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"Tebas Land": nuestra crítica a la obra de teatro dirigida por Gisela Cárdenas

Esta semana reseñamos la puesta en escena del Centro Cultural de la Universidad del Pacífico

"Del dicho al hecho hay muy trecho", dice el refrán. Pero del hecho al dicho no tanto, cuando bien dicho. El hecho es que la puesta en escena de "Tebas Land", por Gisela Cárdenas en el teatro de la Universidad del Pacífico, proviene de lo dicho (escrito) por el dramaturgo franco-uruguayo Sergio Blanco, autor de la obra. El mucho trecho que hay entre ambos se debe a licencias libremente otorgadas por el dramaturgo a sus intérpretes, como lo deja entender el mismo Blanco en una entrevista.

Lo bien dicho en esa entrevista acorta el trecho con el hecho de la puesta, no por las buenas intenciones que allí manifiesta el autor, que ya se sabe dónde conducen, sino porque expone su postura ante lo que, bajo el escurridizo –aunque referencial– concepto de "teatro posmoderno", autores como Mariana de Althaus cuestionan con todo derecho en esta era del arte después de la muerte del arte, caracterizada por la abolición de los manifiestos y por ende de las exclusiones, como postula Arthur C. Danto, donde hay espacio para lo moderno, lo posmoderno, lo clásico y todo lo que venga, en feliz convivencia.

Poder acotar la obra con su propia entrevista en Internet pareciera algo que hubiese premeditado Blanco, por la importancia que le otorga a las nuevas tecnologías en sus propuestas escénicas. Al entrar a la sala, imperceptibles cámaras transmiten a sendas pantallas en la parte superior del escenario los movimientos del público para que sea mirado, mientras mira.

Una gran jaula es la pieza central de la escenografía, "cárcel interna que muchos llevamos dentro", dice el autor. Dentro de ella, Martín (Emanuel Soriano), el asesino, el parricida, se ejercita, juega al básquet. S (José Manuel Lázaro) –el hombre de teatro admirador de Mozart que representa a Blanco, ya que se trata de una explícita autoficción– explica que necesita un parricida convicto y confeso sobre el escenario para que su proyecto teatral (con referencia a la tierra de Edipo) se dé a cabalidad, se lamenta de las dificultades legales que lo obligan a contratar a Federico (Emanuel Soriano), un actor, para que represente al asesino, aunque logra que le concedan largas entrevistas con el criminal dentro de las rejas.

No basta la extraordinaria performance de Soriano en sus dos versiones: la auténtica, Martín, marginal, fan de Roberto Carlos que usa prendas con marcas pirateadas, y la copia, Federico, candoroso actor al que le gusta Bono y usa marcas auténticas.

Tampoco bastan las cataratas de citas y referencias intertextuales de obras que de alguna manera tratan el parricidio, buscando alcanzar su verdad poética. La participación del espectador como intérprete de lo interpretado, como ensamblador de la información dramática atomizada en un todo digerible, tampoco es suficiente. La verosimilitud de la puesta penderá de la credibilidad que logre S como autor y director de la obra que, mientras se narra, está pasando, lo que no siempre sucede.

AL DETALLE
​Puntuación: 3/5 estrellas
Dirección: Gisela Cárdenas.
Dramaturgia: Sergio Blanco.
Elenco: Emanuel Soriano, José Manuel Lázaro.
Lugar: Centro Cultural de la Universidad del Pacífico (Jr. Sánchez Cerro 2121, Jesús María).
Hasta el 22 de octubre.

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