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El 2019 que se acerca: China y su guerra por ganar será el plato fuerte en Asia

Beijing y Washington se han dado una tregua de 90 días en su pugna comercial, pero las posturas aún no se acercan. El presidente Xi Jinping afronta, por vez primera, trabas para llegar a sus metas

China

La figura del presidente Xi Jinping ha tomado ribetes de un semidios en China. El también secretario general del Partido Comunista de China tiene 65 años y aún mucho futuro. (Foto: AP)

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Por: Adrián Foncillas

Del Año del Cerdo, que empezará en febrero del 2019, se espera la abundancia y placidez que el horóscopo chino le atribuye. Otro hito en el camino recto hacia el liderazgo global y la elevación a los altares del presidente Xi Jinping como el gran hacedor de la China contemporánea.

Pero Estados Unidos ha dinamitado la planeada armonía pisando todos los callos chinos: denuncias de maltrato a uigures, ventas de armas a Taiwán, mayor presencia militar en el Mar del Sur de China, órdenes de detención a una rutilante empresaria… todo en medio de una guerra comercial cada día más fragorosa. De la habilidad de Beijing para lidiar con Donald Trump dependerá el sosiego de los próximos meses.

China tiene, por primera vez, problemas para alcanzar el crecimiento económico anual previsto. Los indicios son preocupantes. La bolsa de Shanghái se ha dejado un 30% este año y la actividad fabril está lejos del esplendor reciente. Y Xi ha escuchado de los hijos de artífices de las reformas como Deng Xiaoping o Hu Yaobang las primeras críticas a su mandato. Son tibias pero rompen el granítico apoyo que había forjado el líder que pulverizó el límite de mandatos presidenciales para eternizarse en el poder.

La pujante clase empresarial murmulla que Xi no debió entrar en esa competición de egos con Trump porque la economía china no está preparada para la larga batalla, mientras que la prensa oficial encadena editoriales de aliento y moral para los pesimistas. Las voces discordantes se elevarán si el partido no garantiza la saneada economía que lo legitima.

—Amistad por fuera—

Ya se han consumido 25 de los 90 días que China y Estados Unidos se concedieron de tregua a principios de diciembre en la cumbre del G-20 en Buenos Aires. Aquel acuerdo se explica más por la amistosa relación de ambos mandatarios que por el acercamiento de posturas, y nada sugiere hoy un tratado de paz inminente. Trump ya ha advertido que no tiene prisa, a pesar de que sus bolsas de votantes agrícolas padecen el grueso del castigo arancelario. Bajo la guerra comercial late la guerra tecnológica de largo alcance que decidirá la primacía global de este siglo.

Estados Unidos acumula décadas lamentando la transferencia forzada de tecnología y otras prácticas dudosas de Beijing sin que la sangre haya llegado al río. El detonante de las hostilidades fue el plan Made in China 2025, que prevé el desarrollo de una decena de industrias de alto valor añadido para desbancar a Silicon Valley. La reciente detención de Meng Wanzhou, directiva financiera de Huawéi, es un simbólico torpedo a esa estrategia: la multinacional china, líder global en redes, estaba encadenando acuerdos con países para instalar sus redes del 5G. China, pues, se estaba posicionando en el futuro.

Los altos dirigentes chinos se reúnen esta semana a puerta cerrada para aprobar estímulos fiscales y otras medidas que terminen con las turbulencias económicas antes de que le cuesten al presidente su crédito o la estabilidad social al país. Pero por primera vez, un gobierno que planea al detalle el corto y el largo plazo ha encontrado en Donald Trump un impredecible elemento que escapa a su control.

El proceso de paz inconcluso e incierto con Corea del Norte

Corea del Norte

La cumbre de Singapur reunió a dos “enemigos irreconciliables”. (Foto: AP)

AP

Es probable que la actualidad de Asia, el continente donde vive la mitad de la población mundial, siga marcada por la marcha de un país de 25 millones de habitantes y un PIB ridículo. Los focos apuntan al conflicto norcoreano con el entusiasmo de la histórica cumbre de Singapur ya muy mitigado. La hemeroteca, sin embargo, permite ver la botella medio llena. El año pasado, por estas fechas, Estados Unidos y Corea del Norte intercambiaban amenazas de destrucción masiva y los titulares hablaban de una guerra nuclear inminente. Bastó con la mención al diálogo de Kim Jong-un en su discurso de Año Nuevo para revertir la peligrosa dinámica.

Empezó entonces una frenética maratón diplomática que envolvió a Pyongyang, Seúl, Washington y Beijing, y que floreció en la cumbre Trump-Kim Jong-un realizada en Singapur en junio. El presidente estadounidense vendió el acuerdo como un tremendo logro, a pesar de que no contemplaba la entrega de un listado del arsenal nuclear ni la fiscalización por inspectores internacionales ni plazos concretos. Los problemas pronosticados por los expertos empezaron pronto.

Washington lamenta la lentitud del proceso de desnuclearización, mientras Pyongyang denuncia que sus gestos de buena voluntad no han servido para levantar ninguna sanción económica. Ambos han cancelado en los últimos meses las visitas de sus máximos negociadores; y la segunda cumbre presidencial, prevista para antes de que acabe este año, se ha pospuesto para “algún momento” del próximo.

A partir de enero del 2019 comprobaremos la voluntad norcoreana y la paciencia estadounidense. A favor del optimismo juega que las turbulencias recientes no han dinamitado la química personal que germinó en Singapur entre el septuagenario Trump y el treintañero Kim.

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