Las primeras excavaciones en Cahuachi datan de 1926. Antiguo centro de peregrinaje, hoy busca serlo también para turistas de todo el mundo. (Foto: Juan Ponce / El Comercio)
Las primeras excavaciones en Cahuachi datan de 1926. Antiguo centro de peregrinaje, hoy busca serlo también para turistas de todo el mundo. (Foto: Juan Ponce / El Comercio)
Czar Gutiérrez

El dron vuela a 18 kilómetros al oeste de la y a 40 del mar de Grau. A 360 m.s.n.m., sobre la desértica rugosidad de la costa ‘chala’, se dibuja una nítida sucesión de terrazas, habitaciones, corredores y canaletas que conectan con otra red de paredes y construcciones algo más complejas. Todas dedicadas al culto al agua y a la fertilidad. “Recuerdo la primera tarde que caminé hasta la cumbre de la Gran Pirámide y lo que sentí fue algo que difícilmente se repetirá en mi existencia. Una emoción muy grande y violenta, una atracción completa hacia la cultura Nasca y a este lugar pulsante de vida asentado bajo metros de arena aluvial. Inmediatamente establecí una relación de amor profundo por este lugar”, dice el italiano Giuseppe Orefici.

Arqueólogo, arquitecto, barba blanca y 72 años edad, la mitad de ellos exclusivamente dedicados a contemplar amaneceres y atardeceres desde estas ruinas edificadas hace 2.368 años. En realidad, había llegado al Perú en 1977 atraído por las excavaciones de Julio C. Tello en las necrópolis de la zona: los restos materiales de las tumbas y sus primorosos ajuares funerarios. Fue luego de conocer a María Reiche, guardiana de las pampas, cuando decidió estudiar ‘in situ’ los petroglifos de Nasca y Palpa.

Acicateado por los informes de William Duncan Strong sobre un gran centro de peregrinación en la zona, en 1982 empezó a excavar el valle del río Ingenio, de cara a un proyecto mucho más complejo que apuntaba directamente al corazón místico de los nascas: Cahuachi.

–Zona sagrada–
En efecto, este fue durante casi un milenio el lugar hasta donde llegaban peregrinos de diferentes culturas con sus ofrendas y sacrificios. Floreciendo entre el 350 a.C. y el 450 d.C., la influencia religiosa de Cahuachi gravitó durante 800 años desde Cañete hasta Acarí, Ayacucho y Huánuco. Por su manejo arquitectónico planificado, tratamiento funerario socialmente diferenciado, circulación de bienes suntuosos y comunicación simbólica institucionalizada mediante códigos icónicos, ¿podemos hablar de una gran civilización? “A diferencia de otras culturas del período Intermedio Temprano, los nascas entendieron las características cosmocéntricas de la existencia humana. No desarrollaron un sistema antropocéntrico de supremacía celestial, pero sus divinidades provenían de la madre tierra. El concepto cosmocéntrico acompañó el desarrollo del pensamiento nasca durante toda su evolución cultural. Por eso diferenciaban socialmente sus tumbas: sacerdotes, artesanos y especialistas culturales recibían el mayor aprecio”, dice Orefici.

Los destaca también arquitectónicamente: pasaron de una primera fase de quincha monumental al adobe cónico en la segunda y al paniforme en la tercera. Los bienes suntuosos eran necesarios tanto para vivir como para morir. “Los rituales más frecuentes eran los sacrificios de ceramios, textiles, animales y humanos. Se ofrecían a las divinidades por sus valores intrínsecos. La cerámica y los textiles fueron los medios más importantes para la difusión de valores estéticos y religiosos. Los códigos icónicos representaron el elemento característico de la simbología religiosa y el factor de transmisión de los valores míticos, que eran parte de la historia ancestral”, agrega.

Y mirando desde el punto más alto del monumento su compleja trama de cimientos, explica el diseño que tenía la ciudadela antes de caer: paredes de 12 metros de altura, patios techados con hileras de columnas, enlucidos polícromos recubriendo templos, pirámides y decoraciones en bulto. Terrazas, habitaciones y corredores. Conjuntos escalonados, grandes muros de quincha levantados directamente sobre capas de arcilla natural. Construcciones verticales de caña amarradas con cuerdas vegetales y consolidadas con mantos de barro. “Yo tenía 35 años y venía de hacer excavaciones en África y Europa, pero viví una emoción tan profunda al llegar aquí. Entonces pensé que para conocer Cahuachi no bastaba una temporada, que este era el lugar al que un arqueólogo tenía que dedicarle su propia vida. Solo así pude entrar en contacto con el pensamiento de los nascas, con su filosofía de vida y su mundo espiritual”.

–Polvo ancestral–
Comandando un ejército de 26 arqueólogos profesionales, especialistas multidisciplinarios, estudiantes de Arqueología, obreros y operarios, Orefici ha puesto en movimiento a un centenar de personas para revalorizar Cahuachi y convertirlo en uno de los más importantes atractivos turísticos de la costa sur. “Si pensamos que la consolidación de un solo muro puede costar miles de soles, los gastos se multiplican enormemente por la cantidad de material necesario, la tipología de intervención y el aporte de los especialistas. Pero pese a la ausencia estatal en la cofinanciación, estamos bastante satisfechos por la puesta en valor durante los últimos 16 años”.

Revalorización que comprende la formación de nuevos especialistas provenientes de Puquio, Ayacucho, y del valle local dedicados a las pesquisas arqueológicas en una zona sembrada de geoglifos y petroglifos, cuya tipología está en evaluación antes de exponerla al mundo. Mientras, otro equipo se concentra en el análisis geofísico, geomagnético, geoeléctrico y en el levantamiento geodésico del monumento. Con un promedio de 80 visitantes diarios –que llegan desde Nasca después de un polvoriento rodaje de 35 minutos en buses, taxis y vehículos tubulares–, esta nueva peregrinación se extiende hasta el Museo Didáctico Antonini, cuyas siete salas concentran los mejores 700 objetos excavados desde 1982: restos óseos humanos, animales, vegetales, textiles y ceramios primorosamente decorados por exquisitos alarifes nacidos 400 años antes de Cristo, nada menos.

DATO:
Ubicado a 500 km al sur de Lima y 18 km al oeste de la ciudad de Nasca, las primeras excavaciones en el sitio fueron efectuadas por Alfred Louis Kroeber en 1926 y William Duncan Strong entre 1952 y 1953. Posteriormente, Helaine Silverman excavó entre 1984 y 1985. 

Actualmente, el monumento está a cargo del equipo pluridisciplinario del Centro Italiano Studi e Ricerche Archeologiche Precolombiane (Cisrap), cuyo director es el arqueólogo Giuseppe Orefici.