Un premio noble para nuestra paz

En los días más grises del plantel, cuando Paolo Guerrero recibía un castigo de 14 meses, era fácil ver que Gareca pasaba muchos minutos conversando en el campo con Marcelo Márquez, el psicólogo de la Blanquirroja

"Un premio noble para nuestra paz", por Pedro Canelo. (Foto: AFP)

"Un premio noble para nuestra paz", por Pedro Canelo. (Foto: AFP)

Ricardo Gareca bajó las escaleras del avión en el aeropuerto de Moscú con la templanza de un premio Nobel de la Paz. Sonriendo, pero sin desbordarse. Con el sano entusiasmo de haber llegado a la tierra prometida, aunque sin mostrar cualquier exceso de emotividad. Al técnico de la selección peruana le toca ser el emisario internacional de nuestra calma, en días en los que permanecer sosegado suena imposible.

Nos hace bien tener a Gareca en estos días en los que hemos perdido el control de la euforia y la ansiedad. Pocos técnicos como el argentino han entendido lo importante de la buena cabeza para crecer en el fútbol. El ‘Tigre’ dice que aprendió en sus primeros meses como técnico en América de Cali, cuando reclutó al ‘Bocha’ Santín como asistente –el ex jugador uruguayo vivía retirado administrando un restaurante– y pidió una asesoría especial a un psicólogo deportivo. Pensar para ganar. No es un afiche de publicidad, es la sabiduría Gareca.

Para describir todos esos avances en este proceso con la selección, nos faltarían páginas. Recuperó a jugadores como Cueva, confió en Flores y Trauco, fue paciente con Carrillo y nos devolvió a Farfán. Pero Gareca, y es el primero en querer que lo escribamos así, no ha podido hacer solo este entrenamiento invisible. En los días más grises del plantel, cuando Paolo Guerrero recibía un castigo de 14 meses, era fácil ver que Gareca pasaba muchos minutos conversando en el campo con Marcelo Márquez, el psicólogo de la Blanquirroja. El estratega silencioso que le ganó la batalla a nuestra insistente tentación al fracaso.


Perfil de equipo, Perú


Somos millones de peruanos que vamos a vivir con insomnio estos días. Reviviendo videos, recordando con nostalgia nuestros mundiales ausentes, haciendo el recuento a la distancia de todo lo que ha costado llegar a Rusia. Y no podremos más con la impaciente alegría y con el natural miedo a lo desconocido. Mientras muchos nos iremos derrumbando en la espera, en una alejada cancha de una localidad moscovita –el moderno Arena Khimki–, Gareca tendrá dos últimas misiones: definir su cuarteto de ataque y llenar de tranquilidad a sus 23 jugadores. Ya lo hizo antes, sabe cómo.

El ‘Tigre’ conoce la importancia de su convincente discurso dentro del plantel. Como jugador, Gareca perdió tres finales con América de Cali –una de manera increíble con gol de Peñarol al cierre del encuentro–, fue suspendido por ocho fechas por reclamos a un árbitro y sufrió no ser considerado para un Mundial. Aprendió que ser reflexivo y prudente hasta puede ser un impulso para la redención deportiva. Aquí, a sus 60 años, lo ha logrado.

Alegrémonos, unámonos, disfrutemos al máximo todo esto. Vivamos en el paraíso del fútbol al menos por estos 30 días. Agradezcamos a estos jugadores, al comando técnico y a los dirigentes. Y si el corazón quiere explotar, si los decibeles de la felicidad nos sobrepasan, recordemos que tenemos como técnico al siempre sereno Gareca. Confiemos en él en esta cuenta regresiva. Verlo en el banco con su buzo blanquirrojo será nuestra mejor pastilla para los nervios. 
Un premio noble para nuestra paz

“Al técnico de la selección le toca ser el emisario de nuestra calma, en días en los que permanecer sosegado suena imposible”.

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