En esta foto tomada el 12 de noviembre de 2020, un hombre ve un video de la afgana Muzghan, que salió de la cárcel en septiembre después de confesar ser miembro de la ultraviolenta red Haqqani de los talibanes. (Foto de Wakil KOHSAR / AFP).
En esta foto tomada el 12 de noviembre de 2020, un hombre ve un video de la afgana Muzghan, que salió de la cárcel en septiembre después de confesar ser miembro de la ultraviolenta red Haqqani de los talibanes. (Foto de Wakil KOHSAR / AFP).
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Nasreen y Muzghan asesinaron a miembros de las fuerzas en nombre de los . Sin embargo, para no traicionar la visión ultraconservadora que tienen sobre el papel de la mujer, los insurgentes silencian su contribución.

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Estas dos afganas formaban parte de los últimos 400 prisioneros talibanes, considerados como los más peligrosos, de entre los 5.000 rebeldes puestos en libertad por el gobierno afgano este año, cuya liberación abrió la puerta de las conversaciones de paz en septiembre en Qatar.

“Fue detenida por asesinato, secuestro y cooperación con la red Haqqani”, explica Muzghan, con voz y mirada firmes bajo su velo con estampado de camuflaje, en un video registrado antes de su excarcelación.

“No volveré a unirme a ese grupo”, afirma la joven con la mano tatuada, en referencia a esta red sanguinaria vinculada a los talibanes.

La AFP pudo consultar los dossieres judiciales de ambas mujeres, así como la lista de los 400 prisioneros de los que formaban parte. En este grupo, figuraba también la iraní Nargis, que mató a un consejero estadounidense en 2012.

Se desconoce la edad de Muzghan, pero por las imágenes del video parece tener unos treinta años. Su mirada brilla, pero la de su tía Nasreen, de 45 años, detenida por los mismo crímenes, parece cansada e inyectada en sangre, según otro video grabado tras su liberación.

Como es el caso de muchas familias afganas, las dos mujeres tienen allegados tanto en el bando rebelde como en el de las fuerzas de seguridad, que libran una guerra a muerte desde que los talibanes fueron expulsados del poder en 2001 por una coalición internacional dirigida por Estados Unidos.

En esta foto tomada el 12 de noviembre de 2020, un hombre ve un video de la afgana Nasreen, que salió de la cárcel en septiembre después de confesar ser miembro de la ultraviolenta red Haqqani de los talibanes. (Foto de Wakil KOHSAR / AFP).
En esta foto tomada el 12 de noviembre de 2020, un hombre ve un video de la afgana Nasreen, que salió de la cárcel en septiembre después de confesar ser miembro de la ultraviolenta red Haqqani de los talibanes. (Foto de Wakil KOHSAR / AFP).

“No las necesitamos”

Dos hombres, un yerno y un cuñado de Nasreen, pagaron el precio. Uno fue envenenado. Otro murió en la explosión de una bomba que ellas colocaron en su coche.

Igualmente asesinaron a un agente de inteligencia al que atrajeron hasta su casa utilizando a una hija de Nasreen como cebo, “bajo pretexto de venderle su cuerpo”, cuenta una fuente de seguridad.

Las dos mujeres participaron también en dos ataques, uno con granada. En 2016 fueron detenidas y después condenadas a muerte por asesinato, actividades terroristas y pertenencia a los talibanes.

El caso de estas dos asesinas es algo casi “nunca visto”, pues para los insurgentes “el lugar de la mujer está en casa”, explica Ashley Jackson, del Overseas Development Institute, un centro de investigación británico.

“Permitirles que participen, o admitir que han desempeñado un papel en la guerra, iría contra los principios fundamentales del movimiento”, continúa. “Si una mujer puede luchar, ¿qué es lo que le impide salir de casa sola o saltarse otras restricciones?”, insiste.

El portavoz de los talibanes, Zabihullah Mujahid, negó los crímenes cometidos por Nargis, Nasreen y Muzghan, calificándolas de “simples miembros de familias” talibanes detenidas durante operaciones estadounidenses.

“Evidentemente, las mujeres miembros de familias [de insurgentes] cooperan [...] Pero las mujeres no son incluidas, reclutadas y no se les ordena participar en las operaciones”, insistió Mujahid a la AFP. “Está prohibido. No las necesitamos”, aseveró.

Para un miembro del gobierno cercano al caso, las tres condenadas, si no son “talibanes”, podrían ser “criminales que trabajaban para los talibanes por dinero”.

“Nunca bajo presión”

Según Matthew Dearing, investigador en la Universidad de Defensa Nacional en Estados Unidos, los talibanes, al contrario que otros grupos insurgentes, continuaron excluyendo a las mujeres de su lucha porque no le faltaban combatientes.

“Los talibanes nunca han sido presionados hasta tal punto por las fuerzas de la OTAN como para reconsiderar sus tácticas de una manera que les obligara a cambiar sus normas”, explica, calificando a las tres mujeres de fenómeno “sumamente raro”.

El caso de Nargis plantea aún más interrogantes: iraní casada con un policía afgano en Kabul, mató a un consejero estadounidense el 24 de diciembre de 2012 en el cuartel general de la policía de la capital.

Su acto se achacó entonces a un desequilibrio mental y no se encontró vínculo aparente con los talibanes. Fue condenada a muerte por asesinato y espionaje.

“No era en absoluto una enferma mental”, insiste una fuente gubernamental.

En su dossier, Nargis dice que actuó bajo las órdenes de un hombre que conoció en la embajada iraní, que le prometió un visado, casa, coche y trabajo en Irán.

Según responsables talibanes, otras dos mujeres, familiares de insurgentes, figuraban entre los 5.000 prisioneros talibanes liberados recientemente.

Varios responsables rebeldes confirmaron la puesta en libertad de las detenidas, que habrían vuelto a sus casas.

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