Hay 17 tierras raras diferentes y son fundamentales en la manufactura de tecnologías modernas.
Hay 17 tierras raras diferentes y son fundamentales en la manufactura de tecnologías modernas.

En el siglo XXI, el poder geopolítico ya no se mide únicamente por el control de rutas comerciales o reservas petroleras. Los minerales críticos y los minerales llamados tierras raras se han convertido en los nuevos “petróleo digital”, elementos indispensables que definen quién dominará la economía global en las próximas décadas. La batalla entre Estados Unidos y China por los minerales críticos y las tierras raras no es solo una competencia económica, sino una lucha existencial por definir el equilibrio de poder global en la era digital.

Como documenta Joshua Kurlantzick en su libro “Ofensiva de encanto: Cómo el poder blando de China está transformando el mundo”, (Yale University Press, abril 2007), Beijing complementa su dominio mineral con una sofisticada estrategia de poder blando que suaviza las resistencias internacionales donde combina inversiones en infraestructura, intercambios culturales y diplomacia económica para crear un entorno favorable a sus intereses estratégicos. En el caso de los minerales críticos y tierras raras, China no solo extrae y procesa estos recursos, sino que simultáneamente construye narrativas de cooperación y desarrollo mutuo que legitiman su presencia en países productores. Ha construido así una hegemonía casi absoluta en la cadena de suministro de estos minerales. Con el monopolio de casi el 90% del procesamiento de tierras raras, domina su dotación para sectores clave como defensa, tecnologías limpias y revolución digital.

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Francisco Sanz

Esta dominación silente de China es el resultado de décadas de inversión, ignorando costos ambientales y leyes laborales que otros rechazaron, y aplicando una diplomacia coercitiva, como demostró en el 2010 cuando restringió las exportaciones de tierras raras a Japón durante una disputa territorial marítima.

Para China, estos minerales representan una herramienta de su iniciativa Ruta de la Seda extendiendo mundialmente su influencia y aplicando ante el resto del mundo la retórica del beneficio mutuo y desarrollo compartido con las regiones donde invierte estratégicamente, hecho que minimiza las percepciones de un supuesto neocolonialismo. Sin embargo, en su momento supo usar el dominio de estos metales críticos como arma geopolítica y respondió con el embargo de su venta a EE.UU. frente a las sanciones arancelarias impuestas por Donald Trump.

A pesar de que hace dos décadas EE.UU. fue el primero en descubrir y explotar estas tierras raras en el desierto de Mojave (California), falló su visión para reconocer la relevancia futura de su uso en sectores cruciales, dejando el camino libre a China para sacar ventaja y lograr el control.

Sin embargo, hace una década Estados Unidos vuelve a la batalla dando las órdenes ejecutivas 13817 y 14017 (Trump en el 2017 y Biden en el 2021, respectivamente) que reflejan una urgencia geopolítica evidente: reducir la peligrosa dependencia de cadenas de suministro controladas por su más peligroso rival. Washington se percató que su liderazgo tecnológico y militar depende críticamente de elementos que no controla; vulnerabilidad que amenaza los fundamentos de su hegemonía global que va más allá de lo económico, ya que los minerales críticos son fundamentales para sistemas de defensa: desde misiles hipersónicos hasta satélites militares. Sin acceso a estos recursos, la superioridad tecnológica estadounidense podría socavarse gradualmente con un altísimo riesgo para su propia seguridad nacional, hecho incluso reconocido por el Pentágono. Por ello es que el mismo Pentágono acaba de invertir US$ 400 millones en la empresa estadounidense MP Materials. Dichos fondos permitirán expandir la capacidad de procesamiento de la única mina de tierras raras activa en EE.UU.

Esta rivalidad fragmenta al mundo en bloques geoeconómicos incompatibles. EE.UU. tiene alianzas estratégicas con países ricos en recursos como Australia, Canadá y estados africanos, ofreciendo inversión, tecnología y acceso a mercados a cambio de suministro preferencial. Su iniciativa “Minerals Security Partnership” busca crear cadenas de suministro alternativas que excluyan deliberadamente a China. Paralelamente, China intensifica su “diplomacia de recursos”, utilizando su iniciativa Belt and Road, asegurando contratos de largo plazo, desarrollando capacidades de procesamiento en países productores y generando astutamente así dependencias económicas que se traducen inevitablemente en influencia geopolítica.

El control de minerales críticos podría determinar qué modelo económico y político prevalecerá en el siglo XXI. Si China mantiene su dominio actual, podría relegar a EE.UU, a una posición secundaria en industrias emergentes como inteligencia artificial, computación cuántica y tecnologías espaciales. Si, contrariamente, Estados Unidos diversifica exitosamente sus cadenas de suministro y desarrolla capacidades domésticas robustas, preservaría su liderazgo tecnológico mientras debilita una de las principales herramientas de influencia global china.

Quien controle estos recursos no solo dominará industrias multimillonarias, sino que tendrá capacidad de veto sobre el desarrollo tecnológico de otras naciones; una forma de poder que excede cualquier precedente histórico. Esta nueva realidad está obligando a repensar conceptos tradicionales de seguridad nacional, comercio; cooperación internacional y hasta la diplomacia.

En esta nueva Guerra Fría, las armas no son nucleares sino geológicas, y la victoria no se medirá en territorios conquistados sino en el control de los elementos que alimentan la revolución tecnológica del siglo XXI.

(*) Irma Montes Patiño es licenciada en Relaciones Internacionales de la George Washington University

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