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El adiós a la última mina de carbón en Alemania

El gobierno alemán, presionado por sus compromisos climáticos, anunciará en febrero las grandes líneas de su plan de abandono progresivo del carbón.

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Las galerías cavadas durante 150 años, primero con picos y luego con perforadoras, se sellarán y se irán ahogando progresivamente en las aguas de los arroyos. (Foto: AFP)

Las galerías cavadas durante 150 años, primero con picos y luego con perforadoras, se sellarán y se irán ahogando progresivamente en las aguas de los arroyos. (Foto: AFP)

Los "caras negras" de la mina de Prosper-Haniel, en la cuenca del Ruhr, se sumergirán este viernes por última vez bajo tierra y cerrarán un capítulo de la historia de la industria alemana.

Tras semanas de documentales y programas especiales, todo el país seguirá por televisión la tarde del viernes el solemne adiós a la última mina de carbón de Alemania, en presencia del presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, y del jefe de Estado alemán, Frank-Walter Steinmeier.

Vestidos con sus cascos y uniformes blancos, los mineros lanzarán un último "¡Glückauf Kumpel!" ('¡Buena suerte, camarada!'), su frase ritual antes de perforar una veta y ante el omnipresente peligro.

Después extraerán un último bloque de carbón, el "oro negro" alemán, que cayó en el olvido ante la hulla extranjera de bajo coste, mientras la coral carbonera de la cuenca del Ruhr entonará el "Steigerlied", el himno tradicional de los mineros.

Las galerías cavadas durante 150 años, es decir, durante seis generaciones de mineros, primero con picos y luego con perforadoras, se sellarán y se irán ahogando progresivamente en las aguas de los arroyos.

Los 1.500 asalariados de la fosa de Prosper-Haniel, situada en la ciudad de Bottrop, llevan once años preparándose para este cierre, en una zona que llegó a tener 600.000 mineros en la posguerra.

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Los 1.500 asalariados de la fosa de Prosper-Haniel, llevan once años preparándose para este cierre. (Foto: AFP)

Los 1.500 asalariados de la fosa de Prosper-Haniel, llevan once años preparándose para este cierre. (Foto: AFP)

COHESIÓN OBRERA

Las iglesias y catedrales de la región celebran desde el jueves misas dedicadas a la causa, mientras los clubes de fútbol de la zona, encabezados por el Dortmund y el Schalke, rindieron homenaje a sus raíces mineras antes de los partidos.

Los altos hornos erigidos en las colinas renanas desde el siglo XIX y las fosas de sus entrañas, de hasta 1.500 metros de profundidad, eran mucho más que un elemento de trabajo.

Bajo tierra había una sociedad obrera y masculina, con su jerga, su solidaridad, sus intercambios francos y ásperos y su pasión por el fútbol, que se extendía a la iglesia y en la barra del 'Kneipe' (bar obrero).

"Es esta cohesión la que hace la fuerza en nuestra región", dice emocionado Reinhold Adam, de 72 años y jubilado desde hace 25, que vino para un último descenso.

Pero detrás de esta solidaridad había una agotadora y arriesgada labor, la amenaza de una explosión de grisú o del polvo que corroe los pulmones poco a poco.

El diario Bild publicaba el jueves el retrato de "la última víctima de las minas", Markus Zedler, un obrero de 29 años que falleció el lunes durante las obras de desmontaje de la fosa de antracita renana de Ibbenbüren.

"La mina era su vida. También lo mató", decía el periódico.

LIGNITO

La cuenca del Rhur ya se ha visto afectada por el declive de su otra industria emblemática, la siderurgia, y la reconversión de la minería no será fácil. Desde que Berlín programó en 2007 el cierre de sus minas de carbón, las autoridades renanas intentan convertir la cuenca minera en un polo de competitividad, con universidades, centros de investigación y empresas emergentes.

Para Alemania, que había mantenido las ayudas financieras a las minas para evitar que el golpe fuera demasiado duro, el cierre de los yacimientos no supone el abandono del carbón.

Casi 40% del mix energético alemán sigue apoyándose en este mineral en sus dos formas: la hulla importada y, aún más, su primo contaminante y barato, el lignito.

El país cuenta con varias minas inmensas de lignito a cielo abierto, de las que una, en el bosque de Hambach, está ocupada por activistas ecologistas. Y las centrales eléctricas de carbón procedente de Australia o China funcionan a todo gas, también en la cuenca del Ruhr.

La primera economía europea se lanzó a una compleja transición energética y necesita el carbón para acompañar la salida de la energía nuclear, mientras el ascenso de las renovables sigue planteando problemas de transporte y almacenamiento.

El gobierno alemán, presionado por sus compromisos climáticos, anunciará a principios de febrero las grandes líneas de su plan de abandono progresivo del carbón, previsto de momento para 2050.

Fuente: AFP


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