
Después de años de trabajar con niños de segundo grado, una maestra de Washington D. C., Estados Unidos, decidió establecer algunas reglas poco habituales para su salón de clases. Una de ellas surgió después de pasar incontables veces agachada atando los zapatos de sus alumnos y descubrir que los cordones estaban inexplicablemente mojados, incluso en días en los que no había llovido.
La docente, que en redes sociales utiliza el nombre Ms. Bunny Teacher para proteger su privacidad, decidió entonces poner un límite: ya no ata zapatos. Según explica, si un niño todavía no sabe hacerlo, sus padres pueden enviarlo a la escuela con calzado sin cordones para que practique esta habilidad en casa.
Una regla que otros maestros también entienden
La norma tiene algunas excepciones. Bunny asegura que está dispuesta a ayudar cuando un estudiante realmente lo necesita, por ejemplo, debido a una discapacidad, una dificultad sensorial o necesidades relacionadas con terapia ocupacional.
Su experiencia, compartida en TikTok, no es aislada: otra maestra contó que estaba tan cansada de atar zapatos que creó un “club de atado de zapatos”, al que podían unirse los alumnos que ya dominaban la habilidad.
Bunny también tiene una opinión clara sobre otro objeto que se ha vuelto habitual en las escuelas: las enormes botellas de agua de 32 onzas. La profesora considera que estos recipientes hacen demasiado ruido cuando se caen de los escritorios y que una tapa mal cerrada puede provocar “inundaciones” en el aula.
Por eso, prefiere que sus estudiantes utilicen una botella de plástico pequeña o las fuentes de agua disponibles en el salón.
También hay reglas para los cumpleaños
Los festejos de cumpleaños son otro asunto en el que la maestra tiene sus propias normas. Si una familia lleva cupcakes con diferentes sabores, considera que debe haber suficientes de cada variedad para que todos los niños puedan elegir. Para una clase de 20 alumnos, por ejemplo, no le parece suficiente enviar 10 de chocolate y 10 de vainilla.
Su opción preferida es llevar 15 de cada sabor o, más sencillo todavía, ofrecer un único sabor para todos. La regla nació después de una experiencia caótica, cuando una familia envió cupcakes de varios tipos, incluidos algunos especiales. “Todos lloraron ese día, incluida yo”, recuerda Bunny.

La lista continúa con otra tarea que la docente decidió dejar de hacer: cortar pasteles. En una ocasión, un padre llevó un pastel completo de Cookie Monster y ella tuvo que intentar dividir una pequeña torta redonda en 24 porciones iguales.
Tampoco abre envoltorios o recipientes que ya hayan sido mordidos: si un estudiante le entrega un snack a medio comer, tendrá que encargarse de él por su cuenta.
El motivo detrás de sus límites
Más allá de evitar derrames, zapatos mojados o problemas con los cumpleaños, Bunny explica que muchas de sus reglas tienen que ver con la justicia. Por ejemplo, procura que ningún niño quede en una situación incómoda cuando se reparten alimentos, porque los profesores no siempre saben si alguna familia está atravesando dificultades económicas.
“Creo en eso cuando se trata, por ejemplo, de preferencias de juguetes. Como si fuera a repartir bolígrafos, sí. Pero con la comida, realmente intento evitarlo porque sabemos que hay demasiados niños con hambre”, explicó a TODAY.
La maestra también afirma que su objetivo es ayudar a los estudiantes a desarrollar habilidades de independencia. Después de la pandemia, comenzó a notar que algunos niños tenían dificultades con tareas cotidianas muy básicas. Recuerda, por ejemplo, que algunos llegaban a entregarle su basura y le preguntaban qué debían hacer con ella.
En lugar de resolverles el problema, Bunny les respondía con otra pregunta: “¿Qué crees?”. La mayoría terminaba encontrando por sí misma la respuesta.
“Estoy enseñando lectura. Estoy enseñando matemáticas”, afirma la maestra. “Pero creo que la independencia es una habilidad muy importante”.











