Redacción EC

La curva de casos de escala sin pausa en y el personal sanitario es hoy el recurso más valioso para hacer frente a la pandemia, pero médicos y enfermeros están al borde del colapso por el estrés, el agotamiento y la amenaza de contagio.

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“Estamos expuestos no sólo físicamente sino psicológica y emocionalmente”, expresa a Efe Patricia Rowsell, jefa de enfermería del hospital público El Cruce de Florencio Varela, una localidad ubicada en el segundo cordón de la populosa periferia que rodea a la capital argentina, donde la cuarentena no tiene mucho peso y crece la transmisión del virus SARS-CoV-2.

Patricia lleva largos años en este hospital y pese a que su plantel se redujo a cerca de la mitad por las bajas por contagios, contactos estrechos con infectados y las licencias por antecedentes de enfermedades, lidera un equipo que está “al pie de la cama” con enorme compromiso profesional, que no siempre es correspondido con una paga o un reconocimiento social acorde.

“A nosotros nos pasa salir de acá agotados, porque no es fácil atender a los pacientes con el equipo de protección, que marcan los rostros, nos dan mucho calor, te marcan psicológicamente. Hay muchas cosas que la comunidad no está teniendo en cuenta y cuando uno sale y ve que andan sin barbijo, que se están juntando, que se reúnen, a veces te pasa por la cabeza que no se dan cuenta cuánto trabajo estamos poniendo día a día nosotros acá”, reflexiona.

Y el esfuerzo va desde lo más pequeño, como beber menos agua para no tener que sacarse el equipo de protección para ir al baño, hasta lo más profundo, como cuando Angie, una enfermera del lugar, se contagió y estuvo en estado crítico.

“Vivir esa experiencia como profesionales nos marcó. Y nos marcó tanto que tuvimos que acudir a una ayuda de un grupo multidisciplinario de salud mental que nos mandó el Ministerio porque tuvimos muchos compañeros muy, muy afectados”, lamenta la jefa de enfermería.

Pesadillas de una intensivista

El dolor de tener un compañero como paciente en estado crítico también lo vivió la médica de terapia intensiva Luciana Previgliano en un hospital público en un barrio acomodado de la ciudad de Buenos Aires.

Allí, las jornadas son agotadoras pese a que más que se duplicaron las camas de atención crítica y creció el número de profesionales.

“Ya antes de la pandemia el trabajo en terapia intensiva era estresante. Estás en contacto estrecho con el sufrimiento del paciente y de la familia, probablemente con el fallecimiento del paciente, con gente que conocés en el peor día de su vida. Es una situación fuerte. Y ahora poné todo eso mismo en el contexto de la pandemia, de que tenés que trabajar además todo el tiempo sumamente estresado, estás todo el tiempo con el riesgo del contagio, tu error puede significar que se contagie un compañero, o el contagio tuyo y luego el de un familiar”, declara la intensivista a Efe.

Más de 25.000 trabajadores de la salud se infectaron con coronavirus, de los cuales más de 80 fallecieron, según cifras de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud (Fesprosa).

Pesadillas y contagios acosan al personal sanitario en Argentina

“Lloro un montón, tengo pesadillas todos los días, sueño cosas que no soñaba antes, sueño con pacientes, con cosas ilógicas. El descanso nunca termina siendo descanso verdadero”, revela Luciana.

Aunque la media de edad de los fallecidos por COVID-19 en Argentina es de 72 años, por la unidad de terapia intensiva pasan enfermos de todas las edades y en este hospital capitalino el promedio es de 55.

“He ventilado pacientes de 28, se me han muerto pacientes de 30, de 32, embarazadas. Esto no es gente de 80, 85 años en el final de la vida, esto es gente que tiene ‘pibes’ chiquitos en su casa”, relata la médica, de 36, conmovida.

El riesgo del colapso sanitario, visto desde el hospital

Un paciente de COVID-19 suele pasar 20 días o más internado en terapia intensiva y con un virus que se contagia en forma vertiginosa, la médica alerta que “si ya a esta altura hay una tasa de ocupación de las terapias intensivas alta, esto puede ser exponencial”.

En el hospital El Cruce observan el mismo fenómeno, pese a que Argentina lleva una de las cuarentenas más largas del mundo, de casi seis meses pero de cumplimiento dispar.

Este establecimiento trabaja en red con otros seis hospitales generales de la subregión, en la que viven unos tres millones de habitantes, y tres hospitales modulares que fueron construidos y puestos en funcionamiento en apenas dos meses para atender la pandemia.

Gracias estos nuevos complejos, la dotación de camas de cuidados críticos se duplicó y “esto ha impedido que el sistema de salud se haya visto absolutamente colapsado”, advierte Mario Rodríguez, director de pacientes en red del hospital El Cruce.

“Para nosotros hoy el recurso humano es el recurso crítico, aún más que las camas porque reconocemos que el personal está sometido a una demanda y a una sobrecarga de trabajo y a una exposición al riesgo del contagio que es significativa, sabemos que hay situaciones de cansancio, de fatiga”, reconoce el directivo.

Y si a la exigente demanda que recae sobre el personal sanitario en el frente de batalla contra el coronavirus se suma el impacto de este trabajo esencial en su propia familia, el escenario se complica mucho más.

“Yo también tengo necesidad de un abrazo, de un beso, de ver a mi familia, pero tenemos que esperar un poquito más”, asegura la jefa de enfermería, que cumple con un estricto protocolo cuando regresa cada día a su hogar y llama a la población a extremar las medidas de distanciamiento social para frenar la transmisión del coronavirus.

“Por ahí voy a ser dura, pero si nos cuidamos el abrazo puede ser pronto, pero si no nos cuidamos ese abrazo quizás no sea nunca porque cualquiera de nosotros puede estar infectado. Si respetamos las medidas de cuidado, el abrazo va a tardar un poquito pero va a llegar. Si no respetamos, quizás no llegue nunca”, alerta Patricia.

Fuente: EFE

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