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Durante la primera noche del toque de queda impuesto a los pubs en y , los clientes de “Prince George”, en un animado barrio londinense, intentan tomarse con filosofía lo que consideran medidas “ridículas” y “demasiado tardías” del gobierno para frenar la epidemia del nuevo ().

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Reino Unido es el país más afectado de Europa por la pandemia, con casi 42.000 muertes.

Alrededor de 6.000 nuevos contagios diarios han obligado al primer ministro Boris Johnson a anunciar un toque de queda a las 22 horas para los pubs, que suelen cerrar a las 23 horas o a medianoche. También se verán obligados a servir solo en la mesa, si no quieren exponerse a una multa.

“No creo que sirva de ayuda, es demasiado poco, demasiado tarde”, declaró a la AFP Joyce, una clienta habitual que piensa seguir asistiendo regularmente. “¡Una hora antes no supone ninguna diferencia!”.

Según esta mujer de unos 50 años, las nuevas medidas “simplemente desplazarán el problema: si sales del pub una hora antes, vas a comprar alcohol a una tienda y beber en casa de alguien, especialmente aquí en Dalston”, el barrio londinense donde se encuentra el pub.

Joe Watts, al mando del establecimiento, opina lo mismo: “Al menos cuando la gente está aquí, se halla bajo normas, nosotros la controlamos. ¡Creo que el pub es mucho más seguro!”.

“Pérdidas”

Normalmente el “Prince George” cierra a las 23 horas de lunes a viernes y a medianoche el fin de semana. “Son generalmente dos horas muy ocupadas”, explica el encargado de 32 años, que calcula la pérdida de beneficios entre 1.500 y 2.000 libras por semana (entre 1.640 y 2.180 euros, 1.900 y 2.500 dólares). “¡Sin mencionar las dificultades financieras para los camareros, que trabajan menos horas!”

A las 21:20, un camarero se agita detrás de la barra decorada con animales disecados y una estatua enmascarada, mientras hace sonar un timbre alentando a los clientes a encargar sus últimas bebidas.

Con frecuencia “es una pesadilla echar a la gente al final de la noche. ¡No quiero imaginarme cómo será ahora a las 22:00, cuando todavía tienen ganas de fiesta!”, bromea Kristy Law, una encargada.

A pesar de todo, la joven está satisfecha de cómo el pub se ha adaptado. “¡Lo principal es que los clientes estén contentos!”

Jimmy, de unos sesenta años, se queja de las medidas “ridículas” que le impiden seguir de fiesta con amigos. “Pero bueno, podemos seguir saliendo, ¡ya es algo!”, dice.

A las 21:45 vuelve a sonar la campana, esta vez de forma definitiva. Los clientes, más bien dóciles, salen. Diez minutos antes del cierre oficial, el club está desierto.

El toque de queda no es malo para todos; algunos se alegran. “Vivo justo al lado de este pub”, cuenta Peter, que termina la pinta fuera del establecimiento, con un cigarrillo en la boca. “Normalmente a esta hora hay mucha gente y los gritos me impiden dormir. ¡Por una vez, voy a dormir bien!”

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