Un sofá en medio de la destastación dejada por el huracán Iota en Bilwi, Nicaragua, el 27 de noviembre de 2020. (REUTERS / Oswaldo Rivas).
Un sofá en medio de la destastación dejada por el huracán Iota en Bilwi, Nicaragua, el 27 de noviembre de 2020. (REUTERS / Oswaldo Rivas).
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Una sucesión de huracanes destruyó una pequeña parcela de maíz que ayudaba a Tomasa Mendoza a alimentar a sus cinco hijos en una pequeña aldea en las empobrecidas montañas del este de .

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Antes incluso de que las tormentas sepultaran en el lodo su cosecha en noviembre, el esposo de Mendoza no había trabajado durante meses después de que la contratación de jornaleros en las plantaciones de café cesó durante la pandemia de coronavirus.

Con la comida cada vez más escasa, los niños lloran de hambre y están perdiendo peso. Uno tiene una tos que no desaparece.

Para sobrevivir, Mendoza vende sus gallinas para comprar granos de maíz. Solo le quedaban cinco. Por cada una sacará cuatro dólares.

“No tengo más animalitos, cuando los termino (venda) me quedo así de una vez sin nada”, lamentó Mendoza, una mujer delgada de 34 años que vive en el caserío El Naranjo, en el municipio Jocotán, fronterizo con Honduras.

Jocotán se encuentra en una región latinoamericana conocida como el Corredor Seco, que se extiende desde el sur de México hasta Panamá, cruzando partes de Guatemala, El Salvador, Honduras y Nicaragua.

Incluye algunas de las áreas más vulnerables al hambre del hemisferio occidental, azotadas año tras año por sequías devastadoras de cultivos.

Luego, en la primera quincena de noviembre, los huracanes Eta e Iota trajeron semanas de lluvia incesante, destruyendo puentes, derribando líneas eléctricas y devastando cultivos en Jocotán y en una amplia franja de Centroamérica.

Los dos extremos, dicen los científicos, son señales de que el cambio climático exacerba los ciclos regulares del clima.

La pandemia ha complicado la situación. Con las medidas para contener el coronavirus que interrumpieron los ingresos complementarios para muchos, el número de personas que sufren una grave escasez de alimentos ha aumentado dramáticamente en las áreas rurales de Guatemala y Honduras.

En Guatemala, el problema es particularmente grave. Incluso antes de que azotaran las tormentas, unos 3,7 millones de personas, más de una quinta parte de la población, ya sufría altos niveles de inseguridad alimentaria aguda, según un informe preparado por la Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional del gobierno guatemalteco para un organismo de rastreo del hambre de la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La ONU define la inseguridad alimentaria aguda como la escasez de alimentos que pone en peligro inmediato la vida o el sustento de las personas. El estudio consideró que casi medio millón de esas personas se encontraban en una situación de emergencia.

El informe pronostica una reducción en los niveles de hambre para principios de 2021, pero aún no ha sido actualizado para reflejar el efecto de las tormentas, que se ha estimado que causaron pérdidas por 5,500 millones de dólares en Centroamérica.

El presidente de Guatemala, Alejandro Giammattei, abrumado por la magnitud de los daños, instó a Washington en noviembre a eximir de la deportación a los guatemaltecos que llegan a Estados Unidos.

Las sequías fueron un factor que contribuyó a las migraciones masivas hacia el norte en los últimos años, y cuando Iota se abalanzó sobre la región el 16 de noviembre, Giammattei recordó a las naciones ricas que, si no dan un paso al frente para ayudar a las economías de Centroamérica a recuperarse de las tormentas, se enfrentarán a “hordas” de nuevos migrantes.

El número de centroamericanos que migran a Estados Unidos ya está aumentando a los niveles prepandémicos.

Pero para la mayoría de Jocotán, mudarse a la nación norteamericana no es una opción: la tarifa habitual del viaje de hasta 14,000 dólares es simplemente demasiado cara. En cambio, permanecen atrapados en aldeas aisladas, con poca ayuda del Gobierno, mientras disminuye el suministro de alimentos.

“No podemos migrar, porque eso requiere dinero”, dijo Mendoza, hablando afuera de una modesta casa construida con barro y palos.

Una mujer mira la devastación dejada por el huracán Iota en Bilwi, Nicaragua, 27 de noviembre de 2020. (REUTERS / Oswaldo Rivas).
Una mujer mira la devastación dejada por el huracán Iota en Bilwi, Nicaragua, 27 de noviembre de 2020. (REUTERS / Oswaldo Rivas).

TAREA DESALENTADORA

Los efectos también se sienten en otros países por los que discurre el Corredor Seco, incluido Honduras, que tenía 1.65 millones de personas que sufrían altos niveles de inseguridad alimentaria aguda o escasez de comida, según un informe elaborado por el Gobierno, utilizando la misma clasificación del hambre que realiza la ONU.

Con vastas áreas de Centroamérica tambaleándose por los daños causados por las tormentas, brotes de coronavirus y perjuicios de años de sequía, las agencias de ayuda parecían intimidadas por la magnitud de la tarea para evitar que las personas caigan en la pobreza extrema.

