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Cuatro años después de que el presidente ruso, Vladimir Putin, ordenara la invasión a Ucrania, Rusia controla cerca del 20% del territorio ucraniano. Se trata de una franja que incluye amplias zonas del Donbás (este) y el corredor que conecta con Crimea —anexionada en 2014—, lo que le ha permitido consolidar una continuidad territorial estratégica. Sin embargo, ese avance no equivale a una victoria decisiva.
Moscú no logró tomar Kiev, no provocó el colapso del Estado Ucraniano ni consiguió imponer un nuevo gobierno. El control territorial es significativo, pero está lejos de los objetivos iniciales que apuntaban a un triunfo rápido y contundente.
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El contraste es evidente: en los días previos a la invasión iniciada el 24 de febrero del 2022, informes de inteligencia de Estados Unidos advertían que la capital ucraniana podía caer en cuestión de días, incluso se habló de 48 horas. Cuatro años después, la guerra sigue activa y el frente permanece, en gran medida, estancado. ¿Por qué Rusia no pudo derrotar rápidamente a Ucrania?
Para el internacionalista Francesco Tucci, hay dos factores centrales. “Uno, por el apoyo de la OTAN. Ya antes de la invasión, Estados Unidos había enviado armamento y no solo hubo asesoría y formación de unidades militares por parte de Washington, sino también de diferentes países de la OTAN. Y cuando empezó la guerra, recibieron apoyo en inteligencia, armamento y entrenamiento. Todo eso ha sido crucial. Otro elemento a considerar es la determinación ucraniana a resistir”, indica a El Comercio.
Todo apunta a que los servicios de inteligencia rusos subestimaron la resiliencia ucraniana. “Pensaban que se iban a rendir y eso no ha pasado. Pensaban que eventualmente el gobierno [ucraniano] hubiera sido más débil de lo que es en la realidad, de lo que era hace cuatro años”, agrega el profesor de la UPC y la PUCP.
El analista internacional Francisco Belaunde coincide con Tucci y añade que, más allá de la ayuda externa a Kiev y de la determinación del pueblo ucraniano, hubo fallas estructurales en la planificación militar rusa. “Hubo serios problemas de organización, de armamento, en fin, una serie de problemas que ellos tuvieron”, sostiene a este Diario. Un ejemplo se evidenció en la primera semana de la invasión, cuando imágenes satelitales mostraron largas columnas de vehículos militares rusos detenidos y vulnerables a ataques en las afueras de Kiev.

Asimismo, el especialista recuerda que tras la anexión de Crimea en el 2014, Ucrania reformó su doctrina militar con asesoría y entrenamiento occidental. Cuando comenzó la invasión a gran escala, su ejército era más profesional, más eficiente y estaba mejor preparado para enfrentar una ofensiva convencional.
“En la zona de Donetsk en particular, los ucranianos habían instalado [antes de la invasión en el 2022] una especie de barrera, con una serie de obstáculos para impedir el avance del ejército ruso. En otros lugares también se ha aplicado esta medida y eso explica, precisamente, la dificultad de avance para los rusos”, añade el también profesor de derecho internacional público y relaciones internacionales.
Además, la innovación tecnológica —especialmente el uso masivo de drones— transformó el campo de batalla en un entorno donde avanzar rápidamente se volvió extremadamente costoso.
En tanto, Tucci subraya que, pese al 20% de territorio controlado, Rusia enfrenta “la grave dificultad de avanzar y lograr objetivos estratégicos”. Si se observa el mapa, los grandes objetivos políticos iniciales —como la caída de Kiev— no se concretaron. Moscú consolidó posiciones en el este y sur, pero no ha logrado el quiebre estructural que buscaba.
Guerra de desgaste y un beneficiario
Con el fracaso de la ofensiva relámpago en Ucrania, el conflicto derivó en una guerra de desgaste. Rusia apuesta a su mayor profundidad territorial y demográfica, pero el costo humano y económico es creciente. Para Francisco Belaunde, el desenlace no depende únicamente de lo que ocurre en el frente de batalla. “La guerra no es solamente lo que pasa en el frente. Tiene que ver con la capacidad industrial y con el tema económico”, subraya.
El analista advierte que se ha abierto “una carrera entre ambos para ver quién se quiebra antes”. En el caso de Ucrania, el riesgo está en un eventual colapso en el frente o en el impacto sostenido de los bombardeos sobre la población civil. En Rusia, en cambio, el desafío es más estructural: el reemplazo de soldados comienza a tensionar el sistema y la economía enfrenta inflación elevada y tasas de interés altas. “Para Putin es muy importante que la población de las grandes ciudades no sienta tanto la guerra”, explica Belaunde, aunque reconoce que ese equilibrio es cada vez más difícil de mantener.

Más allá del pulso militar entre Moscú y Kiev, Francesco Tucci introduce una dimensión geopolítica más amplia. “El verdadero ganador hasta ahora de este conflicto es China”, afirma con claridad. A su juicio, la guerra ha acelerado la dependencia económica de Rusia respecto a Beijing.
Desde el 2014, tras la anexión de Crimea, Moscú comenzó a reorientar sus exportaciones energéticas hacia Asia. Hoy, según Tucci, China tiene “acceso privilegiado a los recursos energéticos rusos” y se ha convertido en su principal socio comercial. Mientras Estados Unidos y los países de la OTAN destinan miles de millones de dólares en apoyo militar a Ucrania, Pekín fortalece su posición estratégica sin involucrarse directamente en el conflicto. “El único país, la gran potencia, que se está beneficiando de este conflicto es China”, insiste.
Un futuro incierto
El desenlace sigue abierto y, por ahora, no hay señales claras de un giro decisivo en la guerra. Para Francesco Tucci, el escenario es complejo y volátil. “No podemos decir que la paz esté detrás de la esquina”, advierte. A su juicio, los intereses en juego, el nivel de confrontación alcanzado y la implicación de la OTAN hacen difícil una salida rápida. Incluso alerta que, aunque improbable, el riesgo de una escalada “no quiere decir que no pueda ocurrir”.
El eventual rol de Estados Unidos añade otra capa de incertidumbre. Tucci considera que el comportamiento de Donald Trump, quien aseguró que en 24 horas acababa con el conflicto, es un factor difícil de prever. “Es un presidente impredecible”, señala, y sus decisiones podrían alterar el ritmo de las negociaciones o incluso el nivel de apoyo a Kiev.

Francisco Belaunde coincide en que la guerra podría prolongarse. Considera que las iniciativas diplomáticas no han alterado la lógica de fondo del conflicto: “Putin aparentemente sigue pensando que él está ganando la guerra y que la puede ganar”, señala. Y mientras el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky no esté dispuesto a ceder territorio sin garantías de seguridad, el margen para una negociación sólida es reducido.
En ese contexto, el conflicto parece atrapado en una dinámica de resistencia mutua. Rusia no logra la victoria rápida que imaginó Putin al inicio de la invasión, pero Ucrania tampoco tiene, por ahora, la capacidad de expulsar completamente a las fuerzas rusas.
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