Un combatiente talibán (segundo de la izquierda) junto con los lugareños en Pul-e-Khumri el 11 de agosto de 2021. (Foto: AFP).
Un combatiente talibán (segundo de la izquierda) junto con los lugareños en Pul-e-Khumri el 11 de agosto de 2021. (Foto: AFP).
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Los talibanes tomaron este jueves el control de Ghazni, ciudad estratégica situada 150 km al suroeste de Kabul, y se aproximan peligrosamente a la capital de tras haberse apoderado en cuestión de días de la mitad norte del país.

El gobierno confirmó que Ghazni había caído en manos de los talibanes, pero que seguía habiendo combates en la localidad.

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“El enemigo se apoderó de Ghazni [...] Hay combates y resistencia [de parte de las fuerzas de seguridad]”, dijo Mirwais Stanikzai, portavoz del Ministerio de Interior, en un mensaje enviado a la prensa.

Ghazni es la capital provincial más cercana a Kabul de todas las que los insurgentes controlan desde que lanzaron su ofensiva en mayo, aprovechando que las tropas extranjeras empezaban a retirarse del país.

El avance talibán ha registrado un ritmo vertiginoso en estos días. En una semana, tomaron el control de 10 de las 34 capitales provinciales afganas, siete de las cuales en el norte del país, una región que, sin embargo, se les había resistido en el pasado.

El martes por la noche los insurgentes se apoderaron de Pul-e-Khumri, capital de la provincia de Baghlan, a 200 km al norte de Kabul.

De esta forma, por el norte y por el sur, van acercándose a la capital poco a poco.

También rodearon Mazar-i-Sharif, la ciudad más importante del norte, donde el presidente afgano, Ashraf Ghani, se reunió el miércoles con diversos responsables para intentar reactivar al ejército y a las milicias favorables al poder en su lucha contra los talibanes.

Cortar ejes norte-sur

Ghazni, que ya había estado en manos de los insurgentes brevemente en 2018, representa su conquista más importante hasta la fecha junto a Kunduz, un municipio estratégico del noreste, entre Kabul (a 300 km al sur) y Tayikistán.

Aunque los talibanes ya estaban presentes desde hacía tiempo en las provincias de Wardak y Logar, a unas decenas de kilómetros de Kabul, la caída de Ghazni representa una señal alarmante para la capital.

Esta ciudad está ubicada, además, en el eje que conecta Kabul con Kandahar, la segunda ciudad del país, en el sur. Conquistándola, los insurgentes pueden cortar las líneas de abastecimiento terrestres del ejército hacia el sur.

Todo esto va a incrementar la presión sobre la fuerza aérea afgana, que tendrá que bombardear posiciones talibanas y transportar material y refuerzos cuando no puedan llegar por tierra.

Kandahar, capital de la provincia del mismo nombre, y Lashkar Gah, capital de la región de Helmand, también están asediadas desde hace meses por los talibanes, que las consideran sus feudos tradicionales. Desde hace varios días se registran violentos combates entre insurgentes y fuerzas de seguridad.

El miércoles, los talibanes anunciaron en Twitter que habían tomado la prisión de Kandahar, situada a las afueras de la ciudad, para liberar a “centenares de presos”, como hacen cada vez que entran en una ciudad.

En Lashkar Gah, el ejército lanzó el 4 de agosto un contraataque para intentar expulsar a grupos de talibanes que habían logrado entrar en la ciudad. El municipio es objeto de bombardeos y escenario de cruentos combates.

Crisis humanitaria

Los enfrentamientos tienen un coste terrible en la población civil. En un mes, unos 183 civiles, entre ellos niños, murieron en Lashkar Gah, Kandahar, Herat (oeste) y Kunduz, y al menos 359.000 personas huyeron de sus hogares desde principios de 2021, según la ONU.

Numerosos civiles han llegado en los últimos días a Kabul, donde se teme una grave crisis humanitaria. Muchos afganos, aún traumatizados por las atrocidades cometidas por los talibanes ante sus ojos, intentan sobrevivir en campos de refugiados de la capital, en medio del más terrible abandono.

Las tropas internacionales tienen que completar su salida de Afganistán a finales de este mes, veinte años después del inicio de su intervención armada para expulsar a los talibanes del poder, tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos.

Los responsables norteamericanos no van a dar marcha atrás en su decisión, pero no ocultaron en los últimos días su frustración ante la debilidad que muestra el ejército afgano, que Estados Unidos forma, financia y equipa desde hace años.

“Vemos un deterioro de la situación en materia de seguridad”, admitió el miércoles John Kirby, portavoz del Pentágono, subrayando sin embargo que hay “lugares y momentos” en los que las tropas afganas sí “están luchando realmente”.

En el ámbito diplomático, el enviado estadounidense, Zalmay Khalilzad, se reunió en los últimos dos días en Doha con dirigentes talibanes para intentar relanzar un proceso de paz con el gobierno afgano que lleva semanas en punto muerto.

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