos mochicas, lo que disuena con las primeras escenas que debieran suceder sobre la nieve del Polo Norte.

El Dr. Fránquenstein (Óscar Yépez), extenuado, al borde de la muerte pero con un arma en la mano, logra encontrar a la Criatura (Alaín Salinas), a la que ha perseguido hasta el fin del mundo para eliminarla. Con un vestuario estrambótico y oscuro, le habla al monstruo que se encuentra agazapado en las sombras, hasta que –entre atrabiliario y sumiso– sale a la luz vociferando cubierto con un atuendo colorido y deforme de tejidos hirsutos, entre los que se detecta una lliclla. Creador y criatura dialogan con predeterminada sobreactuación, filosofan sobre temas humanos y divinos, se hacen chistes, ironizan, se echan en cara sus mutuas miserias y culpas. El científico dilata la ejecución para tomar notas postreras sobre el funcionamiento del mecanismo que él mismo ensambló con partes dispersas de cadáveres profanados; le admira su evolución, ha aprendido a leer con el libro "El paraíso perdido" de John Milton que sustrajo de la casa de un ciego. La Criatura se identifica con Adán por ser el primero en su género, pero concluyen que más bien es Lucifer quien mejor lo define por los crímenes cometidos, entre los que se cuentan el asesinato del hermanito y de la novia de su creador. Solitario, desolado y culposo, achaca su maldad a la ausencia de amor. Le enrostra a su creador su frialdad científica, su incapacidad de mostrarle el afecto de padre, que le debe. A manera de flashbacks interactúan el joven Víctor Fránquenstein (Santiago Suárez); su profesor, el Dr. Kempe (Alonzo Aguilar), representado con características de guiñol, con quien tendrá agudas discusiones sobre la responsabilidad del científico con relación a las consecuencias de sus investigaciones; y su novia, Isabel (Quini Gómez), con quien danza al son del vals criollo "Regresa", que suena en una cajita de música.

No se entiende bien el sentido de los datos de cultura peruana insertados en la decoración, el vestuario y la música; tampoco el maquillaje forzado de los personajes ni sus sobreactuaciones para la interpretación de una obra de humor británico, algo sarcástica.

La distancia de casi dos siglos del original de Mary Shelley le permite a esta especie de secuela de Frankenstein jugar con el ícono del monstruoso zombi popularizado por incontables versiones cinematográficas, para sobreentender los aspectos visuales macabros y centrarse en la riqueza del diálogo.

AL DETALLE:
Puntuación: 3/5 estrellas
Dramaturgia: Bárbara Field.
Dirección: Fernando Luque.
Actúan: Alaín Salinas, Óscar Yépez, Santiago Suárez, Quini Gómez y Alonzo Aguilar.
Auditorio Icpna de Miraflores (Av. Angamos Oeste 120 ).
Hasta el 7 de octubre.

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Eduardo Lores

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