Una doctora peruana lleva cinco meses atendiendo a la población más perseguida del mundo. La opresión del pueblo –una minoría musulmana apátrida, que no tiene ninguna nacionalidad– en ha provocado que en los últimos 30 años más de un millón de ellos huyeran del país asiático.

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En su último éxodo, que se inició en agosto del 2017, más de 723 mil escaparon a la vecina Bangladesh, asentándose principalmente en la región de Cox’s Bazar. Ahí más de un millón de refugiados están distribuidos en 34 campos, entre ellos el de Goyalmara-Ukhia frente al que se ubica un hospital de Médicos Sin Fronteras (MSF). En él trabaja Ferdyoli Porcel, la única pediatra del lugar.

—¿Qué siente uno al estar frente a una de las mayores crisis de la humanidad?

Cuando uno escucha lo que pasa al otro lado del mundo no le da mucha importancia. Verlo directamente es muy chocante, frustrante y doloroso. Hay que recordar, además, que Bangladesh es uno de los países más sobrepoblados del mundo, tiene 162 millones de habitantes y de por sí es pobre, con un sistema de salud débil. Los refugiados viven en condiciones de hacinamiento total, en un cuarto pueden vivir de 8 a 10 personas y hasta hace poco no había agua, desagüe, absolutamente nada.

En su último éxodo, que se inició en agosto del 2017, más de 723 mil escaparon a la vecina Bangladesh, asentándose principalmente en la región de Cox’s Bazar. (Foto: Ed Jones / AFP / Archivo)
En su último éxodo, que se inició en agosto del 2017, más de 723 mil escaparon a la vecina Bangladesh, asentándose principalmente en la región de Cox’s Bazar. (Foto: Ed Jones / AFP / Archivo)

—¿A cuántos pacientes suele atender cada día?

Depende. Casi la mitad de esta población son niños, aproximadamente unos 400 mil, que además no han tenido acceso a programas de vacunación ni de salud previos. Por eso vemos epidemias de difteria, sarampión, cólera, enfermedades completamente controlables en otros contextos. Cuando llegué estaban en plena epidemia de sarampión, atendíamos a 100 pacientes por día teniendo solo 80 camas. Tras ella llegó el COVID-19, con lo que ha descendido bastante la afluencia de pacientes. Asumimos que por el miedo.

—¿Cómo se vive la pandemia en un contexto así?

El primer caso oficial en Bangladesh se registró a mediados de marzo, a mediados de mayo llegó al campo y a fines de ese mes tuvimos el primer fallecido. Actualmente hay unos 50 contagiados. Imagina lo que es pedirle a estas personas que se laven las manos o mantengan la distancia social cuando viven hacinados. Son exigencias utópicas. Aún estamos esperando a ver las reales consecuencias, por el tipo de población y contexto asumimos que será catastrófico. Aunque hay que tomar en cuenta que es una población mayoritariamente joven.

—¿Qué medidas se han tomado con los infectados?

El país está en cuarentena y los campos están bloqueados desde abril. No los dejan salir, a menos que sea una situación crítica. Por eso se ha limitado su acceso a las atenciones de salud. Las madres siguen dando a luz y los niños se siguen enfermando de neumonía común o diarrea. Los niños pueden terminar muriendo de una neumonía bacteriana y no de COVID-19. Hay una demora notable de atención, la gente ha dejado de venir al hospital a tiempo, llegan muy tarde y muchas veces solo a morir. Pero además hay muchos casos que no se reportan por miedo...

—¿Cómo que por miedo?

Ellos no tienen acceso a Internet ni a los medios de comunicación, la información que manejan son básicamente rumores. Ahora circula un rumor de que si uno de ellos resulta positivo por coronavirus lo atraparán, lo matarán y encarcelarán a su familia. Por eso nadie quiere ir al hospital para hacerse la prueba.

—¿Cómo se logra que la población más perseguida del mundo confíe en uno?

La desconfianza se siente en general. Si ven a alguien que los quiere ayudar, su primera impresión no es confiar sino dudar. Cuando acuden a mí es porque ya ven al niño muy enfermo o porque su médico tradicional no funcionó. El idioma es otro problema, ellos hablan un idioma, mis médicos locales hablan otro y yo hablo inglés. Para comunicarnos usamos traductores y ahí se pierde un montón de información. Uno debe intentar ser empático, ver las limitaciones que tienen, juzgar menos y ayudar en lo que se pueda. Pero, en general, ya nos van entendiendo de a pocos.

—¿Por qué irse hasta el otro lado del mundo, sobre todo a una realidad como esa?

Cuando decidí ser médica fue porque siempre supe que quería servir con mi profesión. Al plantearme a quién servir, pensé en los que más sufren, y los que más sufren están aquí. Esta es mi tercera misión con MSF, antes estuve dos veces en Guinea-Bissau. Por otro lado, mi gran pasión es viajar y conocer nuevas culturas, así que es el lugar perfecto para combinar ambas cosas que me hacen feliz.

Ferdyoli Porcel, trabaja desde febrero en el hospital de MSF frente a Kutupalong-Balukhali, que con más de un millón de refugiados es desde el 2018 el más grande del mundo. (Archivo personal)
Ferdyoli Porcel, trabaja desde febrero en el hospital de MSF frente a Kutupalong-Balukhali, que con más de un millón de refugiados es desde el 2018 el más grande del mundo. (Archivo personal)

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