"La vida color de rosa", nuestra crítica de la obra de Cattone
"La vida color de rosa", nuestra crítica de la obra de Cattone

Son muchas las maneras en que un problema cotidiano puede ser enfocado por el teatro. Pero es la comedia un camino muy directo y efectivo no solo de llegar al corazón sino también al cerebro. ¿Qué hacer con la gente mayor? ¿Confinarlas a una casa de reposo esperando el desenlace fatal? ¿Convertirlos en invitados de piedra de nuestras vidas? Muchas veces el hombre olvida que algún día será mayor y que se verá obligado a dejar su propia identidad para convertirse en un vegetal en la casa de algún pariente. Y ese es el tema que enfoca Andrew Bergman en la comedia “Social Security” (1986), una mordaz sátira sobre el egoísmo y el reencuentro del ser humano con la vida misma.

Es la obra que actualmente podemos ver en el teatro Marsano bajo el título de “La vida color de rosa”, dirigida por . Es una historia aparentemente simple en el que dos hermanas, Bárbara y Trudy, no saben qué hacer con su madre, Sophie. Se trata de un personaje incómodo e incapaz de ceder frente a las exigencias de sus hijas y yernos. Hasta que un día, de una manera inesperada, esta mujer reencuentra una razón para vivir. Y en sentido contrario a los cuentos de hadas, la anciana se transforma en una mujer de grandes atractivos y con un enorme poder de seducción.

Osvaldo Cattone adapta la obra con su propio estilo pero en ningún momento la traiciona. Ahí está la pieza de Bergman con todas sus aristas, enfocadas en esa reflexión que todos tenemos que hacernos en algún momento. Hay un despliegue material bien cuidado sobre el escenario, aunque me gustaría un trabajo más elaborado con las luces para evitar que todas las escenas tengan la misma atmósfera. Por supuesto, el ritmo de la acción queda a merced de un reparto que funciona coralmente en beneficio de la trama.

En los viejos tiempos, los grandes estudios de cine y las compañías de teatro llegaron a un nivel de producción cuidadosamente orquestado. Esto se debía a que contaban con equipos técnicos bien ensamblados y una planilla de actores de primer nivel. No estoy hablando de las grandes películas ni de los proyectos personales de los productores o directores, sino de aquellas cintas que nutrían las pantallas del mundo entero con comedias y dramas sencillos pero muy efectivos a la hora de arrancar risas y lágrimas. Una de las fortalezas de aquellas producciones se encontraba en el reparto de actores característicos. Eran intérpretes de muy diversos tipos humanos que conocían bien el papel que tenían que representar. No es que hicieran el mismo rol siempre, cada cual imponía sus matices. Pero lo cierto es que eran actores formados para ser la madre, el abuelo, la solterona cínica o el chofer campechano. Eso tiene el teatro de Osvaldo Cattone a la hora de elegir a sus intérpretes. Ellos aparecen en escena y saben lo que tienen que hacer. Se comportan como deben hacerlo y se pasean por el escenario con absoluta confianza. Y es lo que podemos ver en “La vida color de rosa” cuando aparecen en escena Ricardo Combi, Cecilia Tosso o Paco Varela, por ejemplo. 

Cecilia Tosso no solo lleva consigo el aplomo suficiente para hacer creíble a la insoportable Trudy, Es irónica, mordaz, dura, como lo exige el libreto, pero hay más. Ella lleva consigo un pasado, hay un personaje interno que el espectador no ve pero que sabe que está ahí presente, siempre, durante toda la obra. El mismo Osvaldo Cattone ha decidido interpretar un personaje secundario, al maestro Koening, y lo desarrolla haciendo uso de sus conocimientos de lo que debe hacer un actor de reparto. Por supuesto, se las arregla para ser el centro de atención en la escena en la que aparece. En cambio, Sandra Bernasconi está al límite. Porque aunque su personaje está concebido también dentro de un conjunto de estereotipos, tiene la mayor parte de los parlamentos y es el personaje catalizador. Sin embargo, ya sea por el entusiasmo que le producen las tablas o por los nervios del estreno, resulta muy excedida y esto se manifiesta en una pronunciación forzada, en la que alarga las palabras de tal manera que casi no deja de emitir sonido mientras tiene a su cargo los parlamentos. No hay pausas, no hay silencios, y eso afecta la respiración. Lo que impide el mejor desenvolvimiento de Bárbara, su personaje.

Por supuesto, toda la obra se concentra en la que finalmente es la estrella del show, Sophie, la matriarca convertida en un estorbo y que se transforma tras reencontrarse con la emoción de vivir. La actriz elegida para este papel es Grapa Paola que no nos decepciona en ningún momento. Con una caracterización que nos recuerda a una Beulah Bondi, Grapa se apodera de la obra y va ganando confianza hasta que le toca interpretar el monólogo final. Lo hace con convicción y el discurso llega completo a la audiencia. Es curioso, pero el jueves pasado, en la platea se encontraban muchas de las actrices y amigas que han acompañado a Cattone durante años. Al verlas, uno no podía dejar de sentir curiosidad por lo que cada una de ellas podrían haber hecho con el personaje. Ofelia Lazo, Regina Alcóver, Meche Solaeche, Lucía Irurita… Cada una podría haber tocado una nota diferente del personaje de acuerdo con el carácter y la sensibilidad.