Más de 10.000 migrantes han intentado cruzar la frontera desde que Turquía dijera el jueves pasado que ya no cumpliría el acuerdo del 2016 con la Unión Europea para detener los flujos de migración ilegal hacia Europa a cambio de miles de millones de euros en ayuda. (Foto: Getty Images)
Más de 10.000 migrantes han intentado cruzar la frontera desde que Turquía dijera el jueves pasado que ya no cumpliría el acuerdo del 2016 con la Unión Europea para detener los flujos de migración ilegal hacia Europa a cambio de miles de millones de euros en ayuda. (Foto: Getty Images)

Cuando hace apenas unas semanas Abdullah Muhammad difundía un video en el que jugaba con su hija Salwa, de tres años, para que en vez de tener miedo de las bombas la niña riera adivinando si se trataba de ‘avión o bomba’, millones de internautas se conmovieron y compararon la escena con las de la película “La vida es bella”. El régimen de Bashar al Asad bombardeó Idlib –el último bastión de los yihadistas– con la anuencia de Rusia, que controla el espacio aéreo en esa ciudad vecina a , donde se hacinan 900 mil refugiados.

Parece que siempre es mejor la ficción que la realidad, pues la desesperación real de los habitantes de Idlib no despierta mayor solidaridad. Si bien Abdullah y Salwa están a salvo en Turquía, porque su caso fue mediatizado y hubo gente que se apiadó de ellos, nadie se apiada de los millones de infelices que Ankara quiere usar como medio de presión y Bruselas prefiere ignorar, aunque languidezcan de hambre y frío en sus fronteras.

La historia tiene varios capítulos, pero el último de ellos comenzó el 28 de febrero, cuando 33 soldados turcos murieron a causa de los bombardeos sirios, sin que a la Unión Europea se le moviera un pelo. Exasperado, el autoritario presidente Erdogan amenazó con poner fin al acurdo firmado con Bruselas, en el 2016, en el que se comprometía a acoger en su país a los refugiados de la guerra en Siria impidiendo que circulen hacia territorio de la UE, a cambio de una ayuda financiera de 6 mil millones de euros. Con ese acuerdo, la UE se lavaba las manos del problema sirio y podía continuar libremente en la inacción que la caracteriza, mientras Ankara se hacía cargo de 4 millones de refugiados.

Turquía está cada vez más aislada. A los occidentales les cayó muy mal que en el 2017 firmara, junto con Rusia e Irán, el acuerdo de Astana en el que se preveía instalar áreas de desescalada en Idlib. Pero Ankara es un miembro poderoso de la OTAN, aunque esta –como dijo el presidente Macron– se encuentre en estado de muerte cerebral. Ante tanto vacío Putin toma cada vez más relevancia y va asentando su hegemonía internacional.

Un migrante observa mientras se reúnen en el cruce fronterizo Pazarkule con los Kastanies de Grecia, en Edirne, Turquía. (Foto: Reuters)
Un migrante observa mientras se reúnen en el cruce fronterizo Pazarkule con los Kastanies de Grecia, en Edirne, Turquía. (Foto: Reuters)

Lo cierto es que la UE, desprovista de la ayuda de Washington, no parece tener capacidad de reacción, ni siquiera a nivel diplomático. Da la impresión de que el único tema en el que pudieron ponerse de acuerdo por unanimidad, en los últimos tiempos, fue en el acuerdo para la salida de Gran Bretaña.

Erdogan, en un esfuerzo por no perder la cara ante sus propios ciudadanos –a quienes no se les otorgó, como estaba prometido, la eliminación de la visa Schengen y menos aún el ingreso como miembros de la UE– se venga utilizando a los más débiles, los refugiados, como peones a sacrificar en un tablero de ajedrez.

Ankara les anunció que las fronteras con Grecia estaban abiertas y hasta los trasladó a los puestos fronterizos, donde han sido repelidos con gases por policías griegos encapuchados que los han dejado en el No man’s land entre ambas fronteras despojándolos de todo. “Van a ser millones” amenazó Erdogan rabioso.

Los europeos han ofrecido solidaridad. ¿Con los pobres infelices que huyen de los bombardeos? No, a Grecia, con 100 guardas fronterizos, 7 barcos, un helicóptero, un avión, autos patrulleros y 700 euros adicionales para impedir que ingresen y les ensucien el patio trasero.