“Esa combinación de emergencias hace que la emergencia se cuadruplique”, dijo Felipe Del Cid, gerente continental de operaciones de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, con sede en Panamá. “La recuperación podría durar años”.

El Programa Mundial de Alimentos (PMA) pronostica que las consecuencias del coronavirus podrían impulsar el número de personas que pasan hambre en todo el mundo a 270 millones para fin de año, un 82% más que antes de la pandemia.

América Latina es la región más afectada, dijo el PMA, que informó de un aumento de casi tres veces en el número de personas que necesitan ayuda para su alimentación.

La provincia más amplia donde se inserta Jocotán es una de las más afectadas en Guatemala, con cuatro veces más personas que sufrían inseguridad alimentaria severa en mayo de 2020 que en el mismo mes de 2019, según datos recopilados por la organización de ayuda internacional Oxfam.

La provincia de Baja Verapaz, en el centro del país, también vio cómo los casos se multiplicaban por cuatro en el mismo período, aunque desde un total menor.

La lección para aquellos que han tratado de alejarse ha sido ejemplar. La familia Ramírez, en la vecina La Palmilla vendió parte de su terreno hace dos años para pagar un viaje a Estados Unidos. Fueron deportados y ahora no pueden producir lo suficiente para comer en lo que les queda de parcela.

“Estábamos jodidos antes de esta cuarentena, nos cayó la cuarentena y todo va para peor”, dijo Damián Ramírez, de 16 años. La Palmilla ahora está aislada del resto de Jocotán después de que un puente colapsó por las tormentas.

Para muchas familias de la zona, los niños ya estaban clasificados como desnutridos después de casi una década de sequía; algunos incluso fueron hospitalizados para recibir tratamiento. Cuando golpeó la pandemia, incluso los hogares que solían sobrevivir comenzaron a saltarse las comidas, dijeron siete familias entrevistadas por Reuters.

La economía informal de Guatemala, en la que trabaja el 70% de la población, prácticamente ha colapsado. Aun antes de que golpeara la pandemia, alrededor del 69% de la población vivía en la pobreza, según datos del Gobierno, con una tasa en las zonas rurales de hasta el 80%.

Aumenta cifra de muertes en Centroamérica tras paso del huracán Iota. (AFP).
Aumenta cifra de muertes en Centroamérica tras paso del huracán Iota. (AFP).

EL PEOR AÑO DE TODOS

Para el líder de la comunidad Jocotán, Eduardo Roque, el daño de las tormentas parece particularmente cruel. A principios de 2020, los hogares con algo de terreno se mostraron cautelosamente optimistas. Habían llegado lluvias suaves y las cosechas estaban madurando bien por primera vez en años.

Los huracanes Eta e Iota acabaron con esa esperanza.

“Creo que este es el año más difícil que nos ha tocado vivir”, dijo. “Era el mejor año de cosecha durante los últimos 10 años y de la sequedad que nos había afectado”, afirmó en una entrecortada conexión remota desde el municipio, sin luz desde que Iota cortó las líneas a principios de noviembre.

“Después (vino) la pandemia y ahora solo Dios ayuda, porque ahorita sí son pérdidas las que nos tocó vivir”, agregó, estimando que la mitad de la cosecha de café, una fábrica de hacer dinero, fue destruida, mientras que el maíz y los frijoles fueron arrasados por deslizamientos de lodo.

En una visita de Reuters a Jocotán en octubre, las familias dijeron que ya habían reducido su dieta a unas pocas tortillas, malas hierbas y hierbas silvestres, y ocasionalmente frijoles o un huevo.

Los preocupados padres describieron sus días como jornadas sin comida y de endeudamiento para comprar incluso los alimentos básicos de la dieta guatemalteca mientras los pequeños fondos gubernamentales y de caridad se estaban agotando.

Iván Aguilar, coordinador del programa humanitario de Oxfam en Guatemala, dijo que las tormentas habían complicado aún más el panorama, y que las familias que dependían de los pequeños cultivos para subsistir ahora se tambaleaban al borde del desastre.

“Los que ya tenían problemas alimentarios están ahora llegando a una situación bastante difícil”, dijo Aguilar, al remarcar que el fenómeno incluso “está afectando a personas que antes no tenían problemas, menos en términos alimentarios”.

Los precios de los frijoles, una fuente de proteína muy necesaria para aquellos que no pueden pagar la carne, han aumentado aproximadamente un 30% en comparación con el promedio de los últimos tres a cinco años, calculó Aguilar, lo que los hace inaccesibles para muchos.

Los costos de los alimentos básicos de la dieta guatemalteca, las tortillas y el maíz, se han incrementado en algunas áreas hasta en un 20%, dice Aguilar.

La Secretaría de Seguridad Alimentaria y Nutricional de Guatemala dijo que las tormentas aumentarían la vulnerabilidad de las familias y que la nutrición de los niños iba a ser más susceptible al deterioro. La entidad explicó que se están realizando estudios para medir el impacto.

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