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La guerra con Irán está poniendo a prueba una de las principales fortalezas de Estados Unidos: su capacidad militar para sostener una campaña de alta intensidad durante un período prolongado, en medio de una escasez de municiones confirmada el lunes en un informe del Pentágono. Ahora, con las reservas militares de la principal potencia bélica del mundo bajo presión, surge una pregunta de mayor alcance: ¿qué pasaría si EE.UU. tuviera que enfrentar dos conflictos de alta intensidad al mismo tiempo?
El inspector general del Pentágono publicó su primer informe sobre el conflicto con Irán, en el que afirma que la guerra ha provocado una escasez de municiones estratégicas y “cuellos de botella” en las cadenas de reposición de armamento avanzado, reportó la cadena NBC News.
En junio, la prensa de Estados Unidos había alertado que se estaba racionando el uso de misiles en Irán, en particular los interceptores como los Patriot, pero el propio presidente Donald Trump lo negó de manera categórica.

El presidente rechazó que EE.UU. estuviera quedándose sin municiones, calificó los reportes de preocupantes y afirmó que su país tenía enormes cantidades de armamento. Llegó a describir el suministro como “prácticamente ilimitado”.
Pero del informe del inspector general del Pentágono se concluye que Estados Unidos consumió grandes cantidades de municiones durante la campaña contra Irán, iniciada el 28 de febrero. Y que la industria de defensa estadounidense no puede reponer algunas de esas armas al mismo ritmo en el que fueron utilizadas, generando un problema de disponibilidad futura.
El Pentágono calculó que hasta el 29 de junio la Operación Furia Épica estaba costando unos US$33.400. De esa cifra, aproximadamente US$22.300 millones correspondían a municiones utilizadas. Es decir, cerca de dos tercios del costo de la operación estaban ligados al armamento consumido.

En agosto, la agencia Reuters informó que el ejército había utilizado “prácticamente todos” sus inventarios globales de determinados misiles de largo alcance, incluidos ATACMS y PrSM, mientras que también se había consumido una parte importante del inventario de Tomahawk.
Además, ese mismo mes el Pentágono había presionado a las empresas militares para que aceleren la producción de armamento ante el deterioro de sus reservas.

El informe del organismo de control del Pentágono, que abarca del 1 de abril al 30 de junio, también reconoció que los ataques iraníes dañaron y destruyeron cientos de edificios y otras estructuras en bases militares estadounidenses en Kuwait, Bahréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita, Irak, Omán y Jordania.
El informe señala que la base naval estadounidense en Bahréin, que es un centro logístico de la Armada en la región del Medio Oriente, fue blanco de ataques con drones y misiles balísticos iraníes. Entonces, el Comando Central de Estados Unidos tuvo que derivar esas funciones a lugares mucho más alejados, como la isla Diego García, en el océano Índico.
Según el informe, tras esa decisión se requería ciclos logísticos de entre 14 y 18 días para apoyar las operaciones militares en Medio Oriente.
Según el informe, Irán también destruyó o dañó decenas de aeronaves y drones estadounidenses, entre ellos 30 drones MQ-9 Reaper, cuyo precio ronda los 30 millones de dólares cada uno.
También siete aviones cisterna KC-135 resultaron dañados o destruidos, cinco de ellos alcanzados por municiones iraníes mientras se encontraban en tierra en Arabia Saudita.
Una vulnerabilidad logística, no una pérdida de superioridad

El reconocimiento del Pentágono sobre los “faltantes estratégicos” de municiones avanzadas revela una situación militar seria para Estados Unidos, aunque no significa que haya perdido su superioridad estratégica frente a Irán, recalca a El Comercio Óscar Mogollón Sandoval, coronel en retiro del ejército del Perú e investigador y especialista en doctrina militar.
Indica que el problema refleja una tensión cada vez mayor entre el volumen de municiones de precisión que exige una guerra prolongada de alta intensidad y la capacidad de los inventarios, las cadenas de suministro y la industria de defensa estadounidense para reponerlas con rapidez.
“La situación es militarmente seria, aunque no implica por sí sola que Estados Unidos haya perdido su superioridad estratégica”, señala Mogollón.
El experto advierte que contar con reservas previamente desplegadas o almacenadas permite reducir los tiempos de respuesta, pero no resuelve el problema de fondo: “una guerra prolongada puede consumir municiones a un ritmo que la industria no está preparada para compensar inmediatamente”.
El impacto de los faltantes no se limita al tamaño del arsenal estadounidense. También puede reducir el margen de decisión de sus mandos militares y políticos.
Según Mogollón, cuando las reservas críticas caen por debajo de los niveles previstos, Estados Unidos debe comenzar a priorizar “teatros, objetivos y tipos de blancos”. Cada misil o interceptor utilizado adquiere así un mayor costo estratégico, porque puede ser necesario para enfrentar otra contingencia.
“El problema no es únicamente cuántas municiones existen, sino durante cuánto tiempo pueden sostenerse las operaciones sin degradar la preparación para otras contingencias”, explica.
Por su parte, el internacionalista Francisco Belaunde Matossian sostiene que el reconocimiento del Pentágono confirma una situación que ya había sido advertida por la prensa y que el gobierno de Trump había negado. Considera que la principal preocupación es que Estados Unidos pueda quedar con menos capacidad para responder rápidamente ante una nueva acción militar.
Belaunde explica que la razón fundamental del elevado consumo de municiones está relacionada con las características de la guerra moderna y las estrategias utilizadas por Irán para superar las defensas.
“La idea es saturar los sistemas a través del lanzamiento masivo de misiles y drones para que algunos logren alcanzar sus objetivos”, señala.
Belaunde compara esta práctica de Irán con las estrategias empleadas actualmente por Rusia y Ucrania, donde se utilizan grandes cantidades de drones y misiles para intentar sobrepasar los sistemas de defensa. “Si uno o dos alcanzan su objetivo, con eso ya es suficiente dentro de lo que están buscando”, explica.

