Rangún. [EFE]. Al menos 162 personas han muerto este jueves en un accidente en la mina de jade más grande del mundo en el norte de , lo que ha puesto de relieve las penosas condiciones de trabajo de los mineros en una industria que mueve ingentes cantidades de dinero y con una corrupción rampante.

La tragedia tuvo lugar en torno a las 08.00 hora local cuando, en medio de una lluvia torrencial, una avalancha sepultó a un grupo de mineros, informó el Departamento de Bomberos birmano en su página de Facebook.

El número de fallecidos asciende a 140 hasta el momento, con 40 heridos. Las operaciones de rescate han cesado por hoy, pero serán retomadas mañana. Esperamos encontrar a mucha gente bajo aquella enorme masa de tierra”, dijo el administrador del distrito, Shwe Thein, al ser contactado telefónicamente por EFE antes de que se descubrieran otros 22 cuerpos.

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Las víctimas estaban extrayendo el codiciado jade de las laderas excavadas en el vasto complejo minero de Hpakant, una remota localidad situada en el estado Kachin.

A lo largo del día y bajo una lluvia incesante, los servicios de bomberos, con la ayuda de otros mineros, han estado rescatando los cuerpos sepultados por la avalancha entre el barro de la ladera de la mina.

Phoe Htoo, jefe de un grupo de voluntarios trabajando sobre el terreno dijo que “hay un pedazo de tierra cerca del lugar del suceso que podría colapsar en cualquier momento, por lo que cuanto más trabajan equipos de rescate, más aumentan los riesgos”.

Además, algunos cadáveres están flotando en el agua por lo que no podemos recoger esos cuerpos, ya que las condiciones del terreno y del agua son demasiado peligrosas”, añadió.

Precariedad en las minas

El número de fallecidos es de los más altos que se recuerdan, pero este tipo de sucesos son frecuentes en Hpakant, donde los mineros trabajan en condiciones extremadamente precarias, y en este caso la avalancha tuvo lugar en cinco parcelas abandonadas donde buscadores informales tratan de encontrar la gran piedra de jade que les haga ricos.

En abril del año pasado, al menos 54 personas murieron a causa de un corrimiento de tierras en otro punto del complejo minero de Hpakant, localizada a unos 800 kilómetros al norte de la capital, Naipyidó.

Las minas de jade, a las que la prensa extranjera tiene el acceso vedado, se han convertido en un imán para miles de birmanos empobrecidos procedentes de todo el país, pero en la mayoría de los casos los beneficios son escasos y los riesgos son elevados.

A ello se suma el frecuente uso de drogas, como metanfetaminas, que se producen a escala industrial en el norte del país, para soportar las duras condiciones de trabajo y con las que a veces los mineros son pagados por sus empleadores en lugar de con dinero, lo que ha sido denunciado por organizaciones locales de defensa de los derechos humanos durante años.

Un negocio multimillonario

Birmania es el mayor productor mundial de jadeíta, una preciada variedad de jade que se extrae principalmente en las montañas de Kachin y está codiciada en la vecina China, donde van a parar la mayoría de las exportaciones.

La mayor parte de la extracción y comercio del jade procedente de Hpakant se produce en el mercado negro, por lo que no existen datos oficiales fiables, pero la ONG Global Witness reveló en el 2015 tras una exhaustiva investigación la dimensión de un negocio multimillonario del que se benefician sólo unos pocos.

Según Global Witness, el valor total de la producción del jade birmano ascendió en el 2014 a unos 31.000 millones de dólares (27.000 millones de euros), lo que equivalía al 48 % del PIB oficial del país y era 46 veces mayor que el gasto total del Gobierno en sanidad.

Entre los beneficiarios figuran organizaciones guerrilleras, señores de la guerra, narcotraficantes, empresarios o jerarcas militares como el exgeneral Than Shwe, al frente de la junta militar entre 1992 hasta su retiro en el 2011, cuando Birmania se embarcó en una transición a lo que los uniformados denominaron una “democracia disciplinada” tras casi cinco decenios de dictadura castrense.

La líder de facto de Birmania y premio nobel de la paz, Aung San Suu Kyi, prometió que introduciría reformas en la industria del jade cuando tomó el poder hace cuatro años, pero su Gobierno se ha mostrado incapaz de cambiar el sector.

Una tierra en conflicto

Además, las minas de Hpakant se hallan en un territorio en el que tiene lugar de forma intermitente un conflicto armado entre el Ejército birmano y la guerrilla etnonacionalista del Ejército para la Indepdencia Kachin (KIA, siglas en inglés), que lucha por la autonomía del territorio y su etnia desde su fundación en 1961 y controla una franja de territorio junto a la frontera con China.

El conflicto se reactivó en el 2011 tras un alto el fuego que había durado 17 años y, aunque las hostilidades han remitido en los últimos tres años, han desplazado a unas 100.000 personas de sus hogares y el Gobierno no ha logrado alcanzar un acuerdo de paz con la guerrilla.

Uno de los factores del conflicto es la disputa por el control de los abundantes recursos naturales del estado de Kachin, que además del jade cuenta con reservas de madera de teca, yacimientos de oro o recursos hidrológicos.

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