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El pueblo que llora a los coptos víctimas del Estado Islámico

El Our, una aldeal del Alto Egipto, es el lugar natal de la mayoría de los cristianos coptos asesinados por los yihadistas

El pueblo que llora a los coptos víctimas del Estado Islámico

El pueblo que llora a los coptos víctimas del Estado Islámico

El Our, una aldea perdida en medio del Alto Egipto, está de luto. La última atrocidad del grupo yihadista Estado Islámico (EI), la decapitación de veinte cristianos egipcios en una playa libia, ha golpeado este lugar ubicado a 350 kilómetros al sur de El Cairo.

Trece de las víctimas, miembros de la minoría cristiana, nacieron en sus calles sin asfaltar y en las viviendas humildes salpicadas entre campos de trigo y alfalfa. El resto de los degollados proceden de la misma provincia.

“Cada uno de los muertos tenía una historia. Lucas Nayaf, por ejemplo, tuvo una hija tras irse a Libia a la que nunca conocerá”, relata a El Comercio la joven Samia junto a unas ancianas enlutadas que doblan veloces la esquina al percatarse de este periodista.

“Aquí todos somos familia. Eran nuestros mejores jóvenes, casi ángeles y santos: rezaban, ayunaban y trataban bien con la gente”, agrega.

El batallón que terminaría secuestrado y asesinado por una filial libia del Estado Islámico partió de El Our el 6 de mayo del 2014 empujado por la acuciante necesidad de hallar trabajo.

Entre ellos viajaba el joven Yusef Shukri. Solo tenía 24 años cuando hizo la maleta y puso rumbo a la ciudad libia de Sirte. “Yusef es el primero que aparece en el video, desfilando con las manos esposadas y el traje naranja. Lo reconocí al momento. Murió degollado,pero con el nombre de Jesucristo en la boca. Es un mártir”, cuenta Malak, su hermano, a unos metros de la iglesia de la Virgen María.

“Somos un pueblo de campesinos y el trabajo escasea. Yusef no encontró empleo y poco después de cumplir el servicio militar obligatorio decidió marcharse a Libia”, añade.

Malak no puede olvidar que la víspera de su desgracia habló por teléfono con su hermano. “Conversamos el 2 de enero. Estaba preocupado porque habían secuestrado a finales de diciembre a otro grupo de emigrantes del pueblo que vivía en Sirte. Hablamos de buscar una salida segura, pero al día siguiente él corrió la misma suerte”.

El primero de los dos secuestros ocurrió el 28 de diciembre. Ese día, siete vecinos de El Our fueron capturados. “Era el mediodía. Habían dejado atrás Sirte y llevaban unos 40 minutos en la carretera cuando unos encapuchados los hicieron parar y los secuestraron”, narra Bebaui. Su hermano Samuel Alhan –un fontanero de 30 años– fue una de las víctimas.

“Derramaron su sangre porque era egipcio y copto, pero su muerte no será en vano. Su asesinato servirá para que muchos conozcan qué es realmente el Estado Islámico. No son musulmanes ni cristianos. Sus militantes no tienen relación alguna con Dios”, asevera en el templo.

En uno de esos muros, un cartel resume la atmósfera que se respira en una villa de 7.000 almas: “Egipto levántate. La sangre de tus mártires pide venganza”. En el inmenso patio de la iglesia, los hombres del lugar –ataviados con la ‘galabiya’ o túnica tradicional– murmuran el pésame y permanecen durante horas sentados y cabizbajos.

El primer secuestro, sostiene Emad Suliman, puso a los yihadistas sobre la pista del resto de cristianos que residían en Sirte, la cuna del ex dictador Muamar Gadafi y que hoy está bajo el yugo de grupos que han jurado lealtad al Estado Islámico y la milicia Ansar al Sharia.

“Los obligaron a revelar su domicilio. Los terroristas llegaron con un listado de objetivos preguntando nombre por nombre”, indica Emad a partir del relato proporcionado por los testigos, alguno de ellos musulmanes de los alrededores. Su hermano Maged fue secuestrado en la segunda de las embestidas, sucedidas la madrugada del 3 de enero en el asalto al inmueble que compartía con otros 12 colegas.

El pasado domingo, horas después de difundirse el crudo video de la decapitación, el presidente egipcio, Abdelfatah al Sisi, advirtió que el país “elegiría los medios y el tiempo que considere oportunos para vengar los crímenes”. Desde el lunes, el ejército bombardea enclaves del Estado Islámico en la vecina Libia.

“Lo que hizo Al Sisi ha aliviado parte de nuestra angustia y rabia”, reconoce Bashir. La vida de sus hermanos Samuel y Bishoi también exhaló su último hálito cercenada por la hoja de un cuchillo. “Doy las gracias al ‘daesh’ (acrónimo en árabe del EI) por no haber cortado los instantes de la decapitación y haberla difundido íntegra. Sé que ‘¡Oh Jesús!’ fue su último grito y que sufrieron el martirio por la cruz sin renunciar a su patria ni a Dios”, concluye.

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