Mogollón destaca que en la guerra con Irán, cuatro grandes categorías de armamento son especialmente críticos: los interceptores de defensa aérea y antimisil, como Patriot, THAAD y los Standard Missile embarcados; los misiles de crucero de ataque terrestre, como Tomahawk; las armas aire-superficie de precisión y largo alcance; y las municiones antibuque o destinadas a impedir el acceso marítimo.
A esto se suman componentes menos visibles, pero indispensables para fabricar esas armas: motores de cohete, sensores, sistemas de guiado, componentes electrónicos, explosivos y otros elementos especializados.
Mogollón advierte que utilizar armamento de alta gama contra cualquier objetivo sería ineficiente. La clave está en reservar las armas más costosas para blancos que generen efectos estratégicos y combinar su empleo con guerra electrónica, ciberoperaciones, señuelos, sistemas no tripulados y otras alternativas de menor costo.

¿Por qué es tan difícil reponerlas? Mogollón precisa que fabricar un misil moderno no equivale simplemente a aumentar el número de unidades producidas en una fábrica.
Su fabricación depende de proveedores especializados, materiales energéticos, microelectrónica, sensores, motores, bancos de prueba, personal especializado y procesos de certificación. Además, algunas cadenas de suministro tienen pocos proveedores y poca capacidad disponible para aumentar rápidamente la producción.
Por ello, ampliar la capacidad industrial puede requerir inversiones, nueva maquinaria, permisos, contratación de personal y contratos de largo plazo que garanticen una demanda estable.
“La limitación no se resuelve únicamente asignando más presupuesto: el dinero debe convertirse en capacidad física, proveedores, mano de obra y producción certificada”, explica Mogollón.
El especialista considera que Estados Unidos enfrenta simultáneamente un problema de inventarios y otro de capacidad industrial.
“El inventario es la reserva disponible para absorber una crisis; la industria determina la capacidad de regenerarla”, resume.
Un arsenal puede ser suficiente para una guerra breve, pero dejar de serlo si el consumo se mantiene por encima de la producción durante meses. Del mismo modo, una industria poderosa no puede solucionar de inmediato un inventario reducido, porque ampliar la producción requiere tiempo, remarca.
“En una guerra prolongada, la fábrica, la cadena logística y el contrato plurianual son tan estratégicos como la plataforma que dispara”, afirma.
La lección para una eventual guerra con China

Mogollón advierte que esta situación obliga a Estados Unidos a replantear su preparación para futuros conflictos de alta intensidad. La superioridad tecnológica, por sí sola, no garantiza que una potencia pueda sostener durante meses el ritmo de una guerra.
Refiere que el país necesita mayores reservas, cadenas de suministro más resistentes, capacidad de reparación y producción, depósitos dispersos, interoperabilidad con sus aliados y municiones previamente posicionadas en posibles teatros de operaciones.
También tendría que decidir cómo distribuir sus recursos si enfrenta simultáneamente diferentes crisis.
Remarca que el problema expone una vulnerabilidad que podría adquirir mayor importancia si Washington tuviera que afrontar otra guerra de gran escala poco después de la campaña contra Irán.
“La capacidad de sostener operaciones de alta intensidad depende de administrar las municiones como recursos estratégicos finitos y de movilizar la industria antes de que una crisis se convierta en una guerra prolongada”, sostiene Mogollón.
Belaunde también cree que el problema trasciende la reducción de las reservas. Indica que la preocupación central es qué ocurriría si Estados Unidos tuviera que responder a otro conflicto de gran intensidad mientras todavía enfrenta dificultades para reponer sus municiones.
“Es muy grave. Si ocurre ahora una emergencia, pongamos que China ataque a Taiwán, y si el gobierno de Trump quisiera ayudar a Taiwán, pues no va a poder hacer nada”, advierte.
Belaunde considera que las limitaciones de armamento también pueden estar influyendo en la actual estrategia estadounidense frente a Irán. Explica que Washington habría reducido la intensidad de sus ataques, en parte porque continuar con una campaña de gran escala implicaría un consumo todavía mayor de misiles y otras municiones.
Expresa que el problema podría tener repercusiones para los aliados de Estados Unidos, especialmente a los europeos. Incluso si Trump quisiera cumplir con los compromisos asumidos por su país dentro de la OTAN ante un eventual ataque ruso, “le sería muy difícil porque no tiene los medios en este momento”, sostiene.
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