Manta / Pedernales. Miles de ecuatorianos clamaban el jueves por agua, medicinas y comida, cinco días después de que el peor terremoto en casi 70 años los dejara a la deriva tras azotar al país matando a 570.

El gobierno de Rafael Correa dijo que no se trata de falta de ayuda, sino de fallas en la distribución de las abundantes provisiones y prometió solucionar el problema pronto.

Pero mientras tanto, en la ciudad de Pedernales, casi totalmente destruida por el sismo de magnitud 7,8, la mayoría se quejaba por la falta de atención.

José Rodríguez, de 24 años, condujo más de dos horas desde la pequeña ciudad de Calceta a un punto de almacenamiento de alimentos en las afueras de Pedernales.

"No está llegando a nosotros", dijo, dando su dirección y número de teléfono a un militar. "Venía aquí para ver si me dan algo, pero es imposible".

Un funcionario del Gobierno le pidió a otro solicitante, José Basulor, de 55 años, mantener la calma. "Yo sí tengo paciencia, ¡pero los niños no!", gritó.

El clamor de los pobladores de Calceta se replicaba a lo largo de los 200 kilómetros de litoral afectado donde, sobre calles en las que solían levantarse casas, edificios y hoteles, ahora se apilaban toneladas de escombros y fierros retorcidos.

Y, a pesar de la rápida reacción del Gobierno para albergar a más de 25.300 personas en campos de fútbol y aeropuertos, el calamitoso estado de las vías dificultaba el traslado de la ayuda que llegaba del exterior sin cesar.

"Por allí corren rumores de que falta el agua", dijo Correa el miércoles en rueda de prensa. "¡El agua sobra! El problema es la distribución", reconoció.

Los cuellos de botella disminuyeron el jueves luego de que el Gobierno decidiera ir casa por casa, en vez de tener puntos fijos de distribución, para entregar una mochila con vituallas y una botella de agua de seis litros para cada familia.

"Todo ese modelo (de casa por casa) nos está dando un resultado importante", dijo el ministro del Interior, José Serrano, que llegó a Cojimíes para supervisar las entregas.

En Manta, la segunda ciudad más afectada por el sismo, ya se podía ver una mejor organización en la distribución de alimentos con la ayuda fuerzas de seguridad, quienes colocaban un sello y un número en el brazo de las personas para agilizar la entrega.

"Dentro de todo está bien organizado con militares y policías. Aquí llevamos alguito para comer", dijo Manuel Macías, un obrero de la construcción de 27 años, quien recibió alimentos tras esperar cuatro horas en una fila, bajo el ardiente sol y el fuerte olor que inunda la ciudad.

Fuente: Reuters