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Fernando de Noronha se resiste a la propuesta del presidente de Brasil, , de abrir este paradisíaco archipiélago al turismo en masa y se aferra a la conservación ambiental para preservar este conjunto de islas brasileñas declarado Patrimonio Natural de la Humanidad.

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Con vegetación exhuberante, formaciones rocosas y playas con aguas cristalinas en tonos verde y azules que dejan ver coloridos peces, tortugas marinas o rayas, Noronha ha entrado en el punto de mira de Bolsonaro, quien ha expresado su deseo de que los cruceros regresen ahora a este archipiélago volcánico situado en Pernambuco (nordeste).

La reapertura del archipiélago para cruceros de hasta 600 pasajeros, prohibido desde 2012, ha sido duramente criticada por biólogos y especialistas en fauna y flora marina, pero también por los habitantes de las islas, a pesar de ser una fuente más de ingresos.

El guía turístico y pescador Lucas Antonio dijo a EFE que “el ecosistema de la isla es frágil y los cruceros vienen en alta temporada, cuando el mar está tranquilo y la vida marina es más sensible y vulnerable”.

“Para la economía de la isla sería una maravilla, pero para el ecosistema de la isla no será bueno. Tenemos que pensar primeramente en la isla porque de aquí sacamos nuestro sustento. Si los cruceros van a llegar que sea entonces en baja temporada, de mayo a junio”, agregó Antonio.

Considerado el punto geográfico de Brasil más lejano del continente, Fernando de Noronha es una de las regiones más preservadas de Brasil y en 20 de las 21 islas está prohibida la presencia humana salvo para fines de investigación científica.

Lagartos tejú, la mayor especie de este reptil en el continente y que fueron importados en la década del sesenta para combatir roedores e insectos, y garzas se pasean de un lado a otro en la única avenida asfaltada de Fernando de Noronha, la mayor de las 21 islas, que da nombre al archipiélago y es ahora la única habitada.

Sin centros comerciales, complejos hoteleros, industrias y edificios, la actividad económica del archipiélago se limita al turismo, con restaurantes, hostales y pequeños comercios de artesanías y souvenirs, duramente golpeados por la pandemia de la COVID-19, que restringió por siete meses la entrada de visitantes.

“Fue un período duro. La vida aquí es cara porque todo viene del continente y sin vuelos y con menos barcos todo se encareció más. Pero creo que la isla tiene que mantener su política de conservación ambiental. Si a uno le toca salir sale, pero los animales no tienen para donde ir”, dijo a Efe la comerciante Fátima de Rita.

La reapertura del archipiélago para cruceros de hasta 600 pasajeros, prohibido desde 2012, ha sido duramente criticada por biólogos y especialistas en fauna y flora marina, pero también por los habitantes de las islas, a pesar de ser una fuente más de ingresos. (Foto: EFE/ Waldheim Montoya)
La reapertura del archipiélago para cruceros de hasta 600 pasajeros, prohibido desde 2012, ha sido duramente criticada por biólogos y especialistas en fauna y flora marina, pero también por los habitantes de las islas, a pesar de ser una fuente más de ingresos. (Foto: EFE/ Waldheim Montoya)

Patrimonio mundial de la humanidad

Desde 2001, este archipiélago situado en medio del océano Atlántico fue declarado por la Unesco como Patrimonio Mundial de la Humanidad gracias a la biodiversidad única de las islas donde habitan algunas especies endémicas, como los lagartos mabuia.

Pero la presión turística se ha intensificado en los últimos años. Fernando de Noronha recibió en 2019 alrededor de 114.000 visitantes, 29.000 más que los 85.000 contemplados en un plan de manejo ambiental que espera ser adecuado con un mejoramiento estructural de las islas.

“Toda actividad de infraestructura en Fernando de Noronha tiene que someterse a un plan, que es una ley que establece todos los parámetros ambientales que tienen que ser cumplidos por la administración pública y la iniciativa privada”, comentó a Efe el ingeniero civil Fabio Lins, superintendente de Infraestructura.

Ese plan, amplió Lins, contempla condiciones ambientales como la garantía de agua potable (que se obtiene por desalinización o llega del continente), los predios no pueden tener más de dos pisos y no es permitida la pavimentación para no afectar la sedimentación natural del suelo que incide en la biodiversidad de las islas.

Asimismo, las autoridades impusieron una tasa de preservación ambiental para ingresar en la isla, lo que lo que convierte a Fernando de Noronha en un destino exclusivo inaccesible para todos los bolsillos.

La tasa es de 75 reales (unos 13,9 dólares) para el primer día y aumenta progresivamente, pudiendo llegar a los 5.300 reales (unos 985,1 dólares) por el mes, que es el período máximo permitido para estar dentro del archipiélago.

El impuesto, prácticamente la única fuente oficial de ingresos del archipiélago, pues los habitantes no pagan impuesto de propiedad, llegó a ser criticado por el presidente Bolsonaro, que insinuó también su intención de “federalizar” el archipiélago.

“Vamos a internar, si es posible, federalizar Fernando de Noronha, acabar con esas cuestiones, hacer realmente un polo turístico”, declaró recientemente el líder de la ultraderecha brasileña.

El Gobierno de Pernambuco, que tiene la administración territorial de la isla, salió al paso de las declaraciones del presidente Bolsonaro y afirmó que “crear soluciones es más productivo que crear polémicas” en torno a este archipiélago por el que ya pasaron el corsario Francis Drake y el científico Charles Darwin.

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